Al otro lado del límite.

 
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Al otro lado del límite.
 
 
AL OTRO LADO DEL LÍMITE
Alejandro Moledo
CAPÍTULO I
- Señor, ¡Han subido los intereses de los presupuestos!
- ¡Muy bien, Carrasco! Es una buena noticia para el día que me espera. Carrasco, necesito que me pase los informes que le pedí para mañana, se ha adelantado la fecha.
- Disculpe, señor, pero he quedado con mi novia para cenar... Si no le importa, ¿Podría pedírselo a Marisa o Alvarez?
- Pero Carrasco, usted es el mejor. No me falle por que hoy no estoy para discutir.
El muchacho salió del despacho con una expresión de rabia dibujada en su rostro, el cual permanecía en tensión. Marisa, su compañera viendo la cara de su camarada adivinó lo ocurrido y le dijo:
- ¿Te ha fastidiado la noche?
- ¡Ese hombre no tiene corazón! Es de esos que te alaban para hacerte trabajar y después...
- ¿Te cubro?
En ese momento salió Enrique Sánchez del despacho donde Carrasco habría deseado nunca entrar. Iba tenso, con aire dominante y con unos papeles en la mano que dejo caer en la mesa donde se encontraba Marisa y Carrasco, el cual mantenía aun la tensión en las facciones de la cara.
- ¡Relájese, Carrasco! Su novia no se va a morir por una noche que no la pueda asombrar con su amena compañía. Y Marisa, como Carrasco se sentirá solo, puede quedarse y pasarme estos informes a inglés para mañana
Marisa, sin poder replicar, se quedó quieta sin pronunciar sílaba, mientras Enrique se ponía su abrigo y se dirigía a un ascensor.
- Me voy a una boda familiar, donde la confianza da asco ¿Dónde está Alvarez? ¡Ese muchacho se pasa media jornada en la cafetería!
La luz del ascensor indicaba que subía alguien; ese era Alvarez con dos cafés largos y uno con leche.
- Mañana preséntese en mi despacho, a primera hora.
Y se fue, dejando a los tres empleados cohibidos y sin saber qué decir. Esto se debía a que Enrique hablaba tan rápido y tan seguro de lo que decía que nunca se sabía como responder.
- ¡Vaya jefe que tenemos! Es un...
- ¡Cínico!
- ¡Y un desalmado!
Enrique era un hombre alto y delgado, con algunas canas y su cara demostraba poder. En cuanto a lo personal, era muy pesetero y muy pobre de espíritu. Todo le parecía mal, pero tenía un don: que sabía expresarlo hasta el límite, nunca sin pasarse, para no tener que enfrentarse a la gente común, como él decía.
Se dirigía a la boda de la hija de su hermanastra, la que se vio obligada a invitarlo por sus padres, ya que no le tiene mucha estima.
Llegó al cabo de un tiempo a la iglesia, donde el barullo se dejaba sentir. La bocina sonó por la satisfacción de que todos los invitados se fijasen en el avaro Enrique y en su nuevo “Rolls Royce”. Después, claro, aparcó en un parking y maldiciendo mientras andaba, se dirigió a saludar a su familia.
- Enrique, hijo mío, ¿Cómo estás?
- Bien, madre. ¡No me besuquee tanto!
- ¡Hijo! ¿Nunca estás contento, eh?
- No padre. Gracias por la broma.
Y llegó el momento de enfrentarse a su hermana a la que tanta envidia tenía:
- ¡Hola, Enrique! ¡Has venido!
- Si María, ¿Acaso lo dudabas? – Se dejó notar la pregunta irónica, cambiando la sonrisa falsa de su hermana.
- ¡Enrique! ¡Cuánto tiempo!
- ¡Hola cuñado! ¿Sigues de limpiaparabrisas?
- Si claro ¿Acaso lo dudabas? ¡Ven que te presente al novio!
A María le salió una sonrisa de oreja a oreja, que expresaba alegría por la contestación de su marido y orgullo por saber que su marido era una de las pocas personas que sabían cómo enojar a su hermano sin perder su tono alegre de voz.
- ¡Hola, Rosa!
- ¡Hola, tío Enrique!
- ¡Encantado de conocerle, señor! He oido hablar de usted.
- Seguro que mal.
- No... no... bien – titubeo el novio.
