Clase de Disección.

 
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Clase de Disección.
 
 
Clase de disección

Me llamo Herbie Hank y me gustaría aclarar ante todo que no tuve nada que
ver con la reacción de mi hermano Eduardo. Aunque tal vez debería empezar
por el principio, pues todos pensaron que yo lo apoyé y no fue así, yo
intenté convencerle para que lo dejara estar, que fijara su atención en otra
cosa pero mi hermano siempre fue muy testarudo, era la viva imagen de la
determinación y fue esa estúpida cabezonería la que terminó por afectar a mi
perro "Tod" por no hablar de la señora Arcos.
Después de tres meses de vivir un infierno personal, nos trasladamos de
Wellington, la ciudad de los falsos (mi madre solía llamarla así, decía que
era porque era la ciudad donde mayor número de políticos vivían) allí
dejamos atrás a Papá y al tío Duke. No nos apenó demasiado dejarlos atrás
pues ambos eran iguales, bueno... no al principio. Mamá siempre dijo que
Papá era un hombre muy influenciable y que cuando llegó el tío Duke para
pasar unos días con nosotros lo que hizo fue transformarlo. ¿De qué forma?
Basta decir, que comenzó a venir muy tarde a casa, borracho, apestaba a
whisky barato y ... pegaba a Mamá. Aquello simplemente no acabó y mi madre
le dio a elegir o ella o el tío Duke. Mi padre resultó ser un maldito cabrón
en el fondo y nos fuimos de la ciudad. Como dijo mamá antes de irnos de
Wellington:" Que os jodan cariño, a ti y al sonado de tu hermano." Papá se
cabreó bastante al oír aquellas palabras de mamá e intentó golpearla pero
ella esquivó el puñetazo y le
asestó una fortísima patada allá en las partes bajas. Cuando nos fuimos Papá
estaba acuclillado en el suelo sujetándose las pelotas, no sé, tal vez temía
que se le fueran a caer.
Viajamos en el viejo Chrysler azul de mi madre durante unas ocho horas.
Cruzamos la carretera estatal de Lowtown, llegamos a un pueblo llamado
Castón donde paramos para comer y repostar y continuamos durante alrededor
de unos sesenta kilómetros hasta llegar a una urbanización, Softword.
Softword se hallaba en medio de un espesísimo bosque y estaba rodeado por
las montañas de Newport llamadas así en honor a un tipo que las escaló,
Bernard Newport. Bernard las escaló mas de ciento catorce veces para
encontrar la muerte a manos de su esposa Belinda, (le metió una de esas
enormes agujas de hacer punto por un oído y se la sacó por el otro) al
parecer una mujer extremadamente celosa. Belinda siempre se preguntó por
qué diablos subía tantas veces su marido a aquellas montañas y parece que
acabó averiguándolo. Bernard se llevaba los ligues a la cima de la montaña y
allí, bueno, hacían el amor (mi hermano hubiera utilizado la palabra
"follaban", tenía una especie de fijación por la
palabra en cuestión que aún no he logrado entender. Follar esto, follar lo
otro, era un tipo realmente cabezota incluso a la hora de utilizar las
palabras).
No fue difícil encontrar una casa en Softword, era un lugar nuevo y estaba
en plena promoción o algo así. El caso es que había propaganda por todas
partes con las posibilidades de vivir en Softword: Que si viviendas mas
baratas y cómodas, que si multitud de centros comerciales, parques, que si
en contacto con la naturaleza. Tenía de todo, incluso colegio y por supuesto
en cuanto llegamos y nos instalamos mi madre se aseguró de matricularnos en
el colegio de Softword. Supongo que fue por culpa de ese maldito colegio
todo lo que ocurrió después, y de aquella profesora, la señora Arcos.
La señora Arcos era una mujer alta y extremadamente delgada, tenía la cara
pálida y algo amoratada como si hubiera estado conteniendo la respiración
durante toda su vida. Debía de tener alrededor de unos cientos de años.
