Esta semana sólo pinto funambulistas

 
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Esta semana sólo pinto funambulistas
 
 
Esta semana sólo pinto funambulistas

Cuesta tanto trabajo recordar sin lágrimas determinadas cosas… Pero es tan difícil olvidarlas… Me gustaría volver a vivir con vosotros todo lo que sucedió. Cada detalle, cada gesto, cada palabra. Pero ello implica recordar cada gota de sangre acompañada por una lágrima. Dicen que vaciar la memoria, volcar recuerdos, es un buen ejercicio para aliviar las tristezas. Hagamos uso de tan simple remedio terapéutico, aunque complicado al mismo tiempo, pero con mesura. Esta es mi historia.
No tengo muchos amigos, pero más vale poquito pero bueno ¿verdad ? No es fácil hacer amigos cuando lo que llevas dentro es sólo tuyo. No quiero decir que sea tímida, es más radical, nunca hablo de mí. Por eso me sobresalté cuando me descubrí abriendo el corazón a quién no conocía.
Carlos y yo nos conocimos en un encuentro de jugadores de rol. No sabía mucho del Ciberpunk, pero el se encargó de ponerme al día y , aunque prefiero los singulares paisajes y tramas de El señor de los Anillos, he de admitir que nuevas tecnologías, interfaces e implantes captaron mi atención de inmediato.
Él estaba agobiado, aunque su stand era uno de los más completos, así que intenté tranquilizarle, y comenzó a contarme. Descubrí que era un solitario al que le encantaba pintar, pero también que estaba haciendo la mili, y su futuro era el ejército. Esto me extrañó mucho, sólo tenía dieciocho años y un futuro sujeto a la disciplina y las armas. Así se lo dije. “ ¿Qué me queda por hacer ? Tendré trabajo y sueldo “. Nunca hubiera esperado una respuesta tan materialista, pero el tiempo me enseñó que era su única opción.
Aquella tarde abrimos nuestros corazones el uno al otro. La palabra sinceridad corrió por nuestras venas. La amistad inundó nuestra vida ahogando soledades y tristezas. A partir de entonces nos vimos en cada permiso, y los lazos se hicieron más fuertes. Él me mimaba, y yo le hacía ver que quedaba un sol tras aquel cuartel. El ejército lo hundía, pero se negaba a reconocerlo, y yo me sabía su ventana al resto del mundo, a aquello que aún lo mantenía cuerdo. En sus cartas, donde recibía sus dibujos, sentía el frío de las guardias, el insípido rancho, era como si yo hiciera la mili paso a paso con él.
Y por fin se examinó. La carta de respuesta la leímos juntos: Destino… ¡qué lejano sonaba ! Y reconoció que se hundiría en su soledad.
No le dio tiempo… El destino quiso que se encontrara en una tierra aún más lejana que la patria. En una de esas guerras que nadie comprende. Su casco azul se tiñó de escarlata en una noche en la que no hubo ni faroles ni grillos. Él sabía que estaba en la cuerda floja. Me lo decía en su última carta: Esta semana sólo pinto funambulistas.

Irene Adler