- Bueno, sólo espero que en el matrimonio seas más sincero que en las conversaciones.- Y se marchó intentando esquivar a la familia de la novia.
- No te preocupes cariño. – Le dijo la novia mientras le besaba – Mi tío es así de simpático.
La gente iba entrando a la iglesia, que se encontraba en un barrio modesto, donde aparte de vecinos también era normal encontrarse borrachos, drogadictos y prostitutas; “como en casi todas” afirmaban los vecinos.
Enrique se sentó en el último banco, con la gente que asistía a misa pero no por la boda. “Así no tendré que oír lo de que mona esta la novia” pensó. Aparte de no levantarse del banco ni una sola vez en toda la misa, estuvo pensando en su cuñado “¿Quién se cree ese estúpido para copiarme la pregunta?” Estuvo así, hasta que en medio de la misa sonó un móvil, interrumpiendo el evangelio y toda la gente miró hacia un mismo sitio: a un hombre alto y delgado de la última fila, el cual atendió la llamada hablando en un tono más bien elevado.
- Carrasco, el informe para mañana y si tiene muchas ganas de ver a su novia que le ayude a hacer el informe o si no...
- Disculpe, ¿Puede apagar el móvil o salir a hablar fuera? Estamos leyendo la palabra de Dios.
Tras las palabras del sacerdote, Enrique no paró ni un segundo de hablar.
- ¡Enrique! ¡Esto no te lo consiento¡ ¡Sal de la boda de mi hija ahora mismo! – María al mismo tiempo que hablaba corría hasta su hermano - ¡Eres la vergüenza de esta familia! ¡No te quiero ver más! ¡Fuera de aquí!
- María, cariño, relájate, estamos en la boda de nuestra hija. No te exaltes, no tiene remedio.
Enrique terminó de hablar en ese momento. Ni había mirado a su hermana cuando la vio a su lado jadeando, frunció el ceño y dijo:
- ¿Que?
- ¡Sal de la iglesia, Enrique! ¡Y no te quiero volver a ver! –Esto lo dijo apretando los dientes y como un susurro.
- Pues vale – Se levantó y mirando la hora dijo – Llego a ver mi programa favorito. ¡Hasta...! Bueno hasta otra. – Y se dio media vuelta.
- No habrá otra, Enrique – Le dijo su hermana.
Salió de la Iglesia con humor, que incluso él no reconocía: se sentía contento y a la vez entristecido.
- ¿Cómo te sientes , Enrique?
- ¿Que? ¿Quien?
A su derecha había un hombre apoyado en la pared con un sombrero a sus pies. Tenía el pelo grasiento, enmarañado y largo. La barba y cejas espesas. Sus ojos tenían un brillo sorprendente que penetraban en la cabeza de Enrique. Era alto y muy delgado. Vestía con harapos sucios y con zapatos destrozados.
- ¿Quién eres tu?
- No, ¿Quién eres tu, Enrique? O mejor ¿Quién crees?
- ¿Cómo sabes mi nombre? ¿Quién eres?
- Eso no importa para ti, ya que me ves como un mendigo indefenso. Para qué mi nombre.
- ¿Cómo sabes el mío? No te voy a dar ni una peseta. No sé ni por qué hablo contigo ¡Un pobre desgraciado!
- Ese es tu don ¿Verdad? Conmigo te puedes explayar y decirme todas las humillaciones que se te pasen por la cabeza ¿No es así? Igual con tu familia, con tus empleados. Sabes llegar a enfurecer a una persona sin que ésta pueda defenderse.
- ¡Increíble! ¡Un mendigo adivino! – Dio media vuelta y se fue. A su espalda oyó:
- Conmigo no, Enrique, yo me sé defender.
- Sí, hombre, sí.
Tras la última burla de Enrique, se dirigió hacia el garaje, dejando a un sacerdote asombrado, a su empleado chafado desde el móvil, a la familia dolida y a un mendigo ofendido y amenazado.
- ¡Que día!
- El señor ha llegado muy pronto.
- Sí, Aurora, sí. No te creerás todo lo que me ha pasado, pero estoy muy cansado para contarlo. Sigue con tus tareas. Cuando acabes vete, estaré en la cama.
- ¿Le preparo cena?
- ¡Por supuesto! Esta en tu contrato.
Aurora siguió limpiando el suelo mientras su amo se marchaba a su dormitorio.
