El enamorado de los llanos coralinos.

 
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El enamorado de los llanos coralinos.
 
 
El enamorado de los llanos coralinos

Tenía doscientos años y en los últimos tiempos había empezado a
pesarle la edad. Padecía algún que otro achaque, ¿saben ustedes?
En las islas Salomón le llamaban Shushu, probablemente por el ruido
que hacía al zambullirse, pues lo conocían muy bien de vista. Era
imposible confundir aquel muñón que en sus buenos tiempos había sido la
fina aleta de la cola.
Bueno, si Dios que creó las inmensas aguas estaba a punto de llamarle
a su seno, nada había de humillante en que un cachalote se sometiera al
{único Ser más poderoso que él. Además, ¿qué tenía que temer? En su
corazón siempre había sido temeroso de Dios a pesar de sus manifiestas
inmoralidades.
Y era siempre al llegar a este punto cuando se llenaba la boca de una
buena cantidad de plancton y la escupía otra vez. ¡Esas hembras!
Conocía sus trucos, pues había frecuentado bastante a esas bellezas
allá abajo, en el pálido azul a donde acudían losamantes; incluso les
había dejado uno o dos cachorros a cada una para que se acordaran de él.
Pero nunca había sido la verdadera pasión, nunca. No existía ni una
sola de ellas por la que se hubiera cargado un banco de orcas o
arriesgado entre las rojas algas de los Sargazos.
{ésa era la única sombra que aparecía al mirar atrás hacia los largos
años, y no arreglaba mucho las cosas pensar que en alguna parte, quizá
entre las grutas del coral, quizá en las aguas heladas, en este
momento, ella también podría estar nadando y soplando y soñando acerca
de su macho ideal. Pero si los achaques representaban alguna cosa, era
ya demasiado tarde para poner algún arreglo al caso, de modo que se
limitaba a salir a la superficie y tostarse un poco al sol.
Aunque el mar era como cristal, no dejaba de ser una suerte que él
tuviera aquella honrosa vegetación de algas y aquellas lapas en torno a
sus brillantes y diminutos ojos, de lo contrario podría haber sido
seriamente molestado por la irresponsabilidad de los peces voladores
que persistían en posarse en su cabeza. Recordaba los días en que esos
peces mostraban mejor juicio en sus piruetas y más respeto para los
demás; incluso cuando alguna albacora intentaba clavarles una
dentellada en la cola.
Sí, verdaderamente había visto bastantes cosas... en realidad todo
cuanto había que ver en los grandes mares, sin excluir aquéllos
lejanísimos donde las tierras se alzaban flotantes, altas, blancas y
silenciosas, cruzando las aguas ocultas bajo un sol de medianoche que
pendía opacamente rojo en el cielo.
Aquel viaje había constituido un error, pues fue allí donde perdió la
mitad de su cola en el ataque de una banda de orcas asesinas, y había
sufrido serios inconvenientes por parte de un narval, pero después de
todo, la juventud tiene que aprender y, enel mar, la experiencia se
paga a un alto precio.
-Bueno, lo había visto todo, de manera que si Dios se preparaba a
llamarlo, no tenía importancia. {él era un tipo "ahí me las den todas",
y para demostrarlo iba a pegar un saltito y de paso sacudirse algunos
de esos pertinaces parásitos de mar.
De manera que Shushu pegó un saltito directamente fuera de las
cálidas aguas del Pacífico y directamente a sus profundidades otra vez
ocasionando con ello un estruendo que hizo dispararse a los albatros al
aire en cinco millas a la redonda del lugar deinmersión.
Y fue mientras estaba sumergiéndose, sombra monstruosa en el diáfano
azul, que vio... que la vio.
Ella estaba ascendiendo a la superficie para soplar, sobre eso no
cabía duda, y jamás una ballena hembra había surgido más graciosamente
de las profundidades marinas. ¡Y su color! Un gris perla. {él se
aproximó ahora para verla más de cerca. ¡Qué espalda, lisa como una
roca! Su cola... apenas se atrevía a mirarla. Era todo demasiado
hermoso para ser cierto. Pero no pudo vencer el impulso de contemplarla
y así lo hizo. Ni siquiera un tiburón azul podía superar la gracia, la
ondulante gracia, de aquellacosa aleteante en forma de gorgonia.
Ella, la coqueta, se movió ahora con más lentitud, y en el momento en
que sus ojos se encontraron Shushu comprendió que su búsqueda había
terminado, que por fin el Don Juan del Océano se había convertido en el
amante de los llanos coralinos. Había encontrado su sueño.
