Calle Palestina.

 
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Calle Palestina.
 
 
CALLE PALESTINA
Patricia Bonet

Al final, después de mucho tiempo, he decidido contar mi historia y van a ser ustedes los primeros en conocerla. Aunque no parezca creíble, todo lo que les voy a contar, me ocurrió de verdad; ya sé que parecerá una especie de cuento o una película aleccionadora, pero no es así, sino que se trata de mi vida, mi propia vida.
Mi nombre es Gustav y todavía recuerdo lo que me costó despedirme de mi casa, de mi barrio y de mis amigos, pero en ocasiones, no tienes más remedio que hacer cosas que te disgustan y también sé que tanto a mamá como a papá les costó mucho abandonar nuestro hogar, pero claro, sin recursos económicos ¡cómo íbamos a vivir! Aunque también recuerdo cómo todos nuestros vecinos unieron un poco de sus ahorros para intentar echarnos una mano, pero ese dinero, como es natural, no duró para siempre. Lo que sí durará eternamente será su recuerdo, su imagen en mi pensamiento y, sobretodo, ese último día que pasamos todos juntos en la fiesta de despedida que nos organizaron. Creo que hasta a mi pequeña hermanita Yasmine le dolió dejar a toda esa maravillosa gente a la que le encantaba cogerla en brazos y hacerle mimos todo el tiempo.
Recuerdo que fue un viaje largo, muy, muy largo. Primero tuvimos que viajar cientos de kilómetros en un incomodísimo autocar acompañados de un montón de personas desconocidas. Más tarde, nos embarcaron en una diminuta barca en la que íbamos todos muy apretados, y en la que entraba agua por todas partes, pero este era nuestro único pasaporte hacia una nueva vida, de la que desconocíamos plenamente si iba a ser maravillosa o desgraciada. Papá y los demás hombres remaban apresuradamente mientras que las mamás y los niños nos resignábamos a observar las extensas aguas del mar, las cuales estaban repletas de esperanza, de ilusiones y de proyectos que en un futuro saldrían a flote o, simplemente, naufragarían.
Estuvimos exactamente tres días y nueve horas en nuestra “barca de los sueños”, con tan sólo pequeños mendrugos de pan repartidos entre su surtida tripulación. En medio de la nada, estábamos nosotros, esperando a morir, esperando a vivir, desesperación que se vio recompensada cuando pudimos ver la costa en el horizonte.
Una vez con los pies sobre la tierra, cada cual debía comenzar su nuevo camino. Nosotros cogimos todos nuestros bártulos y nos dirigimos a la “Calle Palestina”, lugar en el que habíamos encontrado una pequeña casa a un precio muy barato, pues como ya he dicho, nuestros recursos económicos eran escasos. Enseguida encontramos lo que iba a ser nuestro nuevo hogar. Era una especie de medio choza medio cabaña, y estaba situada entre una pequeña tienda de ultramarinos y una floristería. ¡Todavía recuerdo ese olor a rosas al despertarme! Este establecimiento era el encargado de alegrar un poco a esta singular calle, en la que vivían todo tipo de personas, a la mayoría de las cuales no se les veía tampoco muy adinerados. Conforme caminábamos para llegar a nuestra nueva casa, todo el mundo clavaba sus ojos en nosotros. Nos miraban como si fuésemos extraterrestres, de otro planeta y, la verdad, yo no encontraba ninguna diferencia entre ellos y nosotros: ¡todos éramos personas normales y corrientes! Pero entonces, ¿por qué nos miraban así? Papá me dijo que se debía a que ellos eran blancos de piel y nosotros la teníamos de color negro. Fue entonces cuando me percaté de ello pero... ¿y qué? ¿qué importa que seamos de distinto color? Sin embargo, a la gente de la “Calle Palestina” sí parecía importarle, pues primero nos recorrían todo el cuerpo con sus ojos y después nos miraban con desprecio. En aquel tiempo, yo era muy pequeño para entender ciertas cosas, pero estaba en edad de hacerme preguntas y, verdaderamente, me las hacía, a mí mismo y a cuantos pudiera preguntar obteniendo siempre la misma respuesta: “Lo entenderás cuando seas mayor”. Pero es que yo ¡ya me estaba haciendo mayor!
