Sentencia de muerte para la grosería

 
EL RELATO MÁS CORTO DEL MUNDO... | CAMBIO DE RASANTE | LA VERDADERA HISTORIA DE UN HIJOPUTA. | CARACOLERÍAS | COSAS NUESTRAS. LA WEB DE RELATOS. | Enlaces y fuentes consultadas | La plancha | Independencia... | La casa de verano | La mancha | REFLEXIONES SOBRE LA MUERTE, O MACABRA OCURRENCIA. | EL CALAMITAERÓSTATO | EL HOMBRE Y LA VÍBORA | CABEZA RAPADA | EL MISTERIO DEL PAPELITO AZUL | El mendigo, un relato religioso. | CAMINANDO DESCALZA POR LOS TRIGALES ANEGADOS. | De mujeres y meigas. | La sombra de las cosas. | El encuentro. | Jardinera. | El casarse pronto y mal. | Visiones. | El inmigrante marroquí. | El secuestro. | Calle Palestina. | Marisa y el mar. | El último lobo. | La línea que marca el final de los sueños... | El cuento de las arenas. | El enamorado de los llanos coralinos. | En el tiempo indeciso. | Esta semana sólo pinto funambulistas | La soga. | Al otro lado del límite. | Clase de Disección. | El disco rojo. | Carta a Mikel. | El niño lobo del cine Mari. | La fraga de Cecebre. | Regalo de aniversario. | ¿Por qué todas las chicas que me gustan se llaman Vete a la Mierda? | El diente roto. | El cargador. | Historieta de amor. | El Cuadro | El agujero de la tortuga | Sentencia de muerte para la grosería | Olvido | Las Miradas | El cuento de la isla desconocida | Cartas para Annie
 
Sentencia de muerte para la grosería
 
 

Sentencia de Muerte para la Grosería

-¿Qué edad tiene usted?- preguntó
Sus ojos no se separaban de la pistola que sostenía en sus manos.
-Escuche señor, no hay mucho dinero en la caja, pero lléveselo todo.
-No me interesa en absoluto su dinero, al menos desde su punto de vista. Podría usted haber vivido otros veinte o treinta años más, si se hubiera tomado la molestia de ser cortés.
El hombre no comprendió.
-Voy a matarle –añadió- por culpa del sello de cuatro centavos y el dulce.
Comprendió la referencia al sello, pero puso caras raras cuando nombró el dulce. El pánico se apoderó de sus facciones.
-Usted debe de estar loco. No puede matarme por eso.
-Sí que puedo.
Y así lo hizo.

Cuando el doctor Pérez le dijo que solamente le quedaban cuatro meses de vida se sintió, por supuesto, muy perturbado.
-¿Está seguro que no se han mezclado mis informes con otros? He oído que a veces sucede.
-Me temo que no, señor Gómez.
Luego lo pensó un poco mejor... Quizá su nombre figuraba erróneamente en alguno de ellos.
El médico movió la cabeza negativamente.
-Lo he comprobado. Siempre lo hago en estos casos, es práctica de seguridad, ¿comprende?
Era la última hora de la tarde y la hora en la que el sol estaba cansado. Tenía esperanzas de que cuando le llegara la hora de morir fuera por la mañana, sería más alegre.
-En casos como éste –añadió el doctor- un médico se enfrenta siempre a un dilema. ¿Debe o no debe decir la verdad a sus pacientes? Siempre se la digo a los míos. Les da tiempo a arreglar sus asuntos y a correr un poco.
-También estoy escribiendo un libro –prosiguió- Mi libro cuenta las cosas que hace la gente que tiene los días contados. ¿Usted qué va a hacer?
-No lo sé. Sólo llevo pensándolo un minuto o dos.
-Visíteme cada dos o tres semanas. Eso servirá para medir el progreso de su descenso.
Luego le acompañó a la puerta diciendo:
-Ya tengo veinte casos como el suyo... Podría llegar a ser un best seller, ¿comprende?

