El secuestro.

 
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El secuestro.
 
 
El secuestro
Extraído de la página web de los cuentos de Pocatontas, Colombia.


-¡Secuestraron a Juancho!
-¿Cómo fué? ¿Dónde?
-Cinco hombres armados lo sacaron del carro mientras esperaba un cambio de
semáforo en la 84.
-¿Era guerrilla o delincuencia común?
-No se sabe aún. No se han comunicado con la familia.
-¿Qué hacía Juancho por allá?... hombre... buscando la mala hora.
-Iba a visitar a su madre. Tenía días de no verla porque andaba muy
ocupado en la finca.
-Mira que secuestrarlo en la ciudad, pudiéndolo coger en cualquier trocha
de la finca.
-Así es, pero la mala hora llega a cualquier lugar.
-¿Cuánto irán a pedir por él?
-¿Quien sabe...?
EL SECUESTRADO
Juancho yace sobre un camastro. Por obra de algún somnífero, no tiene nada
en claro en su mente. Percibe un olor a albahaca y un frío intenso. No sabe
que hora es, no sabe si amanece u oscurece... le es ajeno el tiempo porque
ya no lo controla. Se incorpora y con sorpresa descubre las cadenas que le
atan los pies al camastro. De golpe recuerda todo y con furia tira de las
cadenas hasta sentir que los grilletes muerden con ansias sus tobillos.
Ya no le es ajena la situación. Recuerda los relatos de amigos y parientes
que han pasado antes por éste trance. Lo dice en voz alta y lo repite con
asombro:
-Estoy secuestrado, Dios mío, estoy secuestrado.
Piensa en sus hijos, su esposa, en su madre... Ya no importan el orden,
los sacrificios, las largas esperas... está secuestrado y eso es motivo de
desesperanza. En medio del desconcierto surgen muchas preguntas que tal vez
jamás podrá responder:
-Porqué yo si pago puntualmente las vacunas... colaboro con la
guerrilla... porqué a mí si no soy relevante... ¡malditos!... me siento
traicionado... les seguí el juego y sin embargo me jodieron...
Caleidoscópicamente, arma y desarma las causas y consecuencias de su
secuestro... Como una noria, suben las razones, bajan las sinrazones y
vuelta a empezar...
Inmerso en su angustia no se percata de la presencia de un encapuchado
junto a la puerta.
Viste ropas toscas, se cubre con una ruana. Sobre su pierna derecha se
destaca la vaina y su machete y sobre su pecho se cruza una canana. El fusil
cuelga de su hombro.
-¿Quiere el patrón tomar agua?
Juancho reacciona con violencia. No sabe que le da más ira, si el tono
servil del encapuchado o su condición de secuestrado.
-No me llame patrón, delincuente. Patrón se le dice al que se respeta, no
al que se le humilla.
El encapuchado se sienta en un banco de la estancia; sus botas de goma
negra, salpicadas de barro, lo delatan como un trabajador del campo y sus
manos callosas, cansadas de atar las semillas a la tierra, descansan con
incomodidad sobre la culata del fusil, que no parece nuevo, y sin embargo
reluce su cañón, amenazante.
Con la paciencia infinita de quien ha visto crecer los árboles y madurar
los frutos, el encapuchado sentencia:
-Usted siempre será el patrón porque es el dueño de la tierra. Aunque le
quiten su libertad, patrón es y será. No se encabrite conmigo. Yo sólo le
cuido y no le odio como sí le odia el resto. Soy su carcelero pero puedo ser
su amigo. ¿Vamos a las malas, como las bestias? ¿O vamos a las buenas, como
la gente?
Tiende al preso una jarra con agua panela y adoptando otra vez el tono
servil, le ofrece:
-Tómese el agüita, patrón. Lleva seis horas durmiendo y la dormidera que
le dieron le gasta el cerebro. La panela lo despertará del todo.
Juancho acepta el agua’e panela y la traga con deleite. No para de tomar
hasta dejar vacía la jarra y se queda contemplando el fondo, el asiento de
la panela en el fondo. No obstante el fusil, debe reconocer la actitud
conciliadora del encapuchado... como si le pidiera perdón.
