Marisa y el mar.

 
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Marisa y el mar.
 
 
Marisa y el mar
Jose Luis Saorin

Marisa leía cuentos al mar. Todas las tardes al salir del
trabajo, Marisa se dirigía al rompeolas, y desde allí apoyada en una piedra,
le
leía al mar sus cuentos. Cuentos de sueños y viajes, cuentos de amores y
tragedias, cuentos que el mar acompañaba con el sonido de las olas, con el
ritmo
de las mareas, con la espuma y las gotas de agua. Todo empezó el día que
Marisa,
se encontraba en el rompeolas leyendo un libro. Pensó que sería bonito
hacerlo
en voz alta, porque de esa manera los cuentos se aprecian de otra manera,
parece
que se viven y no sólo se leen. Cual sería su sorpresa al descubrir que a
los
pocos minutos, el mar se apaciguaba, y las olas se acercaban a escucharla.
Podía
ser una sensación suya, pero pensó que el mar estaba aburrido, que nadie le
hablaba, que quería oír historias. Al fin y al cabo el mar oía retazos de
historias, de la gente que paseaba por las playas, o por el propio
rompeolas,
pero nadie se dirigía a él para hablarle, para contarle historias completas
y
lo más importante para contarle historias de mundos imaginarios, de mundos
donde
quizás el mar se enamora de una sirena, o donde el lenguaje del mar permite
comunicarse con otros planetas, o quizás aquél tan bonito, donde un mar y su
amada laguna, se juran amor eterno bajo la luna. Ahora, mucho tiempo después
de
ese día, el mar reconoce a Marisa y la saluda cuando aparece por el
rompeolas,
y una ola sonriente la acompaña en su recorrido hasta la última piedra del
rompeolas, donde se sienta para estar rodeada por un mar atento a sus
palabras.
En ese momento el mar pierde la atención en otras cosas, y se centra en el
cuento que escucha de la boca de Marisa. Conforme las palabras van creando
emociones, el mar responde y se encrespa cuando esta nervioso porque el
protagonista tiene miedo, se calma si el personaje duerme, se retira cuando
el
cuento acaba, o se transforma en un mar embravecido, cuando alguien quiere
hacer
daño a un niño o un personaje querido. Por eso, en el pueblo le piden a
Marisa,
que en la época de pesca, cuente cuentos tranquilos, para que los hombres
que
salen a pescar sepan que el mar esta contento, sepan que el mar sueña con
cuentos bonitos, de final feliz y que por ello les arrullará en sus barcos,
y
les permitirá tender las redes, para capturar la comida, que en esos
momentos
también escucha el cuento, a través del mar. Una vez Marisa, se puso enferma
y
estuvo casi un mes sin ir a contarle cuentos al mar. El mar se sintió
olvidado,
y poco a poco fue poniéndose nervioso, hasta que un día decidió ir a
buscarla,
y juntando todas sus fuerzas saltó por encima del rompeolas, y avanzó por la
ciudad golpeando en las puertas de las casas y preguntando por Marisa.
Finalmente la encontró, y la vio durmiendo, febril y el mar comprendió de
inmediato y decidió retirarse después de pedir disculpas por su enfado y
llamar
a su amiga la lluvia, para que arrullase a Marisa golpeando en las ventanas
con
un ritmo suave, para que se cure y para que sueñe con nuevos cuentos. Fue la
peor tormenta que se recuerda en el pueblo, casi sería mejor decir que fue
un
maremoto, pero todos comprendieron que el mar, como un niño abandonado sólo
estaba buscando a Marisa, y por ello nadie se enfadó, a pesar de algunos
destrozos
que dejo en el pueblo, al pisar, cual si fuera un gigante en las calles de
un
pueblo construido a escala humana, y no a escala del mar. Pero el pueblo
aprendió, y le dijo a Marisa, que cuando se ausentara, por favor le dijera
al
mar donde iba, para que éste, tranquilo, la esperara paciente o la buscara
en
otras costas donde podía seguir escuchándola. Porque todo el mar hablaba
entre
sí, y a través de las olas, los cuentos pasaban de mar a mar, de océano a
océano
y Marisa de esta manera solo necesitaba sentarse en la orilla de cualquier
mar,
para hablar con su mar. No todos los mares y océanos respondían igual a sus
cuentos. Marisa descubrió que su mar, estaba tranquilo con las historias de
amor, y que amaba y se arrullaba bajo las historias de sueños. Sin embargo
algunos mares hacían lo contrario o permanecían indiferentes y solo querían
oír
