El último lobo.

 
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El último lobo.
 
 
El último lobo
La foto estaba en blanco y negro, mate, aunque le habían florecido unos
rosetones pardos haciendo como rosarios sobre el papel, que le daban ese
aire de recuerdo viejo acentuado por los bordes ajados, las caras de mirada
fija al objetivo y el olor a lata de dulce de membrillo.
Era un grupo de cuatro hombres con cananas a la cintura, escopetas
terciadas sobre el pecho, boinas caladas, jerseis de lana basta y cremallera
larga, calzados con polainas de gente avezada a subir escarpaduras o luchar
contra las mataperras del monte bajo. El gesto era desafiante, y a sus pies
se veía una masa informe de animales muertos, grisáceos, inarticulados, como
de trapo.
Al dorso de la foto se leía: La última batida. Noviembre. Covaleda, 1955,
escrito con la letra inconfundible de mi padre, rica en jeribeques y adornos
laterales en las mayúsculas.
Al ver esta foto lejana, se me arraciman los recuerdos y me traen detalles
vivos que creía olvidados sobre acontecimientos de mi infancia. Fue la
última batida y, a la postre, la definitiva; después, no hubo más, no hizo
falta. Con ella se liquidaron años de una lucha sorda, cruel, contra un
animal al que llamaban enemigo, causa de matanzas legendarias, y que tenía
su guarida por los montes de Covaleda: el lobo.
Decir "el lobo" era desatar un atavismo de rencores, de venganzas juradas
y ocultas contra la alimaña más feroz y sanguinaria que se conocía,
borrosamente identificada con todos los males que el monte ocultaba en
siglos de pastoreo. Era una lucha a muerte, desproporcionada y sin sentido,
pero real, deseada, pacientemente amasada en la conciencia de cada pastor
que, seguramente, en su familia contaba con una leyenda de cabras degolladas
en una orgía de sangre y miedo tiempo atrás. Y de todo era culpable el lobo,
decían.
En la foto se podían contar hasta cuatro. Cuatro lobos yacentes a los pies
de los cazadores que sonreían hieráticos, con ese aire de triunfo macabro
que da poner la bota sobre la cabeza exangüe del enemigo muerto. También
eran cuatro los cazadores.
Mi padre ocupaba el centro. Parecía tener una autoridad tácita sobre el
grupo porque era el único que tenía alta la frente y sonreía como satisfecho
de sí mismo bajo un bigote recto y elegante. Por eso guardaba la foto y puso
detrás con cuidada caligrafía; La última batida...
Recuerdo cuando vinieron a mi casa. Eran tres hombres de barba cerrada,
boina y pana:
- Rufino, han visto las huellas de cinco lobos por el alto del Hornillo
que bajaban del Urbión, y la otra noche le hicieron una sarracina al
Fulgencio...
Mi padre tenía un cierto ascendiente entre los cazadores del pueblo por
ser una buena escopeta, tener amigos entre los pastores, y haber sufrido en
sus cabras las consecuencias del lobo justo el día en que se casaba su
hermana: esto le daba patente de corso en cuantas batidas se hicieran,
recurriendo a su autoridad moral si había que preparar una, como era el
caso.
- Cinco lobos, Rufino... Hay que ir a por ellos.
Vinieron a decírselo. En torno a la mesa se amontonaban años de monte y
morral a la espalda, inviernos largos y duros, como los de por aquí. Corrió
la petaca y el porrón. Se dibujó un mapa en la mente de cada uno con la
precisión de un relojero: al final, cada hombre sabía perfectamente cuál
era su puesto en el monte, y estaba decidido a salir a darles caza,
matarlos, erradicarlos de la faz de esta tierra. El lobo era el enemigo y no
se le podía dar tregua.
- También dicen que le han devorado una potra al Dostrés.
Las rondas de vino y cuarterón se iban turnando entre los cuatro hombres
justicieros y poco a poco la idea tomaba cuerpo de que ésta sería la última
batida; digamos, la definitiva.