Juancho le tiende la jarra vacía al hombre de la ruana y con un seco
"gracias" reprime el impulso de disculparse a su vez.
-¿Puedo orinar? -Se siente humillado, violento, pero quiere evitar más
roces con su carcelero.
-Ahí tiene el patrón la mica... No pringue tanto para que no ensucie su
cuarto.
Penosamente Juancho se pone en pie. Nota que el peso de las cadenas es
soportable al arrastrarlas y que la mica se haya justamente colocada hasta
donde le alcanza la cadena.
El encapuchado se levanta y retrocede hasta la puerta. Desde su nueva
ubicación Juancho descubre el paisaje... No hay duda, está en la Nevada...
el pico de Colón se destaca imponente contra el cielo azul. Su reloj
pulsera, su cadena y su argolla de matrimonio están sobre la mesa. Los
recoge. Guarda su billetera en el bolsillo trasero del pantalón y se pone la
cadena y la argolla. Antes no había notado su falta.
Otro detalle más que le desconcierta: si fueran guerrilleros lo habrían
secuestrado en la finca, no en la ciudad. Luego es delincuencia común. Si
fuera delincuencia común, no le habrían dejado sus prendas. Suspira. No es
ese el único misterio que rodea al secuestrado.
El encapuchado ha vuelto a salir.
Juancho se deja caer en el camastro con desaliento. Extraña el agua del
grifo para lavar sus manos después de haber tocado sus genitales. Le apetece
un cigarrillo y recuerda que debieron quedarse en la guantera del carro.
-¡Mierda! -Se dice en voz alta. No será el agua del grifo lo único que
echará de menos.
No sabe cuando tiempo permanecerá así, perdido en sus pensamientos.
Desde el camastro contempla en silencio las paredes de la estancia. De
bahareque y matarratón en vez de guadua. Con hendijas y fisuras que dejan
pasar el frío. El barro lo reconoce como propio de la Nevada y la tierra
negra, como abonada, le permiten suponer que está entre sembrados de café y
cacao.
El grano de café aún estará tierno y verde. Falta mucho para la recogida.
Pero el lugar se llenará de recolectores y a él lo tendrán que trasladar o
liberar antes. Sonríe con amarga ironía: ahora su vida depende de la buena
voluntad de sus captores y no de la cosecha.
El camastro, un banco de cuero de vaca, y una mesa rústica conforman el
mobiliario. Sobre la mesa, dos platos de peltre, una jarra de aluminio, la
misma del agua'e panela y unas cucharillas plásticas desechables.
Incongruente pero no extraño. Un cubierto es un arma sólo por ser de acero.
Cuerdas y guayas, un anafre de latón renegrido, la mica ya oxidada,
complementan el lugar.
La puerta es de madera nueva, rojiza aún. Asegurada por fuera, con dos
candados, recuerda Juancho. Le da la impresión que ha sido instalada
recientemente, como si el lugar hubiese sido acondicionado para recibirlo a
él.
Oye ladrar unos perros... siete razas, se dice. Y sonríe ante el grato
recuerdo que ese calificativo le despierta. Es un término de su hijo de
trece años... El calificativo para un perro sin raza ni pedigreé, como
tantos de las fincas y pueblos de su Sierra Nevada.
Suspira con resignación. En su condición, los recuerdos agravan la
desesperanza. Se vuelve a acostar en el camastro. No ha reparado en el
colchón y sus mantas de lana. Iguales a las que tantas veces ha comprado en
el pueblo para los trabajadores de su finca, al igual que la cama plegable,
de hierro.
Nuevamente la ira le embarga y nuevamente la desesperanza crece.
-¡Maldita sea! ¿Por qué a mí? -Grita con rabia.
Afuera los perros ladran. Si no se controla, perderá de antemano la
batalla con sus captores. Consulta la hora. Pronto oscurecerá y el frío le
hará apreciar el calor de las mantas. Se apoya contra la pared. Si al menos
pudiese fumar un cigarrillo. Oye el ruido de las llaves y los candados y la
puerta se abre sin chirriar.