Vestía con una vieja falda azul que le llegaba hasta casi los tobillos, una
camisa blanca y un chaqué azul oscuro. Y aquel enorme moño negruzco,
¡Cielos! jamás contemplé algo tan divertido como aquel moño cuya masa era
superior a la de la propia señora Arcos. Cuando caminaba con aquel moñazo,
de un lado para otro, casi parecía que aquella ridícula masa de pelo tuviera
vida, una vida rítmica que acompasaba los pasos de la señora Arcos. Pero por
todo esto parece que la señora Arcos fuera una mujer alegre, divertida y
nada más lejos de la realidad. Mentiría si dijera que me gustaría verla
viva. Es más espero que se pudra en el infierno la muy zorra, ella y su
puñetera ranita.
Pero la época de la rana no comenzó en seguida, en realidad hubo un tiempo
en que asistir a clase estaba bien de una forma u otra. Hicimos amigos; Fede
que tenía la repugnante manía de meterse el dedo en la nariz, cuidadosamente
buscar un elemento a su gusto y comerse el moco en cuestión. Luego estaba el
"Chapas" de melena roja larga y despeinada, un chaval que tenía un especial
temor a ducharse, pero que si te mantenías a distancia podía pasar por buena
gente. Estuvo bien, conocerlos a todos e incluso llegamos a, digamos,
ocultar los recuerdos de nuestro padre quien probablemente estaría tirado en
alguna esquina de la ciudad que dejamos, borracho y tocándose los genitales.
Eduardo estaba bastante concentrado en sus estudios, en sus amigos y luego
estaba nuestro perro "Tod" un Cocker de color canela que nos ayudaba y
consolaba en momentos de tristeza absoluta. "Tod" era un perro estupendo,
siempre alegre, con sus grandes orejas... quería mucho a Eduardo y Eduardo
también le
quería a él.
Mas tarde llegó la señora Arcos y su empeño en que diseccionáramos
aquellas ranitas verdes, simpáticas, se las veía divertidas intentando salir
de su prisión de cristal.
-Frente a vosotros tenéis lo que se denomina una Rana Ridibunda o una rana
verde común. Fijaos en ella atentamente.
Los alumnos miraron curiosos los tarros de cristal que tenían sobre las
mesas cada uno de ellos, y en cuyo interior se hallaban ejemplares de ranas.
-Sus prominentes ojos, su gran abertura bucal y sus largas patas
posteriores adaptadas para el salto...
Luego nos pidió (ordenó, aquella mujer no pedía, no tenía costumbre de
hacerlo o bien no sabía exactamente lo que quería decir) que sacáramos las
ranas de los tarros y que las mantuviéramos contra las mesas (pancha
arriba). Y bueno, la mayoría no consiguió sujetar a las ranas deseosas de
libertad. Fue como la gran evasión, ranas saltando por todas partes y
nosotros intentando atraparlas, un auténtico caos y en medio la señora Arcos
gritando con una histeria que hizo cambiar su acostumbrada palidez de cara a
una especie de rojo tomatero. Aquello fue el primer día y fue genial de
veras. Pero lo estupendo y lo bueno se fue al cuerno al día siguiente,
cuando llegamos a clase y nos encontramos con las pobres ranas fijadas,
literalmente, a las mesas de clase. La señora Arcos había clavado con agujas
las extremidades de los batracios a las mesas, parecía haberlo dejado todo
dispuesto para la clase. Ahora no había forma de que los bichos se largaran
de aquella especie de sala de
tortura. Al principio nos pareció algo terrible sujetar a aquellos pequeños
seres de esa forma. Uno se imaginaba colgado de una enorme mesa de madera y
sujeto a la superficie con enormes clavos candentes que atravesaban brazos y
piernas, ¡joder, aquello debía doler! Pero los prejuicios se pasaron en
seguida y disfrutamos con la visión de nuestras torturadas ranitas y no fue
mas que el principio.