Al llegar a nuestra casa, comprobamos que todo estaba sucio, con polvo y lleno de telas de araña. Mamá estuvo el día entero limpiando y dejando en buenas condiciones lo que iba a ser nuestro nuevo hogar. Pronto fuimos conociendo a los que iban a ser nuestros vecinos: los floristas Pepe y Margarita; el tendero Paco, las vecinas de enfrente Luisa, Carmen y Lola con sus respectivos maridos e hijos; el señor Soler que vivía solo y, por último, un tal Juan y su familia, a quien me dio la impresión de que no le caímos nada, nada bien. Y la verdad es que fue así.
Al principio nada fue fácil para nosotros. Papá se pasaba el día yendo de un sitio para otro buscando trabajo, pero debido a que venía de otro lugar distinto al que vivía y que era de “otro color”, no le admitían en ningún empleo.
Mamá decidió apuntarme a la escuela pública del barrio y yo, aunque no quería, no tuve más remedio que ir. El primer día que fui, fue el más horrible de mi vida. Los otros niños me tiraban toda clase de objetos, me insultaban y me decían cosas como: “sucio negrata”, y yo no sabía por qué, ya que era yo muy limpio y no era un “negrata”, sino de color negro y aún así ¡qué más da! La única persona que me ayudó y que puso un poco de luz en ese día tan gris, fue mi profesora, la señorita Julia. Desde el primer instante que llegué, se portó amablemente conmigo y me dio una cálida bienvenida, aunque mis compañeros seguían con la misma actitud. Y así era día tras día. La señorita Julia reprendía a los que se metían conmigo y más tarde me consolaba, y me decía que no culpara a los niños porque los verdaderos culpables eran sus padres por inculcarles esa odiosa educación. Y estaba seguro de que era así, porque nuestros vecinos seguían mirándonos con el mismo desprecio e intentaban evitarnos por todos los medios. Sólo los floristas Pepe y Margarita nos saludaban y nos regalaban flores, de vez en cuando, para adornar la casa y para mi hermanita Yasmine, a la que le encantaba jugar con ellas. Mientras tanto, papá seguía sin encontrar trabajo y mamá se pasaba el día limpiando en una casa que estaba en la otra punta de la ciudad, en la que le pagaban una miseria y de la que venía exhausta todos los días de tanto trabajar.
Un día, la señorita Julia entró en el aula y dijo:
--Hoy no vamos a dar clase, niños.
El griterío fue general e incluso ¡yo me alegré! Entonces, Pedro preguntó:
--¿Y qué vamos a hacer hoy, señorita?
La señorita Julia se levantó de su silla de profesora y comenzó a caminar en silencio por la clase seguida por todas nuestras miradas expectantes. Al llegar al pupitre de Marcos, que ese día estaba enfermo y no había ido a la escuela, cogió la silla vacía y se dirigió al centro de la pizarra, donde la depositó en el suelo y dijo:
--Todos creéis que os conocéis muy bien entre vosotros, pero no es así. Estoy segura de que todos ignoramos cosas que los otros saben o tienen, y lo que vamos a hacer hoy es conocerlas. Así que podríamos decir que hoy es el “día del conocimiento”. A quien se siente en esta silla, podréis preguntarle todo lo que queráis, y él os contestará lo más sinceramente posible. ¡Muy bien, vamos a empezar! ¿Alguien quiere ser el primero?
Andrés, que era el más extrovertido de toda la clase, levantó el brazo y se dirigió a la silla, en la que se sentó de cara a todos nosotros. Entonces, la señorita Julia prosiguió a preguntar:
--Muy bien, Andrés. Cuéntanos tus gustos, tus aficiones, todo lo que te gusta hacer cuando no estás en la escuela.
Andrés empezó a enumerar una infinita serie de cosas y después, fueron los otros niños los que empezaron a preguntarle sobre su vida, sus padres, su casa, su familia, etc, a medida de que yo me daba cuenta de que tenía gustos muy parecidos a los míos y de que podríamos ser unos estupendos amigos, pero como éramos de distinto color...