Se la llevó con él abajo, no muy hondo, a su lugar favorito donde,
sobre las arenas plateadas, se cernía una luz violeta y los picos de
coral formaban grutas y llanos, todo reluciente con las nupciales joyas
del mar. Y allí se unieron, allí enlazaron sus corazones con una fuerza
que sólo la muerte podría vencer, con el amor que se forja a cien
brazas de profundidad.
Los achaques de Shushu habían huido al limbo de las cosas olvidadas.
Una vez más, el espíritu de su juventud, que había imaginado
desaparecido para siempre, corría tan alegremente en sus aletas que, a
la menor provocación, él saltaba como un arenque enla gozosa luz del
sol, o surgiendo de las profundidades como una oculta montaña
proyectaba su chorro de agua entre una pareja de vacas marinas,
pacíficamente dormidas.
Luego vinieron los días, los maravillosos días pasados vagabundeando
en busca de calamares durante millas y millas por las interminables
llanuras de la profundidad media; donde los únicos movimientos eran el
paso de sus propias sombras reflejadas en laarena azul y,
ocasionalmente, un delgado remolino, semejante a una voluta de humo que
se levantaba del lecho del océano, en el lugar donde un pólipo huía en
vano ante el impulso de sus enormes mandíbulas.
Pero Shushu tenía marcada preferencia por los llanos coralinos donde
podía yacer a su gusto, rascándose la barriga deliciosamente en las
ramas astadas, mientras su joven esposa quemaba su exceso de energía
manteniéndose cabeza abajo, de forma que los escaros pudieran liberarla
cortésmente de todo parásito importuno, o bien deslizándose entre las
columnas y pináculos donde las algas, moviéndose como plumas rosadas,
parecían balancearse en armonía con su propia y graciosa cola.
Pasaron los meses.
Juntos surcaron las aguas libres en pos de los bancos de bonitos y de
caballas que se dirigían al norte en una de esas emigraciones que son
místicos latidos de la naturaleza; luego, más allá de las islas
Kapangamarangi, los bancos se dispersaron con elmonzón y en pocas horas
el océano quedó tan vacío como el desierto.
Las zonas coralinas, esas abundantes despensas de peces, habían sido
dejadas muy atrás, al sur, en un potente nadar de muchos días. Abajo,
mil brazas al fondo, los picachos de lava emergían erizados de la
negra, infinita profundidad. Un lugar de terror, la sede del demonio,
donde ninguna criatura viviente, excepto quizás la ballena si tenía un
corazón fuerte y valeroso, podía abrigar la esperanza de entrar y
regresar.
Antes de emprender la larga travesía tenían que contar con alimentos,
pero, ¿cómo obtenerlos? Ella estaba grávida, lo que había motivado el
que ambos siguieran a los espesos bancos de fácil presa; mas ahora, en
los desolados eriales donde los peces eran escasos y veloces, había que
ser muy ágil o morir de hambre. Allá abajo, en las cavernas de los
picachos sumergidos, era aún posible encontrar comida, pero, como
comprendía instintivamente, en la condición en que ella se encontraba
no podría resistir ni la profundidad ni la terrible lucha que sin duda
les esperaba.
Al seguir la emigración, Shushu había cometido su segundo error en
doscientos años, y ese era uno más en el acuerdo de hidalgos que existe
entre Dios y las ballenas.
De modo que él la miró con sus brillantes ojillos y frotó un poco el
hocico contra ella para hacerla comprender; luego, limpiándose los
pulmones con un último soplido, se hundió en la profundidad para
procurarle la comida que les permitiría emprender el viaje de regreso a
las grutas de coral.
Abajo y abajo. Verticalmente abajo.
La luz había huido del agua: el verde del azul, el azul del morado,
el morado del gris oscuro.
Abajo.
Abajo todo era negrura y, abajo su espesa capa de músculos y esperma,
la sangre de Shushu circulaba fríamente, con un helor más mortal
todavía que el que había experimentado en las aguas árticas.
Y aún siguió bajando.
Penachos y burbujas de luz, vívidas como llamitas verdes, veteaban la
oscuridad por todos lados, pero no les prestó atención, alerta a una
presa más importante que requería todo su vigor, toda su fuerza para
dominarla, si es que había de alcanzar la superficie otra vez.
Encontróse ante él con una oscuridad más cerrada, sus aletas tocaron
roca y Shushu se deslizó entre las gargantas de los picos de lava. Aquí
vivía el terror, la cosa que él buscaba.