-Tenéis un pequeño cuchillo junto a cada rana, tan sólo tenéis que fijaros
en el esquema de la pizarra y aplicarlo al anfibio -dijo la señora Arcos.
-¿Qué? -dijo Billy Nolan un tipo de muy pocas luces.
-¡¡Que diseccioneis las ranas!!
Así que cogimos los cuchillos y comenzamos a destripar a los pobres
bichos.
Yo estaba sentado junto a Sandra Warchowski una chica con pretensiones
médicas que iban algo más allá de su tiempo, y no lo digo por decir, pues se
empeñó en que cortáramos las cabezas de las ranas y las intercambiáramos,
pretendía pegar la cabeza con pegamento y comprobar si la rana había notado
el cambio. Por supuesto, yo me negué, no tenía ninguna intención de ganarme
una buena con la señora Arcos, pero Sandra estuvo insistiendo durante
bastante rato aún después de que abriéramos en canal a las ranas y
observáramos su interior. Billy Nolan vomitó cuando su compañero abrió a la
rana, a Sandra le pareció divertido y a mí simplemente me pareció terrible
la situación de los bichos. En cuanto a Eduardo. Eduardo se negó a hacerle
el más mínimo daño a su rana, le pareció cruel y se rebeló contra las
ordenes de la señora Arcos.
-¡No es mas que una estúpida rana! -dijo ella.
-Usted también lo es y apuesto lo que sea a que no le gustaría verse
destripada por alguien mayor que usted.
Aquello fue el colmo para la señora Arcos cuyos dientes torcidos y
amarillentos dejó mostrar ante tal indignación.
-Debo... debo haber oído mal. ¡HE DICHO QUE CLAVES EL CUCHILLO EN LA RANA,
ESTUPIDO!
-¡Que la follen! -replicó mi hermano Eduardo
Y ella con decidido paso se acercó hasta Eduardo y le arreó un fuerte
guantazo para después enviarlo a casa sollozando. Luego salté yo contra ella
y tuvieron que separarnos los profesores del aula de enfrente. Al día
siguiente mi madre habló con la malhumorada señora Arcos.
-Si vuelve a tocar a mi hijo le juro por Dios que le arranco la garganta.
-Veremos -le replicó la profesora amenazante.
Aquella noche dado que Mamá no tenía ganas de cocinar cenamos pizza y
pusimos a caldo a la vieja bruja. "Tod" disfrutó de una deliciosa (a él
pareció gustarle al menos) comida enlatada (buey con pollo) y jugamos al
monopoly (habían venido un par de amigos, Fred, Manolo y Santiago) hasta
altas horas de la madrugada. El cabrón de Manolo se hizo con todo el
monopolio y nos dejó endeudados hasta las pestañas a todos los demás, a
pesar de que Eduardo estuvo a punto de ganarle (él siempre había sido muy
bueno en aquel juego pero no hubo duda de que Manolo tenía una especie de
don para el Monopoly) Cuando despedimos a nuestros amigos, después de ayudar
a Mamá a poner un poco de orden en el comedor, subimos a nuestra habitación
y tuvimos una conversación. Eduardo estaba preocupado por el asunto de la
rana y aunque yo intenté quitarle importancia al asunto, no llegué a
conseguir quitarle de la cabeza aquel suceso.
-Escucha, en un par de días la bruja de Arcos se olvidará de esa estúpida
rana. Y como si no hubiera ocurrido nada.
-Pero sí ocurrió y esa maldita vieja me va a martirizar con esto hasta que
se le congelen las entrañas y a ti por ayudarme.
-Soy tu hermano y si alguien se mete contigo es historia, que le muelo a
palos, vamos. Pero dime por qué simplemente no pinchaste a la rana de las
narices.
