Visiones.

 
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Visiones.
 
 
Visiones
El pasajero del 10 A abrió el maletín que llevaba sobre sus rodillas,
cogió el casete portátil, se colocó los diminutos auriculares y pulsó la
tecla de inicio. La voz magnífica, plena de sensualidad de Laura llenó sus
oídos en una letanía casi hipnótica en la que se alternaban los consejos
prácticos para evitar el pánico -"Observa a las azafatas. Sus movimientos,
siempre tan seguros, te inspirarán confianza", "Conversa con otros miembros
del pasaje, te hará más llevadero el viaje", "Quítate el reloj, olvídate del
tiempo"...- con los "Respira, respira profundamente". Su voz le envolvía, le
protegía, le dirigía. Se quitó la chaqueta, aflojó levemente el nudo de la
corbata y se descalzó, sintiendo el fuselaje del avión firme y sólido bajo
sus pies. Inspiró profundamente, dejando que el aire llenase sus pulmones,
para dejarlo salir lentamente, barriendo la tensión a su paso. Pensaba en
Laura, en su relación con ella, traspasada ya la fría barrera que separaba a
paciente y
terapeuta. Por ella, gracias a ella, estaba él allí, en ese avión, dominados
los miedos -tan irracionales, ahora se daba cuenta, tan desproporcionados-
que durante mucho tiempo habían dominado su vida. El pasajero del 10 A
observó a través de la ventanilla el pequeño aeropuerto, deseando estar ya
en el aire. Se quitó los auriculares y devolvió el aparato a su lugar
dentro del maletín.
Una anciana avanzaba lentamente por el pasillo del brazo de una de las
azafatas. Se detuvieron a la altura del 10 B.
- Aquí está su asiento. Déjeme que la ayude -dijo la joven, ayudando a la
anciana a tomar asiento- ¿Le traigo otro cojín? Estará más cómoda.
- Gracias, señorita. Es usted muy amable -La anciana le dio una cariñosa
palmadita en la mano.- A mi edad, por desgracia, la comodidad no es una
cuestión de cojines.
- Como quiera. -sonrió la azafata-. ¿Quiere que le abroche el
inturón? -la anciana asintió- Bien, ya esta. He de irme, vamos a despegar
en unos minutos. Si necesita algo, no dude en llamarme.
- Lo haré, hija, lo haré.
Mientras el avión se elevaba en el aire, el pasajero observó a su
compañera de viaje. La mujer tendría unos setenta años, el cabello blanco
recogido con sencillez en un moño sobre la nuca; el rostro arrugado, curtido
por el sol, conservaba aun los posos de un lejano encanto. Vestía falda y
chaqueta negras, de un tejido demasiado grueso para esa época del año, que
reforzaban la indiscutible blancura de su blusa. Su mejor traje, sospechó el
viajero. La anciana apretaba en su regazo un bolso de terciopelo negro
adornado con diminutas herraduras doradas. El hombre sonrió, divertido.
¡Herraduras! Una mujer supersticiosa, sin duda. Recordó las palabras de
Laura: "Conversar con otros miembros del pasaje te hará más llevadero el
viaje"
- Hermoso día, ¿verdad? -El viajero, hombre poco original, recurrió al
tópico del tiempo para romper el hielo.
- ¡Oh, estupendo, estupendo! Mi nieto, que es quien me ha traído al
aeropuerto, iba a pasar el resto del día en la playa, con su mujer y el
niño. Ya soy bisabuela, ¿sabe usted?. Es un bebé precioso, acaba de cumplir
el año.
- Debe de ser una experiencia interesante.
- ¿Está usted casado? ¿Tiene usted hijos? Perdóneme si le parezco un
poco brusca, pero soy vieja e impaciente. A estas alturas de mi vida procuro
tomar siempre el camino más corto. No puedo desperdiciar mi tiempo.
- No se preocupe, mujer. Sí, estoy casado, y sí, tengo hijos. Dos niñas.
De diez y trece años.
- ¡Ah, cómo le envidio! Daría lo que fuese por poder ver crecer a mi
bisnieto. Pero eso es imposible, ya ve usted, a mi edad no puedo esperar
milagros -dijo la mujer con un suspiro, el labio inferior temblándole
ligeramente.