- Y decís que han visto cinco...
A mi padre se le antojaban que eran muchos. Cinco lobos formaban un frente
espectacular, una fuerza de la naturaleza sólo comparable a cinco hombres
bien armados avanzando de frente, inmisericordes.
- ... cinco lobos grandes, enormes, por las huellas que se han visto,
Rufino -insistieron.
Se hizo una pausa densa; luego tomó una determinación:
- Será el domingo que viene. Corred la voz. El primer domingo de noviembre.
Tenemos que ir antes de que se aventisque el monte, porque si cayera la
nieve no podríamos con ellos; se meterían en las loberas y no habría forma
de sacarlos. Avisad a los que quieran venir, se necesitan ojeadores. Mi
padre les dirá lo que tienen que hacer.
- ¿Cuántas postas ponemos en los cartuchos? -preguntaron ellos.
- Tres.
Mi abuelo, su padre, era un viejo pastor que conocía el monte mejor que la
cocina de su casa. Era un hombre respetado pero de carácter enérgico y un
tanto altanero. Era un hombre serio y como ojeador, único. El se encargaría
de dar las instrucciones necesarias para que cada cual supiera exactamente
dónde ir y qué hacer para facilitar el trabajo a las escopetas que,
estratégicamente, había distribuido mi padre en los pasos, portillos, atajos
y trochas por donde debían pasar los lobos.
Llegó el domingo. El pueblo entero quedó expectante. Los hombres se habían
ido muy de mañana con los morrales repletos de chorizos, torreznos y botas
de vino. Cada cual tiraría de su hogaza o se haría una lumbre común para
asar carne. Luego se intercambiarían las botas y "prueba éste vino, que está
muy bueno", si azuzaba la gana; antes, los ojeadores irían removiendo el
monte con voces y palos encaminando a los lobos hacia su perdición: los
portillos de paso a los arroyos.
Yo recuerdo que andaba por la plaza del pueblo, como todos los chavales, a
la espera de tener noticias sobre los hombres que se habían ido al monte
antes del amanecer. Tenía una vaga conciencia de lo que se avecinaba porque
había visto a mi padre ir preparando las noches anteriores, con la
parsimonia de un miniaturista, los cartuchos que habrían de ser empleados en
la batida. Para ello, bajó del pajar la caja de madera donde guardaba los
artilugios que hacía servir en los días previos al ir de caza; era como una
maleta con un asa de metal y cerradura de pestillo que estaba dividida en
compartimentos estancos para clasificar el material: aquí los perdigones
para la pluma; allí los perdigones para el pelo; luego, las balas para los
jabalíes y corzos y, por último, las postas loberas. En un saquito aparte
guardaba la pólvora que era de color negro y olor acre; se trataba con
delicadeza y medía con meticulosidad según le pidiera el tipo de caza,
utilizando un cacito de latón
que le daba la medida exacta en cada caso. Una vez me dijo:
- ¿Quieres ver lo que pasa con la pólvora?
Puso en el suelo un montoncito de un polvo negruzco y brillante,
aparentemente inocuo, y me dijo que así era la pólvora. Yo seguía atento a
sus explicaciones hasta que aplicó el mechero y salió de allí un fogonazo
que llenó la cocina de humo. Me quedé fascinado, perplejo, asustado.
- Ni se te ocurra tocarla.
Desde entonces empecé a mirar aquella caja de madera como si fuera la
llave de las puertas del Infierno. En otra caja de zapatos guardaba los
tacos que servían para prensar la pólvora contra el detonador haciendo un
todo uniforme y compacto; después atrapaba por arriba los perdigones con
otro taco más fino, como de cartón, quedando el cartucho presto para ser
rematado con la maquinilla de redondear los bordes que lo cerraba
herméticamente. Era un ritual que le llevaba horas de ir preparando
pacientemente uno a uno cada cartucho, y colocarlos en fila india sobre la
mesa de mármol a medida que los iba acabando, como si fueran soldaditos de
plomo: rojos, verdes, amarillos..., que se me antojaban como juguetes de
muerte.