Su vida siempre había sido dulce. No contribuyó en nada al progreso del mundo, pero se consolaba porque era una cosa común con el resto de los seres humanos. En resumen, pidió a la vida que lo dejara sólo.
¿Qué se puede hacer con cuatro meses de vida?
No tenía ni idea de hasta dónde había caminado, y cuando se paró a pensar dónde estaba oyó una música debajo del puente donde se encontraba. Era un circo.
Pronto llegó a la entrada principal y contempló al taquillero aburrido.
Un hombre de agradable aspecto con dos niñas se aproximó a él y le entregó dos cartulinas que parecían pases o algo así.
El portero recorrió con el dedo la lista impresa que tenía a su lado. Sus ojos se endurecieron y miró despreciativamente al hombre y alas niñas. Luego, lenta y deliberadamente rompió los pases en mil pedazos y dejó caer al suelo los fragmentos.
-No son buenos –murmuró
-No lo comprendo.
-No dejó usted los carteles colocados –gritó el portero-. Lárguese de aquí.
Las niñas miraron a su padre desconcertadas. ¿Haría algo su papá para solucionar aquello?
El hombre permaneció inmóvil durante un momento. Parecía que estaba a punto de decir algo, pero luego miró a las dos niñas. Cerró los ojos para controlar su cólera, y dijo:
-Vámonos, nenas, vámonos a casa.
El hombre se alejó con ellas y yo me aproximé al portero.
-¿Por qué ha hecho usted eso?
-Y a usted qué le importa.
-Quizá mucho.
El portero me estudió un momento y luego contestó:
-Porque no dejó los carteles colocados. Verá usted, nuestro agente avanzado va de ciudad en ciudad una semana antes de que nosotros lleguemos. Deja en todos los sitios carteles anunciándonos, ya sabe, en zapaterías, supermercados, etc. Por el servicio se les regalan dos o tres pases. Pero algunos de esos tipos no saben que el servicio se comprueba. Si los carteles no están cuando llegamos a la a ciudad, los pases pierden toda validez.
-Comprendo –dijo secamente-. Y por eso usted rompió los pases en sus propias narices delante de los niños. Ha cometido usted uno de los actos humanos más crueles. Ha humillado a un padre delante de sus hijas. Les ha causado una herida cuya cicatriz durará a lo largo de todas sus vidas. Ese hombre se llevará a las niñas a su casa, y el camino será muy largo. ¿Y qué les dirá a sus hijas?
-¿Es usted un poli?
-NO. Los niños de esa edad son sumamente sensibles. Consideran a su padre como el mejor hombre del mundo. El más amable, el más cariñoso, el más valiente del mundo. Y ahora siempre recordarán que un hombre se portó mal con su padre y él no pudo hacer nada.
-¿Y por qué no compró entradas normales?
-Después de la humillación que usted le hizo sufrir, ¿todavía esperaba que sacase entradas? Usted dejó a ese hombre sin recursos morales. No podía comprar entradas, y no podía crear una escena, bien justificada, porque estaban delante sus hijas. No pudo hacer otra cosa que marcharse.
Miró al pie de su cabina. Allí estaban los fragmentos de otros muchos más sueños.
-Pudo usted decir: “Lo siento, pero estos pases no son válidos”. Y luego explicar pacíficamente el por qué.
-No me pagan para ser cortés. Y además, me gusta romper pases. Me da satisfacción. ¿Comprende? Ahora lárguese de aquí.
Se fue pensando en el poder de hacer callar animales semejantes.
Tomó un autobús y se detuvo en una armería. Compró una pistola del calibre 32 y munición.
¿Por qué no asesinamos? Sufrimos las humillaciones y los insultos con total docilidad. Pero él no tenía ni familia ni amigos, y sólo tenía cuatro meses de vida.
Volvió al circo. El sol se estaba poniendo. Llegó justo a tiempo para observar el cambio de turno. Otro hombre estaba relevando a aquel animal de portero, que se fue caminando hacia lo más oscuro de la explanada.
Se acercó a él. Era un lugar solitario, pero todavía se oían los ruidos de la feria. El hombre oyó sus pasos se dio media vuelta y dijo:
-Está usted buscándoselo, señor.
Le apuntó con el revolver.
-¿Qué edad tiene usted?
Sus ojos parpadearon antes de responder.
-Treinta y dos años, señor.
-Pudo usted vivir veinte o treinta años más si hubiera actuado como un ser humano.
El hombre se puso pálido y le preguntó:
-¿Está usted loco?
-Es posible -. Y disparó.
Se quedó sorprendido por el ruido del revolver, no fue tan fuerte como esperaba. Después arrancó una hoja de su libreta y comenzó a escribir:
“Una palabra descuidada puede perdonarse pero no una vida de cruel grosería. Este hombre merecía morir.”
Estaba a punto de firmar con su nombre, pero decidió que sus iniciales eran suficientes.
Fue a cenar y después decidió dar un paseo nocturno en autobús.
El conductor era un hombre impaciente, pero la noche era hermosa y cálida, y no había mucha gente en el autobús.
En una parada una mujer de aspecto frágil esperaba la llegada del autobús. Se podía observar, y ello hizo, que esta mujer viajaba poco en autobús.
-¡Bien! –gritó el conductor-. ¿Va a tardar usted todo el día en subir?
-Lo siento señor... –contestó a la vez que enrojecía y sacaba un billete de mil pesetas.
-¿No tiene usted cambio?
-Me temo que no.
La mujer encontró una moneda de quinientas y la sostuvo entre los dedos tímidamente.
-¡En la máquina! –bramó el conductor. Luego arrancó el vehículo violentamente. La mujer casi cayó al suelo, pero se asió a tiempo a una barra de los asientos.
Cuatro paradas después la mujer apretó el botón de aviso y avanzó a la parte delantera del autobús.
-¡Por la parte de atrás! –volvió a gritar el conductor.
La mujer se fue palideciendo. Seguro que la noche maravillosa que pensaba pasar ya se había arruinado.
Decidió esperar al final de la línea. Era el único pasajero del autobús cuando el conductor lo aparcó. Sólo quedaba él en ese autobús aparcado en aquel lugar desierto.
-Si piensa usted seguir en el coche, ponga otras cien pesetas en la máquina.
Se levantó tranquilamente y caminó a la parte delantera del autobús.
-¿Qué edad tiene usted?
-Eso no le importa.
-Unos treinta y cinco años, imagino –dijo-. Aún podía haber vivido otros veinte o treinta años más...
Y sacó la pistola del bolsillo.
-Llévese el dinero.
-No me interesa el dinero. Sólo estoy pensando en la dama de esta tarde, tan educada. Y en otras gentes a las que usted habrá tratado mal. No se merece seguir viviendo.
Y le mató.
Al cabo de diez minutos estaba todavía sentado al lado del cadáver. Volví a escribir otra justificación sobre la muerte del conductor con sus iniciales. Luego fue a casa y durmió toda la noche.
Después de desayunar se vistió con su mejor traje. Firmó un talón para la compañía de teléfonos porque recordó que todavía no había pagado. Lo metió en un sobre pero no tardó en descubrir que no tenía sellos. No importaba, pensó en comprar uno camino de la comisaría.
Entró a un almacén cerca de la comisaría dónde el dependiente se entretenía leyendo el periódico:
-Tienen sus huellas, conocen su escritura y saben sus iniciales, ¡qué le pasa a la policía?
-¿Para qué sirven las huellas si no tiene antecedentes? ¿Para qué sirve la escritura si no tenemos ninguna con la que compararla? ¿Sabe usted cuánta gente hay en esta ciudad con las iniciales J.G.?
El policía pagó y dijo:
-Volveré por aquí la semana que viene.
Se aclaró la garganta. El hombre acabó de leer un párrafo y dijo:
-Dígame.
-Un sello de treinta pesetas, por favor.
Le miró durante quince segundos como si le acabara de pegar una bofetada. Luego se levantó de su taburete, salió del mostrador y fue al último estante de la tienda.
Al cabo de un rato sintió que unos ojos se posaban sobre él .
-¿Espera que se lo lleve hasta allí y se lo envuelva?
En ese preciso momento se acordó de un pequeño muchacho que tenía cinco pesetas. Entró en un almacén donde se vendían dulces de tantas variedades. El chico, o sea él, no sabía cuál elegir.
-¿Es que vas a estar aquí todo el día con esa piojosa moneda?
Tímidamente el niño señaló un bote y pidió cinco pesetas de ‘eso’.
Aunque eso no le importó, volvió a pensar en el sello, avanzó hasta el fondo del almacén y dijo:
-¿Qué edad tiene usted?