Nada se movía. Los desvaídos pináculos, los salidizos bordes de los
precipicios, hundiéndose en el fondo del mundo, apareciendo en torno a
él en toda su tremenda quietud. Su sangre pareció cesar de latir como
convertida en hielo y la presión de las aguas secretas pesó sobre él
con el silencio de la muerte.
Y entonces, del interior de una caverna se proyectó un largo brazo
blanco.
Este brazo le rodeó el cuerpo y, en seguida, otro y otro y otro, cada
uno de ellos del grosor de un barril. Se retorcían en torno a sus
aletas, agarrábanse a su dorso, laceraban su cabeza con gigantescas
ventosas que se hundían en su carne como las garras de un tigre.
Perforando la oscuridad, dos ojos luminosos, fríos como la luz lunar,
flotaban furtivamente hacia él, mientras yarda a yarda surgía de lo
profundo de la caverna un cuerpo monstruoso, largo y enorme como el
suyo, pero de una palidez reluciente y viscosa que se destacaba contra
la negrura del abismo.
Poniendo en juego toda su fuerza, el cachalote giró sobre sí mismo en
la zarpa de los gigantescos tentáculos, proyectándose hacia atrás con
las aletas, y los dos titanes de las profundidades flotaron sobre el
precipicio submarino unidos en un tremendo abrazo.
El cuerpo de la sepia gigante cubrió la cabeza de Shushu. El córneo
pico desgarraba y hendía la carne hasta que las aguas en torno fueron
oscurecidas más aún por una nube de sangre, a la vez que las garras de
los enormes discos adheridos a su cuerpo hurgaban ávidamente en sus
venas.
De una sola dentellada partió uno de los tentáculos y entonces,
arremetiendo hacia delante, mordió repetidamente la masa gelatinosa que
lo envolvía. Demasiado tarde, la negra niebla expedida por la sepia
veló aquellos horribles ojos, en tanto que el monstruo intentaba
regresar a su guarida. Pero Shushu no soltaba su presa, girando y
retorciéndose como cogido en un remolino hasta que, poco a poco, la
espuma de los últimos estertores de la muerte fundióse en el abismo.
Había hundido los dientes en el cerebro del monstruo.
No había tiempo que perder. Un primitivo instinto le decía que el
aire de sus pulmones se hallaba tan peligrosamente próximo a agotarse,
que tenía que comenzar el ascenso de inmediato, si es que sus ojos
habían de contemplar otra vez el mundo de la superficie. Arrancando un
pedazo, quizás de unas tres toneladas, del cuerpo gigantesco de la
sepia, Shushu se disparó hacia arriba llevándolo entre sus poderosas
mandíbulas.
El negro se transformaba en gris, el gris en morado, el morado en
azul índigo y ahora, por fin, aparecía el brillante verde esmeralda de
los últimos cien pies. El desesperado batir de sus aletas sacudía y
agitaba su cuerpo, sus pulmones estaban a puntode estallar; pero nunca,
ni por un momento, soltaron sus dientes la carga que tiraba de él hacia
abajo: la comida que él ganara para ella.
Y entonces, a pesar de su propia angustia, olió aquello. Sangre.
¡Había sangre en las aguas de la superficie!
Entre un estrépito de aguas divididas, rompió la piel del mar y flotó
allí, inerte, mientras el aire que le quedaba en los pulmones salía del
orificio en silbante chorro de vapor.
Lentamente se dio vuelta, lentamente sus ojos escudriñaron el mar y
luego, en un instante, el amante de los llanos coralinos se convirtió
en la más terrible de todas las criaturas de Dios: un cachalote
enloquecido.
Olvidadas las toneladas de sepia que ahora se hundían
irremediablemente; olvidado su agotamiento, inadvertida la forma que
reptaba sobre las aguas a sus espaldas, sólo vio que ella le
necesitaba, y aun cuando se lanzó al ataque, comprendió que había
llegado tarde.
Ella estaba muriéndose. En un mar batido hasta la espuma se retorcía
aquel hermoso cuerpo gris perla acribillado de heridas abiertas, a la
vez que por encima de las agitadas aguas saltaba una delgada forma
negra, la cual, arqueándose en el aire, daba al caer un tremendo
latigazo de su cola, curvada como una guadaña, sobre el dorso de la
moribunda. La vio hundirse. De la profundidad surgió un centelleante
rayo de luz bruñida que clavó su espada en el vientre de ella. Todavía
se dio vuelta y las aletas se abatieron, indefensas, en tanto el
tiburón saltó de nuevo al aire para golpearla con su temible cola,
obligándola a hundirse otra vez y quedar a merced del pez espada que la
acechaba abajo.