Justo después de comer bajaron los primeros ojeadores, los más jóvenes,
que venían casi corriendo y dieron la voz de alarma: "Han matado a cuatro".
- ¿Hombres? -preguntó mi vecina, la Angelita, fuera de sí.
- No, mujer, lobos.
- Ah, ¡Jesús, qué susto!
Yo corrí a decírselo a mi madre:
- El Lolo ha venido diciendo que han matado a cuatro.
Mi madre movió la cabeza en señal de incredulidad. Luego le aclaré:
- Mamá, pues si han matado a cuatro, entonces es que se ha escapado uno...
Mi lógica era matemática y exacta, puesto que uno había oído hablar a los
hombres de cinco lobos y echadas las cuentas me daba que uno se había
escapado. Sentí una alegría agria y extemporánea, un algo que me hacía
ponerme del lado del lobo fugitivo solidarizándome con su buena fortuna por
salvar el pellejo, pero ensombrecida por una profunda pena al saberle solo,
perdido en esa infinita soledad que le sobreviene al monte cuando se acerca
el invierno, sobre todo cuando empieza a caer blandamente la nieve por entre
los cándalos de los pinos. "¡Pobre lobo!", me decía para mí mismo.
Esta imagen del lobo solitario me acompañó toda la tarde y se me hizo más
real cuando bajaron los hombres del monte portando sobre varas su sangriento
botín: cuatro lobos muertos que dejaron tirados a las puertas del
Ayuntamiento.
- ¿Son los cuatro lobos? -le pregunté a mi padre.
- No, estas dos son lobas..., y no te acerques, que te muerden -me dijo
haciendo una broma mientras arrimaba con el pie la boca semiabierta de uno
de ellos por la que se perfilaban unos colmillos entrelazados y cortantes
como navajas.
El macabro conjunto era un montón de carne muerta, de pelo gris y ojos
opacos con manchas de sangre seca. Se me hizo un nudo en la garganta; ya
había visto lobos muertos otras veces, pero estos compañeros del fugitivo se
me antojaban más cercanos a mis sentimientos, y es que la idea del lobo
huido no me la podía quitar de la cabeza...
Pero el tiempo, que todo lo aplaca, hizo que en unos días se me fuera
difuminando la figura del lobo solitario que me imaginaba aullando a la
luna, recortado contra el horizonte del pinar, en esas largas noches de
invierno.
Yo tenía la suerte de que mi abuelo fuera pastor de los de cachava y
morral; también tuve la suerte de que contara con noventa y tantas cabras
que eran para mí como un algo cálido y vivo que hizo que se me fuera
desatando la curiosidad por ese mundo del pastoreo tan crudo unas veces y
tan sacrificado otras.
Además de pastor, mi abuelo era un sabio: conocía el monte y sus
misterios, las cosas de la vida, el devenir del tiempo, las huellas de los
animales y los olores que llevaba el viento. Me gustaba ir con él porque era
como una fiesta y cada día me enseñaba cosas nuevas; me contaba historias de
lobos, de maquis, curiosidades de los animales, y me explicaba refranes que
solía emplear al hablar...
Las tardes de verano eran las mejores para ir al monte: largas y cálidas.
Después de la siesta me solía decir:
- Chiquito, ¿te vienes a las cabras conmigo? Venga, que te monto en la
yegua.
Mi abuelo, además de tener cabras, tenía media docena de yeguas y caballos
que dejaba sueltos por el monte todo el año formando una manada que solía
andar por las faldas del Urbión, y sólo bajaban al pueblo con las primeras
nevadas o en la época de las parideras, según, buscando el calor de la
cuadra.
Cuando me prometía ir montado en la yegua cana, rápidamente aceptaba
acompañarle, porque para mí era como ir sentado sobre un trono. Desde su
lomo blando el camino se me hacía corto y todo parecía puesto a mis pies:
los pinochos, los brezos, algún corzo que nos salía al paso espantado, el
arroyo..., y entonces me imaginaba que el monte estaba hecho para mí, como
si fuera mi Paraíso Terrenal, igual que aquel de la Historia Sagrada en el
que la belleza no tenía límites y había toda clase de animales.