- ¡Este hombre no pierde una peseta, no!
Enrique, mientras tanto, ya estaba entre las sábanas y mirando la tele volvió a sentir aquella sensación que tuvo en las puertas de la iglesia. Pensó que para que se le pasase mejor sería que apagase la tele y durmiese. Pero no podía, el pensamiento no le permitía descansar, lo cual le puso muy nervioso, tanto fue así que grito cuando sonó la puerta al cerrarse. Aurora se había ido... ¡Estaba solo! Se levanto y entreabrió la ventana para airearse, y al cabo de un rato, a pesar de los nervios, se durmió.
CAPÍTULO II
Notó que una brisa le daba en la cara, y despertó. Pero no abrió los ojos, ni se movió. Sintió primero un dolor desde el pie hasta su cabeza, apoyada en algo que no era una almohada, ni su colchón; luego sintió otra vez el viento, pero más fuerte, lo cual le hizo abrir los ojos.
“¿Dónde está la tele, y los diplomas, la cama y la ventana?” Pensó. Sólo veía un seto y encima y encima de este un árbol donde cantaban los pajaritos.
Se percató de que estaba tirado en un banco de un parque cerca de una iglesia.
- ¿Qué es esto?
Vio a un hombre andando por el parque y corrió hacia él.
- ¿Qué es esto? – Repitió al transeúnte.
- ¡Fuera de aquí! – Y le dio un empujón que lo tiró al suelo donde pudo sentir la arena y las piedrecitas clavándose en él, mientras el caminante huía a buen paso.
Luego miró hacia si mismo, no llevaba pijama sino unos harapos sucios y unos zapatos raídos.
- Esto es un sueño, y parece real – entonces se le escapó una carcajada de sorpresa forzada – pero no lo es ¿Verdad?
Empezó a tocarse y abrir mucho los ojos pero no despertaba; siguió pellizcándose y luego vio una fuente y fue a mojarse. Se empapó pero no se despertó.
- ¿Pero que se supone que es...? – Mientras decía esto vio la iglesia del día anterior y ese era el parque que se encontraba enfrente de esta. Luego divisó en su banco el sombrero del mendigo y ... ¡Llevaba puestas sus ropas!
- ¡Ay, Dios mío!
Siguió pensando que era un sueño, pero todo indicaba que era real. Más tarde pensó que alguien le había robado de su casa y le había dejado en el parque. ¡El mendigo! ¡Ese miserable no era un vagabundo! Seguramente era el jefe de un complot organizado por su familia para darme una lección. ¡Pues se van a enterar!
Decidió caminar hasta la casa de su hermana, que no estaba lejos.
Mientras caminaba notaba como la gente le miraba de distintas formas: unos con miedo, otros con asco, otros ni le miraban.
Pronto llegó a casa de su hermana. Con un mal humor notable golpeó la puerta. Abrió su hermana, iban con un batín y el pelo despeinado. Llevaba la escoba en la mano derecha. Estaba sola.
- María: una cosa es que nos odiemos y otra muy distinta que organices un complot para ponerme en ridículo y hacerme perder tiempo. Y si piensas que no... – A medida que hablaba rápido y seguro, su hermana se le iban abriendo los ojos y la boca.
- ¡Fuera! ¡No te conozco! ¡Fuera! – Y le empujo para cerrar la puerta - ¡Vete o llamo a la policía!
- ¡María, abre ahora mismo!, ¡No me hace gracia, abre! – Sonaron los cerrojos y unos pasos acelerados se alejaron rápidamente.
- Soy Enrique, y tu lo sabes de sobra. ¡Venga! Vete pidiéndome perdón y darme buenas razones para no denunciarte pero... – gritaba tanto que el vecino de la puerta enfrentada a la de María abrió y le observó asombrado.
- ¡Vete! ¡Socorro, un loco! ¡Socorro!
Después de esto, el vecino golpeó a Enrique en la cabeza dejándolo inconsciente.

Cuando Enrique recobró la consciencia vio que estaba esposado. Delante de él se encontraban dos policías, su hermana, muy nerviosa y su vecino. Su hermana al verle dijo:
- ¡Miren! Se ha despertado – y se escondió detrás de uno de los funcionarios.
- ¡Bien! Ahora nos vas a acompañar a comisaría. ¿Verdad? Y vas a estar tranquilo, porque sino será peor.