Es de nuevo el encapuchado, con la comida.
Le trae un guiso en una cacerola. Frijoles de cabecita negra y plátano
maduro, y una masa blanca que le parece arroz.
-Coma patrón, ya le traigo un cafecito.
Juancho agarra la cacerola todavía caliente, y una cucharilla plástica.
Tiene el leve presentimiento que no comerá carne en mucho tiempo. Con amarga
ironía piensa: "a menos que me la den en trocitos".
El encapuchado vuelve con un jarro de humeante café. Juancho sigue en el
camastro, comiendo con fruición. Hace señas al encapuchado para que le sirva
el café. Este permanece sentado enfrente y le alarga el jarro.
-Así está mejor, patrón. A las buenas vamos mejor, llegamos mas lejos.
¿Quiere un cigarrillo, también?
Juancho le devuelve la cacerola vacía y recibe a cambio el café y el
cigarrillo que le ofrecen. Chupa con ansias al encenderlo y el humo le hace
toser. Acostumbrado al cigarrillo rubio, este tabaco corriente le atosiga.
Aspira ahora con calma, y nuevamente masculla un "gracias". Le pica el
orgullo tener que darle gracias a su carcelero, pero esa sensación de
incomodidad ya se le pasará. Será inherente a su condición.
-Ya va a anochecer, patrón. Arrópese bien que esta noche va a llover y el
frío le dejará quieto un rato.
La voz áspera y servil del encapuchado, su tono profundo y su lento
arrastrar de palabras, le hacen temblar. Se acerca su primera noche de
cautiverio, la más larga, la más difícil... ¿Como podrá soportarla?
-¿Me dejarás los cigarrillos... por favor? -Agrega casi rogando. Otra
lección que aprender: El ruego debe ser sincero, sino, es mayor la
humillación.
-Y los fósforos...- le contesta el encapuchado.
-Prenderé algunos carbones para que caliente sus manos, patrón. En la
noche, el frío va a ser bravo...
-No tanto como la desesperanza -piensa Juancho.
LA PRIMERA NOCHE
A Juancho le parecerá eterna la primera noche.
El campesino le lleva los carbones encendidos en el anafre y una ruana
parda. Juancho acepta con naturalidad la generosidad de su custodio y se
acuesta de espaldas a la puerta. Agradece a sus captores que le hayan dejado
libre las manos, así podrá soplar de vez en cuando los carbones y evitar la
oscuridad total.
De haberle encadenado las manos, se sentiría como un estafador que por
castigo ha sido castrado. El símil le da risa, por lo ridículo y grotesco y
porque quiere reírse de sí mismo hasta que la risa se convierta en llanto,
como en realidad le está ocurriendo.
Y llora, llora amargamente, llora mucho, solloza quedo, como sólo saben
llorar los hombres... Llora hasta quedarse sin lágrimas. Añora a su
madrecita, a sus hijos, a su esposa. Reconoce que el desafecto ha hecho
mella en su vida, pero ahora valora la lealtad, la compañía de su familia y
se pregunta como estarán afrontando los hechos. Pensando en ellos se
duerme...
Al rato, despierta sobresaltado... ¡Carajo! -se dice- no debo dormir en
cautiverio.
Moviéndose torpe en la oscuridad, enciende un cigarrillo y con su lumbre
lee el reloj... apenas las nueve.
Ahora su mente de administrador le obliga a estudiar sus posibilidades. Es
apenas una mala pasada de su sub-conciente. ¿ Por qué no acosó con preguntas
a su custodio? ¿Con quién tendría que negociar? ¿Sólo querrían plata u otros
beneficios? ¿Estarían involucrados algunos conocidos? ¿Saldría con vida?
Y así, ahondando en su incertidumbre se consume uno a uno los cigarrillos,
prendiendo el siguiente con la lumbre del anterior.