A la yegua cana le daba de comer en mi mano. Me ponía gruesos trozos de
pan duro y ella iba y los cogía con toda delicadeza no queriéndome lastimar
con esos dientazos amarillos que me enseñaba cuando reía.
Con la llegada del buen tiempo, el monte se convertía en un hervidero de
vida silvestre; entonces, mi abuelo, mi hermano Pepe y yo acudíamos al
corral del Guijo con la yegua cana que nos servía de trono al ir, y cargada
al volver con las cantarillas repletas de leche tibia recién ordeñada.
El corral del Guijo quedaba en un lugar privilegiado. Estaba como a una
hora del pueblo en dirección al Puente de Soria; luego subíamos una ladera
suave que quedaba a la izquierda hasta llegar a una cuerda formada por unas
rocas cortadas a pico, que se desplomaban verticales haciendo unas cuevas
que, oportunamente cercadas, se convertían en un refugio natural muy
abrigado en invierno: éste era nuestro corral. Cuando llovía, por ejemplo,
allí nos refugiábamos todos: animales y personas, hasta que pasaba la
tormenta o el aguacero. A mi lado, siempre se venía el perro.
- Quieto, Lunes, que me mojas.
El Lunes no era propiamente un perro pastor, pero con el tiempo llegó a
serlo, y muy bueno. Un buen día pasó por allí el Críspulo, un medio familiar
de mi abuelo, y le dijo:
- Pedro, ¿quieres un perro?
Mi abuelo al ver aquello, le contestó:
- ¿Y para qué quiero yo esa ruina de chucho?
- ¿Este? -le dijo el otro mientras levantaba el dedo sentencioso-: Este
perro, aquí donde lo ves, sabe latín. Ya quisieran muchos tener la
inteligencia que tiene este perro. Bueno, ¿lo quieres, o no?
Mi abuelo sonreía socarrón:
- ¡Hombre, si sabe latín...! Venga, tráelo.
Y se quedó con él. Los primeros días andaba un poco acobardado, medroso,
se asustaba de todo y era el hazmerreír de los otros pastores cuando lo
veían acurrucado bajo las mantas. Pero poco a poco mi abuelo le fue
enseñando cómo tratar a las cabras y, como era cierto que sabía latín,
pronto aprendió el oficio de perro pastor, pasando de hacer risa a causar
admiración, pues a la menor insinuación levantaba las orejas, enfilaba el
morro y, acto seguido, volaba como un rayo a hacer el encargo que se le
mandaba por difícil que pareciera: subir, bajar, cantar o bailar... El
Lunes era un perro genial.
- Chiquito, ¿cómo le ponemos?
- Pues como el santo de hoy, que es lunes...
Y con Lunes se quedó, que no era un santo, por cierto, sino el día de la
semana. Nos teníamos cariño; el perro se venía a mi lado para que le hiciera
fiestas y yo le arrascaba detrás de las orejas; cuando paraba, me daba un
toquecito con el morro para que siguiera... Un día se me ocurrió decirle a
mi abuelo:
- Con lo pequeño que es, como vea a un lobo, nos quedamos sin perro
Y mi abuelo se reía pensando que, efectivamente, el perro era poca cosa
como para enfrentarse a un lobo, pero por allí pocos lobos podría haber
después de la matanza que se hizo de ellos el invierno pasado:
-Aquí ya no hay lobos, majo.
Y nos quedamos en silencio. Luego le recordé:
-Abuelo, pero uno se escapó...