-Porque no tenía nada contra esa rana como para privarla de su existencia
y además no me gusta que me den ordenes y esa bruja no sabe hacer otra cosa.
Estaba deseando decirle "no" a algo y lo de la rana me motivó a ello.
-¡Es increíble! Por una rana. Serías un miembro estupendo de la sociedad
protectora de animales.
Yo pensaba que todo acabaría ahí, realmente creía en lo que le dije a mi
hermano pero bueno, a veces la cosas simplemente se salen de madre.
Aquella noche soñé con mi padre. En mi sueño aparecía desaliñado y
atrapado en una fosa llena de botellas de alcohol, intentaba escalar una y
otra vez pero no podía, pues estaba rodeado de aquellas botellas vacías que
no le dejaban salir. Le salía espuma por la boca, estaba rabioso y era esa
misma rabia la que le impedía salir de la fosa, eso y alguien, al pie de la
fosa con una pala. Ese alguien, esa sombra tenía mi estatura, mi peso, mi
altura incluso reía como yo, y reía cuando llenaba la pala con botellas
llenas de whisky y las arrojaba sobre mi padre quien las recogía con gusto,
con anhelo y las bebía de un trago pensando que le darían fuerzas para salir
de aquella fosa cavada por él mismo.
Me desperté en medio de sudores que resbalaban con dificultad por mi
frente, mis mejillas. Un sudor cálido y repugnante, casi viscoso que parecía
verse atrapado en su espesura por todo mi cuerpo. La sensación de alivio que
tuve al lavarme la cara fue celestial al igual que la que tuve al salir de
casa y sentarme sobre el césped, sentir la fresca brisa que la noche me
manifestaba como una especie de regalo divino. Pero todo se fue a la mierda
cuando vi a "Tod".
"Tod" estaba quieto, tumbado, a un par de metros de mí y me pareció
realmente extraño que no notara mi presencia, que no se acercara para
olisquearme y darme un par de lengüetazos, que no se acercara para que le
rascara detrás de la oreja. Todo aquello me pareció... pero no quise darle
importancia, ninguna importancia durante segundos en que lo observé
detenidamente tratando de adivinar el por qué. Y me acerqué hasta él.
-Eh, Tod.
Pero el perro no se movió.
Le di una pequeña palmada en el lomo, pero no hubo resultado, luego le
empujé algo violento, un poco enfadado por aquel caso omiso.
Y el perro siguió sin inmutarse. ¿Ignorándome? NO. Le acaricié la cabeza,
la tenía húmeda y me percaté de un olor terrible que me atacó causándome
sensación de nauseas. Entonces le di la vuelta y todos sus órganos internos
se desparramaron sobre el césped. Alguien le había abierto una brecha desde
el pecho hasta el estómago con un corte preciso y recto.
Al día siguiente mi madre llamó a la policía, y en un par de horas
apareció por casa un hombre bajo, encorvado con una gabardina que no servía
para ocultar su enorme y grasienta barriga. Rápidamente hizo que se llevaran
los restos de "Tod" e inspeccionó el lugar. Ralf, así se llamaba, creyó que
aquello lo había hecho algún animal salvaje pero Eduardo tenía una respuesta
que giraba en dirección opuesta.
Como ya dije antes, Eduardo era muy cabezota por aquel entonces, su cabeza
era estupenda para partir nueces y no estoy seguro de que las circunstancias
le cambiaran. La verdad, yo no apostaría por ello. Lo único que puedo
afirmar es que la noche siguiente, mientras mamá dormía, salimos a dar una
vuelta.
-Quiero tomar el fresco, vamos, acompáñame y no hagas ruido, no es
necesario que despiertes a mamá.