Calcula el total de sus activos y el de su familia... difícilmente
alcanzaría el millón de dólares... ¿Se conformaría la banda con medio millón
de dólares? ¿Y, encontraría su esposa quién le comprara las tierras, los
apartamentos en Cartagena y El Rodadero? Siente que sus esfuerzos han sido
inútiles... Debió ser un gris oficinista y no un eficiente administrador...
¿ Qué culpa tiene él de haber heredado tierras y ganados?
Y toda la noche su noria particular gira y gira hasta que el sueño le
vence.
No oye el canto del gallo ni ve el primer rayo de sol. Lo despiertan las
ganas de ir al baño y de golpe la dura realidad le abruma.
Orina y nuevamente siente el deseo de lavarse las manos, los dientes. Se
pasa ambas manos por la cara y se sorprende que aún la barba no le pique...
una molestia menos que soportar.
La cadena le impide acercarse a la puerta. Da unos cuantos pasos por la
estancia, flexiona las rodillas, estira los brazos... se detiene ante la
mica... allí está el producto de su micción nocturna... tendrá que hacer
todas sus necesidades ahí.
-Es inhumano, piensa. No, que va... inhumanas son las condiciones de vida
del campesinado colombiano y estos aún callan. De pronto se siente culpable
de la miseria consuetudinaria de los campesinos, de los obreros, de los
desempleados. Reprime sus pensamientos...
¿Acaso es otra tortura más que le infligen sus captores? Se le debilita la
imagen de sí mismo, tragándose su propio orgullo.
La necesidad fisiológica se vuelve apremiante y se dispone a utilizar la
mica cuando la puerta se abre y aparece el encapuchado, imperturbable. La
misma ruana, el mismo fusil y la misma actitud servil.
Le trae el desayuno y de paso le vaciará la mica. Agrega unos carbones
encendidos al anafe removiendo las cenizas frías y deja otro paquete de
cigarrillos sobre la mesa. Todo lo hace sin articular palabra.
Plátano cocido y queso fresco, café tinto y agua panela con
leche... -Extraño desayuno, mezcla de páramo y llano... "Nada de sutilezas
gastronómicas, secuestrado" -se dice con humor Juancho. Pero antes de comer
debe atender otra necesidad.
Así se lo hace saber al encapuchado, llamándolo señor. Apuntándole con el
fusil , el encapuchado abre los candados y fija las cadenas a las manos del
secuestrado. Le venda los ojos y lo lleva fuera. El frío le hace erizar la
piel.
Juancho camina torpemente, sin poder reconocer el suelo que pisa,
trastabillando. Es conducido a una letrina. Las mismas paredes de bahareque
y matarratón y la tierra fértil, abierta recientemente para recoger sus
excrementos. De una horqueta pende un rollo de papel higiénico blanco.
Incongruente pero no extraño. Hombre de fincas y de caminos no le es difícil
usar la letrina, aún encadenado, pero echa de menos el agua del grifo.
El lúgubre tintineo de las cadenas en la radiante mañana advierten al
encapuchado que Juancho ha terminado. Apoya el frío cañón en las costillas
del secuestrado y lo venda.
De nuevo en la estancia, lo encadena al camastro y secamente le dice:
-Desayune, patrón -Y sale sin despedirse.
Al rato, vuelve con lata de agua fresca, cepillo de dientes, crema dental
y un jabón de olor. Se retira llevándose los trastos sucios del desayuno.
Juancho se afana en su precario aseo personal, procurando que el agua
sucia no caiga cerca del camastro, para no formar un barrial. Cuando
termina, se recuesta en el camastro, fumando con impaciencia y dándole
vueltas a su noria particular.
Si al menos pudiese ver televisión o escuchar la radio, no sería tan
grande su soledad y tan intemporal su desesperanza.
Su noria se pone en marcha: ¿Hacia qué lado está? Si el Pico de Colón
recibe el sol de esa manera, en la tarde, él se halla al ¿éste? ¿ oeste?
¿norte o sur? No lo puede precisar, y de precisarlo, ¿de qué le serviría?