Poco a poco, casi sin darnos cuenta, fue pasando el verano. Se llegaba el
tardío y pronto habría que volver a la escuela, teniéndome que despedir de
las cabras hasta el año siguiente. Una tarde de las últimas, cuando ya
empezaba a refrescar, le dijo el Saturnino a mi abuelo:
- Cadenas, -así llamaban a mi abuelo a raíz de la llegada de unos
comediantes al pueblo que recitaron el famoso romance de Pedro el Cadenas,
(digo famoso por aquellas fechas) que llamó la atención a los mozos de su
cuadrilla y le aplicaron rápidamente el nombre quedándole como apodo que
luego pasó a la familia...; pues vino el Saturnino y le dijo: -Cadenas,
ándate con ojo porque por aquí hay lobos: me dice el Zurdo que ha faltado
una cabra y que vienen de Cuevamujeres; él, por si acaso, ya ha puesto unos
cepos.
Pero mi abuelo no le hizo mucho caso pensando que exageraba:
- Aquí ya no hay lobos, Saturnino. En todo el invierno pasado no se ha
visto ni rastro de ellos. Y dile al Zurdo que haga el favor de quitar esos
cepos, que son peligrosos.
Yo, que estaba en la conversación, recuerdo que le dije:
- Abuelo, pero se escapó uno...
Mi abuelo me miró con una sonrisa y me arrascó la cabeza acariciándome el
cogote.
- Sí, ya lo sé, majo; pero no te preocupes, ése no anda por aquí. Ya se
habrá muerto.
Efectivamente, el invierno pasado vino muy crudo. Cayeron unas fuertes
nevadas y en los montes de Covaleda todo quedó oculto, helado. Los pastores
se parapetaron tras los tapabocas y tabardos para hacer frente a las
celliscas y los hielos, no encontrando huellas de lobos que hubieran
merodeado por las majadas. Era evidente la tranquilidad que reinaba entre
los pastores: al lobo fugitivo se le daba por muerto. Y aunque estuviera
vivo, un lobo solo y viejo era tan inofensivo como un cordero, pensaban. Y
no se habló más de él.
Pero ahora Saturnino venía con otra copla: alguien le había visto por
allá arriba y, si era cierto, podría llegarse hasta el Guijo buscando el
refugio del valle, en la espesura.
Yo pensé: "¡Ojalá venga por aquí! Si es tan inofensivo como dicen, yo
mismo lo cuidaría como al Lunes y le enseñaría a ser un lobo pastor...", y
me quedó como una sospecha latente de que el día menos pensado me lo iba a
encontrar.
Hay un arroyo que baja lamiendo los pies del corral de mi abuelo de aguas
claras y heladas. En él mi hermano Pepe y yo jugábamos a hacer pozas que
servían de abrevaderos sencillos para las cabras e, incluso, los días
calurosos de agosto aprovechábamos para bañarnos en sus aguas transparentes.
Jugar en el arroyo y triscar por sus alrededores nos llevaba buena parte de
las tardes de pastoreo.
Pero aquella tarde, no se me olvidará la escena, al pasar por el camino
que corre paralelo al agua notamos que algún bicho se movía tras unos
espesos matorrales. Pensamos que sería alguna cabra que estaba enredada y no
podía salir. Nos acercamos con cautela y, después de hurgar con un palo,
vimos con asombro que allí tumbado había un animal grande, de pelo
grisáceo..., enseguida me vino a la mente la figura del viejo lobo, el
fugitivo. Al levantar una rama, volvió torpemente la cabeza hacia nosotros
con el resuello ahogado: un cepo enorme le tenía atenazada la garganta. El
lobo había roto la cadena y lo llevaba colgando como un collar de muerte
clavado hasta la médula, haciendo presa en la vida que se le iba escapando
lentamente. Su cuello no era ya más que una masa de carne sanguinolenta y
terrosa...
Agonizaba: me miró fijamente y en sus ojos moribundos, casi opacos, vi
dibujada la tristeza del lobo solitario, el último que quedaba por las
tierras de Urbión; al verle tan derrotado, tan malherido, no me dio miedo,
sino una pena infinita que se me escapó en un sollozo: "¡Pobre lobo!",
exclamé, y me alejé corriendo.
(c) Pedro Sanz Lallana 1999