Posteriormente fueron sentándose otros niños y, al final, me atreví y levanté mi brazo. De pronto, todos mis compañeros se callaron y yo, decidido, me senté en la famosa silla. La señorita Julia inició el interrogatorio:
--Estupendo. Hola, Gustav. Nos gustaría saber como fue tu viaje desde Kinshasa hasta aquí, la “Calle Palestina”.
En ese momento, todos los nervios que tenía en el estómago, desaparecieron y empecé a contarles cómo papá se quedó sin trabajo y todo el duro trayecto que tuvimos que hacer para llegar a nuestro actual hogar.
A medida que contaba mi historia, observaba cómo las caras agresivas y desafiantes de mis compañeros se iban transformando en rostros comprensivos y amigables. ¡Hasta la pequeña Ana se puso a llorar! Y le dije que no había sido para tanto, pues al menos tenía la suerte de poder contarlo, de tener un techo y algo de comer. Al terminar mi relato, comenzaron las preguntas de los otros niños, las cuales fueron de todo tipo: mis gustos, mis preferencias y asuntos relacionados con mi piel. Por ejemplo, Mario me preguntó:
--¿Por qué eres negro?
Yo le conté cosas relacionadas con mis antepasados, y después le devolví la pregunta:
--¿Por qué eres tú blanco, Mario?
Y Mario hizo exactamente lo mismo que yo y fue entonces cuando me sentí como uno de ellos. Al acabar el interrogatorio, Andrés me preguntó si quería sentarme a su lado y yo acepté encantado.
--Señorita Julia, ¿por qué mi padre dice que Gustav y su familia son unos “sucios negratas”, que debemos echarles del barrio y cosas así?—preguntó Pedro, quien era el hijo de Juan, el hombre al que desde un principio no le caímos nada, nada bien.
--Mirad niños, --comenzó diciendo la señorita Julia—cuando visteis a Gustav por primera vez, os llamó la atención el color de su piel y le rechazasteis sin más, sin apenas conocerle. No pensasteis que Gustav también se pudo extrañar de que todos fuésemos de color blanco, y aunque fuese así, él intentó integrarse. Una vez que habéis sabido cosas de él, os habéis encontrado con que es un niño totalmente normal, con vuestros mismos gustos y problemas. Vuestros padres, como otra mucha gente, rechazan a ciertas personas negándose a conocerlas, y ahí está vuestra misión. Siempre somos los adultos los que os estamos enseñando, pero ahora sois vosotros los que debéis mostrarles a vuestros padres un mundo en el que podamos convivir todos juntos con igualdad y tolerancia.
Desde aquel instante, todos mis compañeros se convirtieron en amigos y cuando nos encontrábamos por la calle, me saludaban alegremente. Sin embargo, sus padres se negaban a ser “enseñados” por sus hijos.
Pero un día, todo eso cambió. Recuerdo que hacía un calor asfixiante debido al reluciente sol que lucía su hermosura y su traje de deslumbrantes rayos en lo alto del cielo. El padre de Andrés, Paco el tendero, fumaba mucho y, en un descuido, se dejó una colilla encendida y, al tirarla en la papelera, hizo que todo el contenido de ésta empezara a arder, extendiéndose las llamas por toda la casa y, posteriormente, por toda la finca, que estaba justo enfrente de nuestro hogar. De pronto, todos los vecinos salimos corriendo de nuestras viviendas y cogimos todos los cacharros que encontrábamos, empezamos a llenarlos de agua e hicimos una cadena para ir pasándonoslos e ir apagando el fuego. Fue entonces cuando todos los rencores y desprecios se olvidaron, dejando atrás el odio y dando paso a un sentimiento de igualdad y unidad. Vieron que nosotros estábamos con ellos, dispuestos a ayudarles en todo lo que nos fuera posible, y ellos nos aceptaron al igual que nosotros les aceptábamos a ellos. Como todo quedó destrozado, los afectados durmieron esa noche en nuestra pequeña casa y nos supo muy mal no poder ofrecerles una buena cena pero es que, por desgracia, ¡no teníamos más!