La mañana transcurre lentamente. Juancho se sienta, se recuesta, se pone
de pié, camina por la estancia, hace flexiones. Procura no mirar tan seguido
el reloj con la vana esperanza que ande más rápido para ¿qué?
Un rumor de voces, de cacareos, de ladridos, llegan aislados, lejanos.
Juancho quema tiempo tratando de adivinar, de identificar los sonidos, pero
el silencio es opresivo. Un sonido rítmico empieza a destacarse por encima
de los demás. Juancho se incorpora, trata de atisbar por las hendijas de la
casucha, experimenta una sensación extraña, el terror ante lo desconocido.
Un sudor frío lo cubre como mortaja.
No hay duda. Es el motor de un auto y suena cada vez mas cerca. Aumentan
los ladridos de los perros y su extraña sensación. Prende un cigarrillo, y
por primera vez en 24 horas, siente que las manos le tiemblan. Aspira con
fuerza el humo y nota que se ha acostumbrado al tabaco negro.
Juancho se queda en suspenso... ahora los minutos le parecen eternos.
Entran tres encapuchados; uno sólo va armado como el custodio. Sus
movimientos son tranquilos, como seguros de sí mismos, pisando terreno ya
conocido.
Juancho se mantiene sentado en la cama, temeroso. El del fusil se queda
junto a la puerta, con el carcelero. El que parece ser el jefe de la banda
se sienta en el banco de cuero. El otro permanece parado junto a la mesa.
-Acabamos de hacer contacto con su familia. Estamos pidiendo 500 millones
de pesos por usted -le dice sin ambages. Juancho se mueve inquieto. Justo lo
que él había calculado. Ese era su precio y eso podrían pagar sin quedar en
la ruina total. No sentía alivio, sino curiosidad. ¿Quién habría tomado la
vocería de la familia?
-Si su gente colabora y de verdad le aprecian, pagarán rápido y pronto
volverá a estar con ella -prosigue el encapuchado.
Juancho no acierta a pronunciar palabra. Es simplemente una transacción
comercial, fría, calculada. De un lado él, del otro lado la delincuencia
común "organizada". Ahora sí se siente aliviado... si estuviese en manos de
algún frente guerrillero su secuestro tendría un fundamento y su dinero - el
dinero del rescate - serviría para financiar la compra de minas
quiebrapatas, o la compra de armas para masacrar campesinos o soldados. Lo
liberarán sin problemas, supone. Por primera vez desde su captura, el
panorama se le disipa. Pero los encapuchados le reservan una sorpresa para
el final. ... Mientras tanto, para que no se aburra, aquí le dejamos - El
que ha estado hablando saca de su mochila escondida bajo la ruana, una serie
de folletos y panfletos de propaganda política. Juancho se estremece y como
un autómata, recibe los impresos. Mientras Juancho los examina, los tres
encapuchados salen.
Pero Juancho no sale de su asombro. Luego, entonces, sí está en manos de
la guerrilla. ¡Mierda! -dice en voz alta. Examina los panfletos. Impresos en
off-set y papel esmaltado. Bien diagramados, con logos definidos y bien
redactados. Tan diferente de aquellos que repartió en sus primeros años
universitarios... los recuerda con claridad, hechos en papel bond y
mimeógrafo.
Los textos son diferentes... mas odio y menos idealismo... mas espíritu
segregacionista y menos espíritu idealista. Los bárbaros justifican su
violencia pregonando que luchan por derrocar a un tirano. El gobierno
tiraniza a todos, sin distingos de clases sociales.
Juancho lee cada folleto con atención, a la larga, no tiene nada más que
hacer. Mezcla sus propios pensamientos con los razonamientos políticos de
los guerrilleros, como un antídoto, como si temiera darle la razón a la
subversión.
Confundido aún, fuma con prisa. Al aumentar el calor del día, se despoja
de la ruana y mira su reloj. Ya casi es medio día.