historias de terror y miedo. Por eso Marisa, no siempre sabía el efecto del
cuento en otros mares y a veces grandes tormentas se desataban, en algún mar
del
mundo, debido a cuentos de niños, con los que su mar dormía plácidamente.
Poco
a poco, Marisa fue envejeciendo, y le costaba mas trabajo acercarse al
rompeolas, por eso a veces un pájaro de mar, un albatros, una gaviota, se
acercaba hasta ella y la escuchaba y luego iba presuroso hasta el mar, donde
lo
relataba de memoria sin saltarse una palabra, y aunque el mar echaba de
menos
la voz de Marisa, al menos podía oír sus cuentos y contestarle con grandes
olas,
para que ella pudiera verlas desde la lejanía, que el cuento le gustó, y que
la
esperaba paciente para cuando pudiera venir. Cuando Marisa supo que se
estaba
muriendo, pidió que la acercaran al rompeolas y que la dejaran sola, allí
cerca
de la piedra desde donde durante tantos años, le contó cuentos al mar.
Sentada
en una silla de ruedas, casi sin fuerzas para hablar, el mar permanecía en
silencio, ni una sola ola, se atrevía a moverse para poder escuchar a la
anciana, que le dijo que iba a morir muy pronto, que nunca más podría
hablarle.
El mar estaba atónito, no podía creerlo. El no podría vivir sin esa voz. Un
murmullo de excitación recorrió el mar, desde uno a otro confín. La noticia
se
extendió como una gran mancha y por primera vez todos los mares y océanos
del
mundo reaccionaron de la misma manera. Por un instante que pudo durar
minutos,
pero también horas todos los mares y océanos, todas las criaturas vivientes
del
mar, así como la lluvia y el viento en solidaridad con su amigo el mar,
permanecieron mudos, permanecieron petrificados como si hubiesen perdido el
aliento vital. Pero al cabo de un tiempo los mares se despertaron y
dialogaron
entre sí, y el murmullo subió de tono al ritmo de las discusiones sobre como
afrontar este tremendo problema. Todos los mares estaban interesados y por
eso
las discusiones duraron muchos minutos, hasta que finalmente llegaron a una
conclusión. Con ella le harían una propuesta a Marisa. Marisa esperaba en su
silla de ruedas. Ella entendía vagamente el lenguaje del mar, pero sabía que
hoy
lo entendería mejor que nunca. Durante toda su vida había formado al mar con
cuentos, con leyendas, con relatos y era el momento de que el mar hiciese
memoria y recordase, y por eso, ella esperaba que le permitiera crear su
última
leyenda. Finalmente el mar se dirigió a ella, y con respeto reverencial, le
hizo
la propuesta que habían estado debatiendo. Se la hizo con miedo, porque
sabía
que era difícil de aceptar, pero consciente de que era la mejor solución
para
todos. Ella lo escuchó, miró al mar, a la espuma que forman las olas, a los
pájaros que lo acompañan y los peces que lo pueblan y con una sonrisa velada
en
la boca le dijo que sí. Aceptaba la propuesta y estaba preparada. Ese día,
forma
parte de la leyenda que circula en el pueblo. El cielo se nubló súbitamente,
la
lluvia surgió de las entrañas del cielo, y el mar se encrespó como nunca lo
había hecho antes. Los acompañantes de Marisa no supieron reaccionar a
tiempo.
Fue todo muy rápido. De pronto una ola, surgió por el final de rompeolas, y
cogió a Marisa y se la llevó con él. Cuentan los presentes que Marisa, lejos
de
aparentar miedo, la esperaba con los brazos extendidos como si quisiera irse
con
ella. La leyenda dice, que ahora Marisa cuenta los cuentos desde el propio
mar,
y sus habitantes se reúnen cerca de ella para oírla y poder contarlo, y
algún
pescador cree haber visto cientos de peces de especies diferentes, en
círculo
alrededor de algo, como si estuvieran atentos a algún espectáculo. También
se
puede a veces, en las noches de calma, acercarse a las orillas de los mares
y
dejarse mecer por un murmullo, que muchos sospechan, son los cuentos de
Marisa,
leídos en el lenguaje del mar, que no entendemos pero reconocemos. Y por eso
a
todos nos gusta oír el mar, tanto cuando nos cuenta historias plácidas de
amor,
como cuando son violentas historias de tormentas y olas. Porque todos
reconocemos las palabras de Marisa en esos lejanos ruidos y nos sentimos tan
atrapados en él como el mar lo estaba de Marisa, antes de que se unieran
eternamente para garantizar que el mar y los hombres tendrían siempre sus
relatos.