- ¡Esto es increíble, señores! Ustedes también están contratados. ¡Por Dios! María, siento lo de la boda. Perdona, pero esto se pasa. – Se notó que empezaba a tener miedo.
- ¡No te conozco! No eres nada mío. No estuviste en ninguna boda. ¡Loco! – Todo esto se lo dijo detrás del guardia y casi sin aire.
- ¡Soy tu hermano!
- ¡No! ¡Tu no eres nada mío!
- Bien, señora, muchas gracias y trate de tranquilizarse. Y si se decide a denunciar a este desgraciado nos lo comunica, pero no vale la pena. No obstante si se repite esta situación se tomaran medidas más drásticas.
- ¡Muchas gracias, agente! – Le dijo el vecino.
Esposado se alejó estupefacto mientras detrás dejaba a su hermana escondida detrás de su vecino.
Ya en la calle le metieron en la parte trasera de un coche de policía mientras se repetía que esto no era cierto.
- ¿Al callejón? – Preguntó uno al otro, que debía tener más poder.
- ¡Por supuesto!
Enrique seguía callado, en su rostro ya se dejaba notar una sensación de angustia incesante. Se había despertado hacía ya un rato largo, sería mediodía.
El coche giró rodeando el parque y dio a un callejón que se doblaba a la derecha; el coche recorrió el callejón y giró a la derecha para no ser visto por los vecinos y transeúntes.
- ¡Baja pardillo! – Le dijo uno. Enrique bajó.
- ¿Quién eres?
- Soy Enrique Sánchez del Castillo
- Y yo la madre Teresa de Calcuta. Otro intento. ¿Quién eres?
- Soy Enrique... – Al oír esto el policía le dio un puntapié.
- ¿Quién eres? Contesta bien o sino...
- Ya... ya se lo he dicho – Enrique estaba inclinado hacia delante con las manos esposadas entre las piernas.
Al estar en esta posición el policía le dio un puñetazo en la nariz y el grito de Enrique dio paso a un torrente de sangre.
- Estos... estos no son mis derechos, ¡Canallas!
- ¿Derechos? Un pobre desgraciado no tiene derechos. En cuanto a lo de canallas... – Sacó una porra y empezó a darle repetidamente en el costado.
- ¡Déjalo! Es un pobre loco. ¡Vámonos!
- Bien – Sacó la llave de las esposas y se las quitó. Subió al coche y se fueron.
Enrique quedó tumbado, sangrando por la nariz y todo dolorido. Pensó que no era justo, qué como podían existir agentes así. Luego pensó cómo había llegado aquí. El era antes un jefazo poderoso y sin miedo al que todos temían; ahora, se había convertido en un hombre marginado y sin derechos, como había dicho aquel hombre ruin.
Mientras el dolor le martirizaba pensó en aquel mendigo ¿Por qué le haría eso? ¿Por lo de la boda? Pero... ¿Cómo lo había hecho?
Penso que estaba solo y que no era un sueño. También pensó, desmoralizado, en que sólo hacia un día, el era como el agente, sabía donde estaba el límite con las personas y jugaba con ello, pero no era lo mismo estar delante que detrás de la línea. Entonces comprendió los sentimientos de los demás ante su antigua posición y lloró; lloró como nunca antes había llorado. Un llanto de lamento y arrepentimiento. Sus lágrimas fluían rápidamente.
Cuando cesó su llanto, notó que alguien se acercaba por detrás de él.
- Perdona amigo. ¿Te puedo ayudar? – Una voz grave y profunda se iba acercando junto con los pasos.
- ¡No, vete! – Enrique se cubrió la cara, sin ni siquiera haberle mirado a la cara.
- No te voy a hacer daño. Soy Pedro. Se lo que te ha hecho la “patrulla callejón”, es decir, esos dos polici... bueno no tienen nada de policías. Deja que te ayude. – Y le puso una mano en el hombro.
Enrique seguía tumbado de lado con Pedro a su espalda. Al fin decidió girarse. Ante él se hallaba un hombre en cuclillas, de unos treinta años, con el pelo despeinado y negro como el carbón. La cara era sencilla, con unos ojos grandes y negros, sus ropas eran como las de Enrique, gastadas y sucias; y calzaba deportivas peladas por todos los lados. Pedro sonrió.