A la mañana siguiente, todo el barrio se levantó temprano y comenzó a restaurar la finca dañada y, en una semana, la tuvimos como nueva. Paco, que era el padre de Andrés y el dueño de los ultramarinos, le ofreció a papá un trabajo en el almacén, el cual había sido rechazado por Juan hacía un mes porque decía que no quería “cargar con tanto peso”. Papá lo aceptó encantado, pero cuando Juan se enteró de esto, fue directo a mi padre y le dijo:
--¡¡Eres un asqueroso negro!! ¡Ese era mi trabajo!
--Tú lo rechazaste hace un mes—contestó tranquilamente mi padre—yo no te he quitado nada.
--¡Eres un desgraciado! ¿Me oyes? ¡Voy a hacer todo lo que esté a mi alcance para que te echen de ahí, escoria! ¡Sólo eres eso! ¡Basura!
Mi padre dio media vuelta de forma pasiva y se marchó a casa. Delante de mamá siempre quería parecer fuerte, pero por la noche, en ocasiones, lo escuchaba llorar en el baño, puesto que su corazón no era de piedra y también tenía sentimientos.
A pesar de que los demás vecinos nos saludaban amablemente y hablaban con nosotros con total naturalidad, Juan se negaba a aceptarnos y conocernos.
Un día, la señorita Julia, nos dejó salir antes de clase. La noche anterior había estado lloviendo intensamente y todo el parque de la escuela estaba repleto de barro. Pedro y yo empezamos a salpicarnos el uno al otro, y después empezamos a revolcarnos por todos los charcos poniéndonos totalmente perdidos de asqueroso barro. Estuvimos un buen rato riendo y gritando. ¡Me lo pasé super bien! Pero entonces, como todos los días, llegó Juan a recoger a su hijo. Fue a preguntarle a la señorita Julia dónde se encontraba éste y ella le contestó:
--Está allí en el barro, jugando con un amigo. ¡Se lo han pasado de maravilla revolcándose en el barro y con tanta cantidad que llevan encima dudo que pueda reconocer a su hijo!—dijo la maestra sonriente.
Juan se acercó a nosotros.
--Señorita Julia, discúlpeme, pero conozco perfectamente a mi hijo Pedro.—dijo con aire de superioridad—Ven aquí, hijo mío, voy a limpiarte la cara.
Sacó un pañuelo de su bolsillo y empezó a restregarme la cara. Frotaba y frotaba pero el color oscuro no desaparecía de mi piel. Nunca olvidaré la expresión de su rostro, lleno de escepticismo y perplejidad. No pronunció ni palabra. Tan sólo se limitó a dirigirse hacia “su Pedro”, le cogió de la mano y se marchó lentamente, camino hacia su casa, seguido por la mirada y sonrisa de satisfacción de la señorita Julia.
--¿Lo ves, Gustav? Creemos conocerlo todo y a todos, pero como acabas de comprobar, no es así; no debería ser así.—dijo mi maestra esbozando una pequeña triste sonrisa, dio media vuelta y regresó al interior de la escuela.
Juan no hizo nada respecto al trabajo de papá y, desde aquel día, no se dignaba a mirarnos a los ojos. Seguía negándose a conocernos pero sí dejaba que su hijo Pedro continuara jugando conmigo y se convirtiera en uno de mis mejores amigos.
En estos momentos, me encuentro felizmente casado con la pequeña Ana, y tengo dos preciosas niñas llamadas Kumba y María, a las que quiero con toda mi alma. Soy maestro en un colegio situado en el centro de la ciudad, y tengo unos alumnos maravillosos, que están ansiosos por aprender los grandes misterios de la vida. Tanto a ellos como a mis niñas, pretendo transmitirles todo lo que yo he aprendido a lo largo de la mía, advirtiéndoles que se encontrarán con personas magníficas como la señorita Julia, pero que también hallarán obstáculos y personas como Juan, a las que por desgracia, y a pesar de todos nuestros esfuerzos, no podremos hacer cambiar.
La semana próxima, tenemos una excursión proyectada a un lugar en el que los niños conocerán cómo viven las personas más desafortunadas, pero sólo económicamente, ya que éstas conviven con un espíritu de igualdad, unidad y tolerancia mucho más acentuado que en las zonas más agraciadas.
¡Ah! Y de paso, les contaré alguna de las anécdotas que viví junto a mi familia en este lugar, el que continúa llamándose: “CALLE PALESTINA”.