El tiburón, toda gracia y maldad contra el cielo azul del pacífico,
saltó una vez más al aire, y en la superficie del mar un par de
abiertas mandíbulas salieron a su encuentro. Se oyó un ruido como el de
una verja de hierro al cerrarse y las dos mitades del tiburón, echando
chorros de sangre, separaron violentamente veinte yardas de agua.
Shushu giró en torno precipitándose de cabeza al lugar donde el pez
espada, el más veloz de los nadadores, iniciaba la vuelta para huir.
Levantando un remolino de espuma embistió el cachalote, pero el otro
fue más rápido, aunque no lo bastante; pues si bien Shushu no consiguió
apresar ese cuerpo escurridizo, sus dientes le atravesaron la cola.
Proyectado por su propio impulso, el pez espada lanzóse hacia las
profundidades, mientras que, igual que los lobos tras de un ciervo
sangrante, una, dos, tres formas se precipitaron a seguir el rastro.
Los alacrines se darían un banquete en el punto donde el morado se une
al azul.
Entonces Shushu regresó a donde ella yacía en paz, la acarició un
poco con el hocico y se quedó flotando a su lado según ella se hundía
más y más en el agua, hasta que unas olitas cubrieron el gracioso dorso
con su encaje de plata. Shushu permanecía muy quieto, pues los
cachalotes cuyos corazones han sobrevivido los doscientos años, sufren
mucho de achaques.
Por detrás, furtivo como una sombra, avanzaba el ballenero.
-La hembra se ha hundido -gruñó el piloto, señalando a proa- y el
macho, a juzgar por lo quieto que se ha quedado, debe estar malherido.
Disparadle el arpón antes de que él también se hunda.
El viejo arponero limpióse el sudor de los ojos.
-Está mal -murmuró-. Después de lo que hemos presenciado es una
porquería quitarle la vida.
-¡Qué va a estar mal, estúpido! Míralo y calcula su peso en aceite,
grasas e incluso marfil. ¿Es que los dólares están mal alguna vez?
Preparaos a disparar.
-A la orden -gruñó el viejo, inclinándose sobre el punto de mira-.
Pero, maldita sea, voy a hacerlo limpiamente. Por su noble corazón.
Y apretó el gatillo.
-¡Blanco, blanco! -gritó el piloto-. ¡Botes al agua! ¿Qué pasa?
Imposible. La cuerda... ¡rota! ¡Así arda en el infierno la mano que la
trenzó!
-No -dijo el arponero-, pues fue la mano de Dios quien la rompió.
Pero yo lo maté limpiamente. ¡Se hunde! ¡Mire, se hunde! Bueno, ya no
lo veremos más. Adiós, viejo guerrero. Yace en paz con tu compañera en
el fondo del mar.
Tales of love and bate (1960).

orcas: cetáceo de hasta diez metros de largo, de color azul por el
lomo y blanco por el vientre; persigue a las focas y a las ballenas.
Sargazos: zona del océano que recibe ese nombre debido a las algas
marinas (sargazos) que la cubren.
lapas: molusco comestible, que vive asido fuertemente a las piedras
de las costas.
albacora: pez parecido al atún y al bonito.
narval: cetáceo de unos seis metros de largo.
albatros: ave palmípeda del Pacífico, de color blanco, muy voraz y
buena voladora.
vaca marina: mamífero sirenio.
escaros: peces de color rojo.
grávida: preñada.
esperma: sustancia procedente de la materia oleosa contenida en la
cabeza del cachalote, que se emplea en medicina y para hacer velas.
salidizos: sobresalientes.
yarda: medida inglesa de longitud, equivalente a 914mm.
índigo: añil.

Adrian Conan Doyle (1910-1970)
Escritor inglés, hijo de Sir Arthur Conan Doyle, el creador del
célebre Sherlock Holmes. Aficionado a los viajes, conocedor de los
animales salvajes, colaboró en diferentes periódicos y revistas. Sus
principales obras son: The True Conan Doyle, 1945 (El verdadero Conan
Doyle); The Exploits of Sherlock Holmes, 1954 (Las aventuras de
Sherlock Holmes); Tales of love and hate, 1960 (Cuentos de amor y odio)
y Lone Dhow, 1963 (El velero solitario).