"Quiero tomar el fresco" ¡Y un carajo quería tomar el fresco a las cuatro
de la mañana! Le seguí hasta la casa de la señora Arcos, recuerdo que
aquella noche en cuestión hacía un frío terrible, era como respirar nieve, y
que le mandé a la mierda un par de veces por hacerme salir a esas horas y
con ese gélido frío. Pero él persistió e insistió y sea lo que fuera lo que
tuviera en mente yo no iba a dejarle solo, eso lo tenía muy claro, aunque
estuviera muy tentado de hacerlo.
La casa de la señora Arcos era mas bien modesta pero con un magnífico
jardín, que impresionó incluso a mi hermano pues a mi me importaron tres
rábanos si la mujer cuidaba bien su jardincito o no, yo lo que quería era
dormir y mi mente no podía aceptar otra cosa que no fuera la imagen de esa
estupenda, cómoda cama repleta de mantas para calentarme, que me aguardaba
en casa. El jardín a la entrada parecía tener la misión de ser un bello
cartel de "Bienvenidos" algo hipócrita conociendo a la propietaria. No hubo
maldita manera de convencer a Eduardo para que no saltara la verja de
entrada y acabé saltándola yo también. Todo estaba tranquilo excepto mis
dientes que no hacían mas que castañetear de frío pero Eduardo siguió
emperrado a pesar de lo extraño que podía parecer que una mujer tan cabrona
poseyera una casa normal y corriente incluso me atrevería a decir "bonita",
tenía el césped perfectamente podado y las flores se alzaban orgullosas en
su bello jardín. Algunas de
aquellas flores dejaron de alzarse cuando mi hermano cayó sobre ellas al
saltar la verja, de hecho, su orgullo se fue al infierno frente a los
decisivos pies de Eduardo quien chafó a todas aquellas flores que estaban en
su camino sin marginar a ninguna.
-¿Qué diablos vas hacer?
-Quiero ver su gatito -dijo con una media sonrisa diabólica que me llegó a
asustar un poco a pesar de ser mi propio hermano quien la mostrara.
Suponiendo que ella tuviera uno, porque al parecer él estaba convencido de
ello. Yo no tenía ni idea de que la bruja de la Arcos tuviera unos de esos
lindos gatitos, pero mi hermano se había informado y así era, así fue. La
diabólica Arcos tenía un pequeño minino recién nacido dentro de la casa en
una cómoda cesta con almohadones. El tipo que había informado acerca del
gatito a mi hermano le había dicho todo lo necesario para encontrarlo,
incluso como era la casa. Era un chaval llamado Norman iba un curso mas
adelantado que nosotros y hacía un par de días que había tenido la
"maravillosa" oportunidad de ver la casa de Inés Arcos y a su gatito. El
caso es que había sido una de esas visitas accidentales, de esas de "Eh,
mierda, el balón ha entrado en la propiedad de la Bruja Arcos". Norman tuvo
que saltar la verja y entrar por una ventana en la casa y allí se encontró
con la escopeta de dos cañones de la Bruja Arcos que le apuntaba
directamente a las pelotas.
-Fuera mierdecita -le había dicho con una voz que parecía surgida del más
allá- lárgate pequeño renacuajo o haré que tus posibilidades de descendencia
caigan en picado.
Por supuesto Norman no obtuvo la pelota pero si un susto de mil demonios
que le hizo olvidar rápidamente aquella, por otra parte, vieja, descolorida
y medio deshinchada pelota.