- Soy Pedro ¿Y tu?
- Enrique.
- ¿Puedes levantarte Enrique? – Le extendió la mano en forma de ayuda y Enrique la tomó sonriendo y se levantó.
Fueron hasta el parque donde Enrique bebió y se lavó la ropa manchada de sangre y la nariz.
- Ven conmigo. Te voy a llevar con los amigos. No temas nada. ¿Tendrás hambre?- Le entregó un trozo de pan – Cuando lleguemos tomarás un vaso de vino.
- Muchas gracias, pero no llevo nada para pagarte.
- Es gratis, ya hablaremos si hay que hablar.
A Enrique no le gustó lo de “hablaremos”.

CAPITULO III
Andaron durante veinte minutos mientras Pedro le iba contando como llegó a ser lo que era. Pero Enrique estaba tan absorto en sus pensamientos que no se enteró de mucho pero Pedro ya lo sabía, sólo quería que despertara de esa pesadilla interna que estaba sufriendo. Le contó que tuvo algunos problemillas con el juego y lo perdió todo. Entonces Enrique había vuelto un rato suficiente como para entender la historia de Pedro y preguntarle si había aprendido la lección y Pedro le contestó con un tono severo:
- ¡Escúchame! Todos tenemos problemas con algo, algunos con la bebida, muchísima gente con el tabaco, otros con la comida; pero yo tuve la mala suerte de aficionarme a un vicio que peligraba mi economía y por lo tanto mi lugar en la sociedad. ¿Si he aprendido la lección? Si, pero es demasiado dura como para decirla. Así solo me molesta en mi interior.
Al poco de esto, faltando poco para la puesta de sol, habiendo recorrido callejones y algún que otro parque llegaron a un bajo, en una calle oscura pero habitada. Pedro tocó seis veces a la persiana de metal azul que impedía el paso. Al poco se abrió hasta la rodilla.
- ¡Vamos pasa! – Se agachó y entró.
Enrique le siguió. La habitación estaba iluminada por una bombilla que colgaba del techo. Tenía dos sofás grises y rotos, por lo que se les podía ver la espuma amarilla. Había, también, dos mantas en el suelo, arrugadas. Botellas se sucedían por toda la habitación, todas vacías menos una que se erguía sobre una mesa donde habían tres vasos de plástico y junto a la mesa una nevera portátil. Después de este repaso, recordó que no estaba solo, habían más personas. Una era Pedro, sonriente, otro que era el que había abierto la persiana; era bajito, flaco y calvo, con las ropas aparentemente más limpias que las de los otros dos miembros del trío que se hallaban mirándose.
- Mario, este es Enrique – Se dirigió ahora a Enrique – Enrique, Mario.
Mario le estrechó la mano con una sonrisa falsa en la boca. Tenia todos los dientes amarillos y le faltaba el canino derecho superior.
Enrique fue despertando de su letargo y comenzó a tener miedo. ¿Por qué había venido con este? Pensó. Estaba en una habitación cerrada con otros dos hombres que no conocía de nada.
- Bueno Enrique, lo prometido es deuda – Se alejó a por una botella de la nevera – Toma y siéntate por favor.
Enrique se sentó y se fijo en la marca del vino, no la había oido nunca, pero echó un trago. No era muy bueno, pero a caballo regalado no le mires el diente.
- No es champán pero siempre sabe a algo y ayuda a olvidar – Se sentó a su lado – Dentro de poco vendrán dos amigos más – Y susurrando le dijo – No te preocupes por Marco, es así siempre.
Enrique miró a Mario que estaba ordenando las botellas. Cuando terminó dijo:
- Pedro, me voy a tirar estas. Ábreme – Llevaba un montón de botellas en las dos manos, agarradas por el cuello. Pedro abrió y Mario salió y torció a la derecha.
Al poco sonó la persiana seis veces y Pedro fue a abrir. Abrió como siempre hasta la rodilla. Pasó Mario pero habían cuatro pies más. Primero pasó un hombre algo viejo y después otro más joven. Este primero tenía el pelo canoso y muchas arrugas en su piel tostada que contrastaba con sus espesas cejas blancas, llevaba un bastón en su mano derecha, sus pantalones estaban intactos mientras que su jersey llevaba varios rotos y descosidos. El segundo hombre era un joven con barba y el pelo ligeramente largo, tenía unos ojos grandes y nariz respingona, sus ropas eran bastante buenas, una cazadora de cuero y pantalones de naylon.