Vuelve a tomar los panfletos. La calidad de su impresión litográfica y la
redacción de sus textos le confirman que la guerrilla tiene cabecillas
intelectuales y una maquinaria propagandística bien aceitada. Ya no tiene
dudas. A la guerrilla no se le gana con escaramuzas militares en zonas de
orden público. Se le gana dándoles mayores oportunidades al pueblo, al
campesinado. Debe proveérsele de efectivos sistemas de seguridad social,
procurar una reforma agraria a fondo ...
Juancho se estremece de miedo, de horror, de incertidumbre. Está en manos
de la guerrilla y por primera vez, desde que saliera de la Universidad,
analiza su posición actual. El sistema lo ha engullido por completo y el
papel de agente de cambio social quedó sepultado junto a sus sueños
juveniles de paz y amor. El había jurado defender al pueblo cuando estuviera
en las altas esferas de la dirigencia del país. Así no fuese un político,
tenía la obligación de haber actuado en favor de los labriegos de su
parcelas. Se reprocha no haber organizado ni una jornada de salud en diez
años, cuando su padre la organizaba cada seis meses.
Juancho se levanta inquieto, pasea por la estancia. Se le ha invertido
completamente su escala de valores y piensa que la propaganda guerrillera
está haciendo mella en sus dormidas convicciones sociales, arrulladas por
sus intereses económicos. ¿O esa nueva perspectiva es apenas un cómodo
reflejo del "si no puedes con tu enemigo, alíate con él"? Santo Dios... si
ésta última es la filosofía de las mayorías proletarias, entonces a la
guerrilla no la detiene nadie...
Juancho se alarma... tantos años conviviendo con el conflicto armado ha
mermado la capacidad de comprender sus verdaderas implicaciones sociales.
Peor aún, si como él, solo piensa en el país a la hora de evadir impuestos,
acostumbra vacacionar fuera del país y deja que sus hijos crezcan de
espaldas a Colombia poniéndolos a estudiar en colegios bilingües.
Ahora Juancho siente que lo embarga la tristeza. Si la desesperanza acampa
en su ánimo, la amargura le inunda el alma. Recuerda a su padre. Se vé a sí
mismo, a los quince o diez y seis años, acompañándolo por las fincas.
Cargado el jeep de medicinas, libros y juguetes para los niños, su padre se
detiene en cada casita del camino. Saluda a los mayores, se interesa por la
salud de cada uno, acaricia a los niños y les dá una golosina. Es como un
Pape Noel sin navidad. Y recuerda, siente el cariño, la devoción de los
campesinos... capaces de dar la vida por su patrón. No puede evitar las
comparaciones. Se ve ahora sí mismo, sintiendo asco por los pobres
campesinos. Tratándolos por obligación, pero despreciándolos. Se hace llamar
patrón, pero no por cariño... Ya lo había dicho el custodio: patrón es el
dueño de la tierra, no más.
Juancho comienza a darle vueltas a su noria particular. Es mayor su
circunferencia, mayor el número de puestos... mas altos los picos, mas
profundo el abismo.
El custodio regresa trayendo el almuerzo. Es el mismo menú del día
anterior. Lo coloca sobre la mesa y Juancho le pregunta:
-¿Ya se fueron?
-¿Quienes?
-Sus -titubea- compañeros.
-No, patrón. Primero tienen que concientizarlo.
El secuestrado almuerza despacio, sin apetito, pensativo. ¿Concientizarlo?
¿De qué? ¿De las bondades de la guerrilla?
Cuando termina de almorzar, Juancho enciende un cigarrillo y echa de menos
el café tinto del medio día. No puede evitar el amodorramiento y se duerme.
Sueña con su familia. Los ve sonrientes en una playa, rodeados de bañistas,
con trajes de baño multicolores. Y se ve a sí mismo, vestido como
guerrillero, con ruana y fusil, custodiándolos en la playa.
Su desconcierto es mayor cuando abre los ojos, sobresaltado y se encuentra
con el jefe de la banda (¿o el comandante del frente?) sentado en el banco,
mirándolo fijamente.
Juancho quiere consultar la hora, pero no quiere parecer débil ante sus
captores.
-¿Qué? -pregunta agresivo.