Me pareció curioso que una mujer como Inés Arcos tuviera las ventanas de
la casa abiertas, como si diera la bienvenida a todo posible intruso, y me
entraron ganas de comprobar si también la puerta principal lo estaba, pero
hubiera sido demasiado abrir aquella perfecta puerta de madera y encontrarse
con la imperfecta Arcos y su escopeta de dos cañones, dispuesta a volarnos
las bolas. El caso es que a mí la idea de, en un futuro no muy lejano, tener
hijos me agradaba y en el umbral de la ventana probé de nuevo, intenté
volver a convencer a Eduardo de que nos largáramos de allí con viento fresco
o sin él, pero... ¡jodido testarudo del demonio! Así que entramos por la
ventana a lo que parecía el salón de la casa y bueno a mí pareció un salón
de lo más normal y corriente, es decir, había una gran mesa redonda, un
sillón triplaza, la típica chimenea, una radio antigua (no parecía tener
televisión o al menos no donde estábamos. En fin pensé que hay gustos para
todo, la señora
prefería la radio a la t.v., pues vale.)y bastantes sillas lo cual me
pareció lo más curioso teniendo en cuenta lo inaguantable que podía llegar a
ser Inés Arcos sobre todo en las clases de francés. Ella y sus trescienas
"e"s diferenciadas todas y cada una de ellas, que si "e" de una forma, que
si "e" de otra, al cuerno ella y sus "e"s.
Pude observar unos portarretratos que había sobre la mesa mientras Eduardo
buscaba al minino, según él no debía de estar muy lejos. En las fotos una
pareja de recién casados, ella era una mujer joven realmente atractiva de
cabello negro rizado y suaves y hermosas facciones, llevaba un vestido
blanco con diversos bordados en forma de rosa que le llegaba hasta las
rodillas, y él era un tipo alto moreno y bien parecido, más bien delgado y
con un fino bigote semi- enroscado del que parecía presumir en la foto,
tocándose una fina curva del mismo, con aire de orgullo. Detrás de ellos
parecía haber una feria y un zancudo sonreía a sus espaldas, me fijé más en
aquel zancudo y en el parecido que tenía con el acompañante de la mejorada y
mucho mas joven Inés Arcos de la foto. Me pareció divertida la semejanza,
incluso en el bigote pero lo dejé estar cuando mi hermano me indicó que
había encontrado al gato. Me acerqué hasta él, el gato estaba durmiendo
plácidamente hasta que oyó a mi
hermano acercarse. Eduardo acarició al gatito negro. Tuve un pensamiento
algo ténebre, la imagen de Eduardo con una lata de sardinas envenenada
dándosela a aquel lindo gatito. Imaginé al minino vomitando sangre, o
sufriendo convulsiones, tragándose su lenguecita hasta morir. Entonces
Eduardo iluminado por la visión de la cocina, apenas separada del salón por
una puerta, fue hasta allí y trajo un cuchillo de carnicero. Me miró, miró
al lindo gatito que se había vuelto a dormir (tal vez para siempre)y alzó el
cuchillo con la clara intención de enterrarlo en el cuerpo de aquel animal.
-Estás loco, ¿qué diablos vas a hacer? -le susurré, ¡joder, iba a
cargarse al pobre gato! Y bueno, afortunadamente desistió de aquello, o más
bien lo que hizo fue cambiar de objetivo. Le entró un repentino desespero
por encontrar la habitación donde supuestamente dormía la señora Arcos.
Me pareció brutal pensar en la palabra disección pero se coló en mi cabeza
sin pedirme permiso, ni enseñarme pasaporte, ni nada de nada. Disección, fue
lo que pensé cuando llegamos hasta el cuarto de la señora Arcos guiados por
su propia voz. Nos había alertado oír aquella voz, vieja y siniestra pero
al cabo de un momento nos dimos cuenta de que la vieja hablaba en sueños y
aquello envalentonó a mi hermano. El odiaba su voz y tubo la clara, limpia y
transparente intención de hacerla callar de una forma u otra y si tenía que
rajar su jodida garganta... para acallarla, para ver burbujas de sangre
escapar por el corte, lo haría. Disección. Me pregunté si podría impedir
hacer a mi hermano... o mas bien si quería impedírselo porque entonces pensé
en "Tod" mi perro, pensé en sus ojos muertos que una vez estuvieron llenos
de calidez. Ni siquiera sabía si había sido ella quien lo había hecho
realmente pero desde luego, parecía una víctima apropiada para descargar
todo el odio que
llevábamos dentro. Y pensar en mi perro, mi perro muerto, mi perro
destripado, hizo que mis ganas por clavar yo mismo el cuchillo en el
estómago de la bruja Arcos, ganarán en intensidad. Así que silenciosamente
abrimos la puerta de la habitación.