- Enrique te presento a José – El anciano le dio la mano con una sonrisa que no le pareció falsa – Y este es Angel, bueno Angelito – Le tendió la mano sin más y Enrique se la estrechó de la misma forma.
José y Angel se dirigieron hacia el sofá y se sentaron, sonaron monedas. Angel echó un trago a la botella de donde antes había bebido Enrique. Se dejaba sentir un silencio incómodo que turbó a Enrique, el cual se giró hacia Pedro y le dijo:
- Oye gracias por el trago...
- ¿Te quieres ir ya?
Todos giraron la cabeza mirándole fijamente.
- Quédate Enrique, siempre es mejor dormir bajo techo ¿No crees?
Enrique volvió la cabeza y vio que José le había dirigido la palabra.
- ¡Quédate, hombre! Mañana ya decides qué quieres hacer. – Angel también.
- Bueno, de acuerdo. - Contestó Enrique.
- Ven, siéntate con nosotros – Dijo Angelito.
Se sentó con ellos y se fueron pasando la botella que Pedro había abierto para Enrique.
Estuvo escuchando a Angel y a José anécdotas de su vida y poco a poco se fue animando, gracias al alcohol y a los otros dos hombres del triunvirato del sofá. José contaba buenos chistes y Angel unas historias bastante graciosas; con tanta risa no habían notado que sonó la puerta dos veces.
- ¡Ja, ja, ja! Esa es muy buena Angel ¿Pedro la has oido? ¿Pedro? – Se percató que Pedro no estaba , ni Mario tampoco. - ¿Dónde están?
- No lo sé – Respondió José.- Escucha Enrique: Entra en un bar un borracho y grita “¡Feliz Navidad a todos!” Y le dice el camarero “Pero hombre si estamos en Junio” y le contesta el borracho “¡Vaya! ¡Mi mujer me mata por llegar tan tarde!
Estuvieron riendo una hora hasta que sonaron seis golpes en la puerta. Angel fue a abrir. Pasaron Pedro y Mario con una bolsa.
- ¡La cena! Hay pollo frito, merluza y verduras – Grito Pedro.
Enrique sonrió y esperó a que Pedro repartiese.
- Enrique es el invitado, que elija el primero.
- Esto... ¿Puedo el pollo?
- ¡Claro que si! Toma- Pedro sacó un trozo de pollo deshecho y grasiento - ¿Esta bien así? – Le enseñó el trozo de muslo que se notaba ya mordido.
- Bien... – Titubeo - ¿De dónde lo sacas?
- Tenemos un amigo en un bar. Si alguien va cenar y se deja comida, nos la guarda. Es preferible a la basura.
A Enrique se le fue la sonrisa de antes y miró el trozo de pollo que le había pasado Pedro. Buscó la parte menos mordida. Estaba frío y casi sin sabor. Se fijó en lo que comían los demás. José, que estaba a su lado, comía verduras y otro trozo de pollo. Al lado de José estaba el callado de Mario que comía pescado y verduras. Angel que estaba enfrente de él, lo mismo que Mario y Pedro comía pollo.
Cuando terminaron de cenar, abrieron otra botella y bebieron hasta quedar bastante borrachos.
- Son las doce. ¡A dormir camaradas! – Dijo José que llevaba un reloj de bolsillo.
- Enrique, dormirás en el sofá ¿De acuerdo? – Le dijo Pedro.
- ¡No es justo! ¡Hip! – Se le escapó un hipo – Yo la primera noche no dormí en el sofá.
- Porque ibas tan borracho que te caíste del sofá y ni te despertaste – Le dijo José , y todos se echaron a reír.
José se acomodó en el sofá, Pedro quitó los dos almohadones del respaldo y se los pasó a Angel, el cual iba colocándolos en el suelo.
Pedro quitó un almohadón del respaldo del sofá donde Enrique estaba echado. Mario iba poniendo mantas a los pies de los cojines creando una especie de cama donde el suelo era el colchón y el cojín la almohada. En total habían tres camas. Cuando todo estuvo dispuesto, Pedro se dirigió a un interruptor que había cerca de la puerta y dijo:
- ¡Buenas noches, señores! Que soñéis con ...