-Nada, patrón. Viéndolo dormir. Qué bien se duerme cuando el estómago está
lleno y la conciencia vacía.
-No tengo nada de qué avergonzarme -replica Juancho.
-Ni nada que temer, patrón. A menos que su familia no lo aprecie y
tengamos que usarlo de abono -responde con suavidad el encapuchado.
Juancho se revuelve incómodo en la cama y el guerrillero lo apunta con el
fusil.
-Tranquilo, patrón. Mientras su familia colabore, su salud está asegurada,
y no precisamente por el sistema de seguridad social del país.
-¿Quienes son ustedes?
-¿No leyó los folletos, patrón?
Juancho advierte que este encapuchado utiliza el término patrón con
ironía. Analiza el calzado y ve las mismas botas de caucho, pero las manos
que sostienen el fusil están bien cuidadas. Prefiere no aventurar un juicio,
pero este custodio no es hombre de campo.
-Sí, los leí. Pero yo no soy dirigente político, sino un trabajador más,
un ciudadano común... incluso cuando estaba en la universidad militaba en el
M-19...
-Si, patrón. Eran los tiempos de la toma de la embajada dominicana, pero
para usted era apenas un reto intelectual, un jueguito de universitario
rebelde. ¿Qué va a saber usted de hambre, de frío, de angustias, de
desesperanza, de hacinamiento, de enfermedad? Usted no es un resentido
social, yo sí. No sea modesto patrón. Sus tierras abarcan los límites de
varios departamentos. Hay más campesinos en sus tierras que guerrilleros en
nuestro frente. Si usted hubiera querido ser dirigente político, los
campesinos y sus familias le hubieran apoyado. Tendría mas votos que Fuad
Char.
Juancho no sale de su asombro. La seguridad del encapuchado al hablar
contrasta con su propia inseguridad al saberse "precisado" por sus captores.
-¿Sabe qué, patrón? En los mítines estudiantiles, usted y sus compañeros
gritaban "pueblo con hambre no vota, se organiza y lucha". Ahora ¿sabe qué?
dicen "pueblo con hambre no lucha, se organiza y roba, mata, secuestra".
-Pero eso es ilegal...
-Ilegal es dejar que nos maten de hambre, que nos aplaste la burocracia,
nos carcoma la desesperanza. Mientras yo estudio, mi madre se tulle lavando
ropa ajena y mi hermana se prostituye para conservar el modesto puesto de
secretaria, mi hermano se droga y mi padre no sabe dónde dormir la
borrachera. Ilegal es recurrir a los empleados para garantizar los votos al
Senado o la Cámara. Ilegal es pactar bajo la mesa para garantizar las
mayorías en el Consejo. ¿Ilegal? Ilegal es tener las tierras y vivir del
producto cuando el campesino que la siembra, la riega con sudor y lágrimas,
y a la hora de la cosecha recibe una miseria. Ilegal es la desesperanza en
los tugurios. Ilegal es que la vivienda social tenga precio de estrato 5 y
servicios públicos nulos. Ilegal es que mueras en la puerta de hospital
porque no tiene con qué pagar la cuenta. Ilegal es que tus hijos no puedan
estudiar en la universidad aunque tengan el mejor promedio. No hable de
ilegalidad, patrón. Por cada acto
de injusticia que yo cometo, usted ha cometido un millar.
-Yo no he hecho nada ... yo no tengo la culpa -balbucea Juancho. Es
evidente que el discurso del encapuchado le ha acobardado. ¿Cómo luchar
contra tantas verdades?
-Ya olvidó el catecismo, patrón ... Se peca por omisión.
La noria de Juancho se ha detenido y ahora parece aplastar a Juancho con
su peso.