Y allí estaba durmiendo boca arriba, como una muerta, y soltando palabras
sin parar.
-... rábanos.... patatas....alcachofas....perejil...
Sí, la señora Arcos hacía la compra en sueños. Y cuando hablaba, incluso
en sueños, dejaba bien claro que ella era el centro del universo, el culo
del mundo. Su modo de pronunciar, eran ordenes de principio a fin y debían
ser obedecidas por el contrario habría que atenerse a las consecuencias, y
por Dios que las habría si ella lo deseara.
-...cebollas...pimiento colorado... pepinillos...
Yo me quedé en el umbral de la habitación mientras mi hermano avanzaba
hasta la cama donde dormía Inés Arcos. Se acercó, contempló la respiración
de la profesora, como una vieja y parcheada colchoneta, inflándose y
desinflándose, lenta y torpemente. La miró, vio a una vieja amargada cuya
vida tal vez se fue al traste por alguna misteriosa casualidad de la vida,
pensó que la muerte de su marido podría haberla podrido por dentro y por un
ínfimo momento sintió pena por aquella mujer mayor. Pero fue un instante tan
fugaz, tan insípido, que apenas le sabio a nada, un resquicio de compasión
que desapareció cuando Inés Arcos dejó estar la compra. Y aunque resultara
de lo más estúpido, el hecho de que dejara de pronunciar palabras,
alimentos, resultó de un intranquilo total. Fue como si el frío de Alaska
hubiera llegado a nuestros cuerpos y nos congelara los miembros. Pero aquel
súbito silencio dio paso a algo mucho más normal o todo lo normal que puede
llegar a ser oír roncar a una
mujer de avanzada edad. Y aquellos estruendosos ronquidos, un ruido
ensordecedor de veras, nos ánimo y convenció a mi hermano Eduardo para que
nos largáramos de allí. Aquello era genial, en toda la noche no había podido
convencer a Eduardo para que lo dejara estar y tan sólo unos temibles
ronquidos le habían hecho recapacitar. Fue estupendo verle retroceder
lentamente, cuidado, hasta mí, fue estupendo cuando Eduardo echó un último
vistazo a la señora Arcos para asegurarse de que seguía allí, roncando con
una precisión y empeño fascinante, de hecho las cosas comenzaban a
arreglarse, a rebobinarse de un modo extraño, estábamos caminando hacia
atrás cuando los ronquidos se apagaron de un modo repentino. Pero seguimos
andando confiados en que seguía en el país de los sueños, un país en el que
envidié estar aquella noche. Nos volvimos cuando estábamos a punto de salir
por la ventana, habíamos oído unos pasos que se dirigían hacia el salón, y
los pasos tenían una propietaria muy
especial. Una alta, pálida y esmirriada figura vestida con un ridículo
pijama azul claro que le venía exageradamente grande, hubieran cabido tres
como ella en aquel pijama azul. Inés Arcos estaba de pié a la entrada del
salón, con su famosa y temida escopeta de dos cañones, mirándonos, tal vez
decidiendo sobre nuestro destino, tal vez imaginándose enterrando nuestros
cadáveres en el precioso jardín de su casa. "Un estupendo abono".
-Hola -dijo la Bruja Arcos.
No contestamos, una sensación terriblemente desagradable se había
apoderado de nosotros, completamente, ni piernas, ni habla, nada funcionaba,
se había atascado por un cortocircuito llamado miedo.