Y al unísono dijeron Angel, José y Mario:
- ¡Dinero, mujeres y vino!
Y rieron todos. Pedro apagó la luz y se acostó.
Enrique estuvo pensando en el día que había vivido. Recordó el golpe en la nariz, la repasó con la mano, le había cicatrizado bien. Estuvo pensando un poco pero el sueño con el vino tomado le hizo caer en el sueño profundo, mientras se preguntaba si mañana estaría en aquel sofá.

CAPITULO IV
Un sueño se introdujo en su mente: Estaba en una iglesia vacía, sin nadie. Sin saber cómo salió de la iglesia y se sentó en un banco a esperar algo que no sabía qué era. A lo lejos vio una luz resplandeciente, se levantó y corrió hacia ella, pero se desvaneció al instante; entonces notó algo a su espalda, se giró rápidamente, y vio a un hombre. Tenía los ojos brillantes, tanto era así que sólo podía mirarle a la cara.
- ¡Hola Enrique! No es lo mismo ¿Verdad?
- No, no es lo mismo.
- ¿Sabes ahora cómo se sienten los demás?
- Si, he sido un tonto. Perdóname - Se acercó a él con los brazos abiertos pero no pudo abrazarle, ahora él estaba sentado y Enrique de pie.
- Veo que has hecho amigos.
- Si, son buenos conmigo.
- ¿Crees que si hubieses seguido tu camino habrías comprobado que son así?
- No, pero no los conozco aun.
De repente se oyeron de fondo, unas voces conocidas.
- Pedro ¿Por qué lo has traído? – Era Mario que hablaba en susurros.
- Si lo hubieses oido llorar en el callejón después de la paliza de esos dos granujas. Era un llanto desesperado y... no sé, era especial. Me vi reflejado en él. Sentí aquella sensación que se tiene cuando te das cuenta que no eres nadie, ni que serás nadie. En esos momentos yo desee que alguien me ayudara. Por eso lo hice.
- Es un tío muy simpático – Dijo Angel
- Sí. Cuando se reía con mis chistes noté que hacia mucho tiempo que no se reía con nadie – Dijo José.
- ¿Qué le pasó?- Preguntó Mario ya con un tono más suave.
- No lo sé. Aun no es bueno preguntárselo.
Enrique miró a los ojos de aquel hombre-
- Te aprecian ¿Qué opinas tú de ellos?
- Son unos chicos estupendos, que me han tratado bien y gracias a ellos he comprendido que necesitaba aprender. Me han enseñado lo que es la amistad, cosa que yo perdí hace tiempo, Me han enseñado, sobre todo Pedro, que todos somos algo muy valioso que hay que respetar. Es cierto que hay personas odiosas como aquellos policías, pero me juego la vida en que seguro que hay buenos y justos policías. Sólo poniéndome en la piel de otras personas comprendes sus sentimientos y forma de ver las cosas.
- No es lo mismo estar en un lado de la línea que en el otro – Le dijeron esos ojos – Yo estuve como tú en los dos extremos, fui alabado y humillado de la peor forma.
- ¿Por qué me enseñas esto?
- Porque como tú me has dicho me puse en tu piel y vi que era bochornoso y que un hombre como tú tenía otra misión más importante.
Los ojos desaparecieron fugazmente con un resplandor.





EPILOGO
Esa mañana un hombre de esmoquin invitó a cuatro hombres sin dinero al mayor banquete que se podía esperar. A ese banquete acudió también una familia feliz, una familia que con un perdón sincero, se había vuelto a unir como un imán. La comida se celebró en el restaurante más caro de la ciudad. Hubo risas, brindis, chistes de uno de los mendigos y entre uno de esos chistes, un secretario se dirigió con unos papeles a su patrón.
- Señor, las fundaciones contra la pobreza y el racismo que me pidió.
- ¡Muy bien Carrasco! Es usted un secretario formidable, por ello...- Al secretario le cambió la cara y se le tensó pensando que tendría que trabajar más – ... le doy una semana libre para que su novia disfrute de usted.
- ¡Muchas gracias, señor, muchas gracias!
Al ver tantas sonrisas y felicidad a su alrededor, de sus ojos surgió un resplandor de alegría que estuvo presente toda su vida, hasta que se le cerraron por última vez.