-Patrón, usted ha tenido en sus manos la oportunidad de cambiar en algo
las cosas, y no ha querido. Es más, ni siquiera lo ha intentado. Piense en
las familias que labran las tierras suyas. ¿De qué sirve sembrarle y
abonarle para otros? ¿Cree que la remuneración que reciben justifican las
jornadas de sol a sol? ¿Cree que el salario mínimo rural justifican esta
soledad, esta miseria? ¿Qué futuro tienen los hijos de los campesinos si la
escuela rural queda a 20 kilómetros y el maestro carece de mística? Por cada
animal enfermo en sus tierras, ha habido un campesino que lo vela, lo cuida
y lo atiende. ¿Quién atiende al campesino? ¿Quién vela su fiebre? El parto
de la vaca lo atiende un veterinario, pero ¿quién atiende el parto de la
campesina? Piense patrón, más saludables están los sembrados y los animales
que los seres humanos. Mas gasta en cercas y establos, que en techos y
camas...
-Pero la guerrilla también ataca a los campesinos, los masacra...
-La guerrilla o el paramilitarismo. Ustedes arman a los paramilitares y
les piden que les desocupen la tierra para extender los sembrados o
construir más establos, o peor, para vender la tierra al estado. ¿Y que
hacen los desplazados? Van a construir una casuchita de cartón en el tugurio
de moda, y a buscar cualquier trabajo. Si, así es como se mantiene vivo el
sistema.
-Pero las minas quiebrapatas, los atentados... los noticieros ...
-Los noticieros sólo transmiten la telenovela nacional de todos los días.
La noticia la escribe el comando militar y la difunde una entidad
gubernamental. Esa noticia es ilegal porque carece de objetividad. ¿Quién
cuenta nuestros muertos? No los de la emboscada, sino los que mueren a
diario en tugurios, fincas y caminos... ¿Quién cuenta los niños muertos de
hambre? ¿A quién se le suman los pandilleros asesinados entre sí? ¿A quién
se le anotan cuales muertos, a la guerrilla o al gobierno? No, Juancho, esta
vida no es un partido de fútbol, es el juego de la vida y el que muere, gana
o pierde, según su creencia... pero mas ganan muertos que vivos.
-Pero la historia ha demostrado que los movimientos guerrilleros son
incapaces de asumir el poder. Fíjate en Cuba, Nicaragua, El Salvador...
¿Acaso en Colombia sería distinto?
-Tal vez no, Juancho, porque ¿sabes que ha faltado? Ha faltado conciencia
social. No digo sensibilidad social, porque la sensibilidad social con
hambre, se atraganta. Digo conciencia social, y ahí estás tú, como
individuo, aportando tu granito de arena a la revolución.
"Podría haber dicho granito de plomo, pero el plomo no viene en gramos
sino en balas", -reflexiona con amargura Juancho. La verdad escueta y sin
ambages que el encapuchado le plantea, no le amedranta. Se sorprende que
hayan podido hablar el tema sin posiciones antagónicas violentas. El
encapuchado sale sin despedirse y Juancho enciende otro cigarrillo. Su noria
particular comienza a girar lentamente... ya no es él solo quien la impulsa.
Recuerda el cambio de actitud que han tenido sus amigos frente a la vida una
vez que han sido secuestrados y liberados. "Se concientizaron"... sentencia
Juancho.
La temperatura comienza a bajar y Juancho se coloca otra vez la ruana...
LA LIBERACION
Juancho lleva algo más de dos horas viajando incómodo en la parte trasera
de un jeep, escondido entre sacos que contienen abonos químicos... Vendado,
con las manos atadas a la espalda, sabe que es de noche y sigue dando
vueltas a su noria particular... Sólo dos asientos de esa noria van
ocupados: muerte o liberación.
El jeep se detiene, y Juancho es sacado de su escondite. Lo hacen sentar
sobre el terraplén y una voz de su cautiverio le dice:
-Hasta aquí te trajo el río, Juancho. Pagaron tu precio. Aquí te quedas
hasta que un buen samaritano te encuentre...
El jeep arranca y Juancho comienza a sollozar quedo. Está solo en medio de
la nada. Mañana la prensa dirá que hay un secuestrado menos. Con una sutil
ironía, propia de los vencidos, Juancho reconoce la supremacía de sus
adversarios y sabe también quién va ganando esta puta guerra.