-Dos ladrones en mi propiedad, dos ladrones a los que puedo hacer lo que
se me antoje. Os gusta desafiarme, ¿verdad? Pues dicen que a mi me gusta
hacerme de respetar, pero ocurre que a veces el respeto no basta. Y sólo el
terror, complace. Solo cuando os cagueis en los pantalones seré feliz,
¿sabéis? Quiero que os hagáis vuestras necesidades aquí, y os las comeréis,
ya lo creo que sí. ¿Ahora quién follará a quién? ¿Eh, mierdecitas?
¿¡Quién!? Comprenderéis lo que significa el respeto por los mayores,
aprenderéis a besar mi viejo y enjuto trasero.
-Escuche... -intenté yo. Lo intenté de verás, intenté sacar alguna frase
al exterior que la calmara y que nos librara de aquel mal paso pero ella no
tenía intención de dejarnos en paz, no tenía intención de dejarnos en
absoluto.
-La respuesta es sí -dijo la Bruja Arcos ante una supuesta pregunta.
-¿Qué? -alcancé a decir.
-Vinisteis a mi hogar en busca de una pregunta. Estoy segura de ello -rió-
ya lo creo que sí. Yo rajé a vuestro perrito, le golpeé en la cabeza con una
gran piedra y luego le saqué las entrañas al descubierto, ¡cielos, como
sangró! Deberías haberlo visto, fue todo un espectáculo. Toda una clase de
disección, ¿recordáis?
Y rió, y siguió riendo a carcajadas, y aquellas carcajadas, aquella
inesperada declaración hizo transformar a mi hermano el sentimiento de miedo
a rabia. Rabia y odio con toda su maldita testarudez, se abalanzó sobre
Arcos y esta accionó su escopeta. El brazo derecho de Eduardo salió volando,
arrancado del disparo, y cayó sobre la mesa. Ella rió con fuerza y yo la
embestí como un toro golpeando su estómago con mi cabeza. Caímos al suelo
pero ella pataleó y se liberó de mi, se arrastró para llegar a la escopeta,
que estaba junto a mi hermano inconsciente, yo mientras corrí hasta la
cocina.
La vi llegar con aquel ridículo pijama ahora más rojo de sangre (de mi
hermano) que azul. Con aquella escopeta asesina, y su sonrisa diabólica como
la del mismísimo diablo, se le caía la baba, deslizándose por su arrugada y
fláccida cara. Me giré hacia ella y cuando procedió a apuntarme con la
escopeta, le lancé uno de los cuchillos que había encontrado en la cocina.
El cuchillo se le clavó en el estómago, le lancé otro y este fue a parar al
hombro. La mujer se miró estupefacta, comprobó la localización de los
cuchillos y cayó de rodillas al suelo dejando caer la escopeta. Soltó una
bocanada de sangre y asió el mango del cuchillo que tenía en el estómago.
Tosió, soltó más sangre y sacó el cuchillo de su carne. Hizo un último
intento de amenazarme, pero no hubo riesgo porque un último cuchillo voló y
se clavó en su cabeza, entre los ojos. Dios, recuerdo la sensación de
alivio y felicidad cuando la vi morir, cuando la sangre de Inés Arcos cubrió
su bonita y estupenda casa.
"Que te follen hija de satanás, que te follen".
Han pasado los años, ya no recuerdo cuantos, y sigo teniendo pesadillas en
las que aparece aquella cara vieja y sonriente apuntándome con una escopeta,
dispuesta a volarme la cabeza para luego abrirme en canal y destriparme. Es
algo a lo que no termino de acostumbrarme, aunque sí tengo la esperanza de
que acabarán enterradas con mis recuerdos de aquellos lejanos días. En
cuanto a mi hermano, bueno, Eduardo sobrevivió a la amputación de su brazo
derecho y tuvo que aprender otra vez a escribir, con el restante. Fue una
jodienda pero se lo tomó con mucha filosofía y hoy en día quiere olvidar que
una vez tuvo un segundo brazo. El muy testarudo se compró otro perro y por
supuesto... lo llamó "Tod".

(c) Jerry Clade 1999