El doctor Pérez terminó su examen.
-Ya puede vestirse, señor Gómez.
-Supongo que no habrán inventado ninguna droga milagrosa –dijo mientras recogía su camisa.
-Me temo que no. Otra cosa, ¿ha decidido qué va a hacer con el tiempo que le queda?
-No, todavía no.
El doctor echó una ojeada al periódico mientras él acababa de vestirse.
-El asesino tiene trabajo estos días.
Volvió la hoja y continuó hablando:
-Lo curioso es que nadie siente esas muertes, incluso las aprueba. Algunas personas escriben cartas a los periódicos dispuestas a dar listas al asesino. Y no sólo eso, sino que hay una ola de cortesía por la ciudad.
Se puso el abrigo y preguntó:
-¿Debo volver dentro de dos semanas?
-Sí. Y trate su caso de la manera más positiva. Piense que todos cogemos ese camino antes o después.
Aunque él tenía la impresión de que para el doctor Pérez era mejor un después que un antes.
Se despidió.


Salió de la consulta y camino a su casa escuchó un disparo. Fue hacia donde provenía el sonido y vio a un hombrecillo sujetando una pistola.
Miró al muerto y dijo:
-¡Dios Santo! Es un policía.
El hombrecillo movió la cabeza.
-Sí –dijo-. Lo que acabo de hacer parece extremado pero verá..., este agente estaba empleando un lenguaje totalmente innecesario...
-¿Ah? –exclamó.
-Tenía el coche aparcado frente a esta boca de incendios. No lo hice a propósito. Pero este policía me estaba esperando cuando regresé. También descubrió que no llevaba encima el permiso. Yo quería pagar la multa, pues soy culpable; le juro que no hubiese actuado así. Pero hizo observaciones sobre mi vista, sobre mi inteligencia, observaciones muy embarazosas, y también sobre mi fecha de nacimiento.
El anciano bajó la cabeza.
-Y mi madre era un ángel.
Miró el revolver que tenía en sus manos y continuó hablando:
-Compré esto hoy para usarla con el casero de la casa donde vivo. Es un fanfarrón y un insolente. Pero ahora supongo que tendré que tragarme a la policía, ¿no le parece?
No dijo nada. Aquel hombrecillo le miró y dijo:
-¿No le parece que debería dejar una nota sobre el cadáver? He estado leyendo los periódicos y...
Inmediatamente le prestó su libreta de notas.
-Tengo que recordar comprar una como ésta –dijo señalando la libreta-. ¿Quiere que le lleve a algún sitio?
-No gracias. Hace buena noche y prefiero pasear.

Mientras el coche se alejaba, pensaba en lo agradable que era aquel hombrecillo.
Era una lástima que no hubiera muchos como él.