La conversación, plagada de alusiones a la muerte, inquietó al pasajero
del 10 A. La voz de Laura llegó en su ayuda: "No pienses en cosas
negativas, concéntrate solo en lo positivo. Y, sobre todo, respira, respira
profundamente"
Respiró profundamente un par de veces, la mente perdida en una llanura
rojiza, de una aridez casi lunar, tras cuyo horizonte se hundía pesadamente
el sol, una imagen que Laura le había enseñado a utilizar como llave para su
relajación. Se quedó levemente adormilado, respirando, respirando...
- ...y lo críe yo, ¿sabe usted?. Un chico estupendo, muy trabajador, pero
sin suerte. Trabaja de chapista, con un sueldo tan pequeñito como la casa
en la que viven. Su mujer, una chica buenísima, está empleada en un bar.
Ella tiene estudios, ¿sabe usted? Pero el dinero es el dinero, y como no
encontraba trabajo en lo suyo, pues tuvo que buscarse la vida en lo que
encontró. No, la vida no se ha portado bien con estos chicos. Menos mal que
las cosas pronto van a cambiar a mejor.
- ¿Ah, sí? -preguntó sin ningún interés el pasajero, arrepentido de haber
desatado la al parecer imparable verborrea de la anciana.
- Sí, mi nieto va a recibir pronto una buena suma de dinero.
- ¿Algún familiar rico a punto de morir? -interrogó el hombre, ya más
interesado- Bueno, no quisiera desanimarla, señora, pero puede pasar mucho
tiempo antes de que esto ocurra. A menudo los que parecen a las puertas de
la muerte, consumidos por un sinfín de enfermedades, son los que más se
resisten a morir. Un tío mío...
- No se trata de eso, joven -la anciana sonrió sin alegría- Soy yo la que
voy a morir. Y muy pronto.
El pasajero se quedó sin habla, impresionado por tan dramático anuncio.
- ¡Dios mío! Perdóneme, no pretendía mostrarme insensible, no sabía, no
podía saber... Debe de ser horrible para usted...- el hombre se atropellaba
en su afán de disculparse.
- ¡No crea, no crea! La muerte, a mi edad, es una vieja conocida, ha ido
arrebatándome a mi familia, a mis amigos. No la deseo, nadie desea morir,
pero empiezan a pesarme todos esos recuerdos que ya no tengo con quién
compartir. Además, está mi nieto. Siempre quiso tener su propio taller.
Quizás ahora pueda ver cumplido su sueño.
- Eeerr... señora... , no quiero ser indiscreto, perdone mi curiosidad,
pero, si tiene usted dinero, ¿por qué no lo ha compartido con sus nietos?
La verdad, no alcanzo a entenderlo.
- ¡Pues porque no lo tengo! No sé..., quizás no deba, pero ha sido usted
tan amable conmigo que, sí, creo que debo contárselo. -la mujer bajó la voz,
en un aparte confidencial.- Verá, yo no soy rica, nunca lo seré; sin
embargo, haré ricos a mis herederos. ¿Ha oído alguna vez hablar de Doña
Catuxa?
- Claro, ¿Quién no ha oído hablar de ella? Tiene mucha fama en Galicia
como vidente, se dice que ha ayudado a la policía a resolver varios casos,
aunque, si he de serle sincero, yo no creo en esas cosas.
- ¿De veras? Eso decía también mi difunto marido. ¡Nunca, nunca me hacía
caso! El día que murió le rogué, le supliqué que no saliera de casa. Sabía
que algo horrible le iba a pasar. El se limitó a mirarme con esos ojos
suyos, tan llenos de risa, y me dijo, besándome en la frente: "Ay, Catuxa,
tu imaginación no te deja vivir". Dos horas más tarde, cuando vinieron a
traerme su cadáver, me encontraron vestida de negro, preparando el salón
para el velorio.
El pasajero del 10 A era un hombre escéptico, que no creía en nada que no
pudiese palpar -Este escepticismo era la causa principal de su miedo a
volar; al fin y al cabo hace falta una gran fe en lo mágico, en lo
desconocido para subirse a un avión sin temor-. Un hombre como él, sensato,
racional, no iba a dejarse intimidar por las supersticiones, por los
desvaríos de una anciana, aunque la historia que acababa de oír le hiciese
sentir una molesta sensación de opresión en la boca del estómago.
- No pretendo molestarla, señora, pero si usted poseyera realmente esos
poderes, si fuese realmente una vidente, habría podido anticiparse a su
enfermedad, se la hubiesen detectado a tiempo, ...
- Joven, usted no lo entiende. Yo he dicho que voy a morir, no que esté
enferma.
- ¿Entonces? -interrogó el hombre, absolutamente confundido.
- Verá, todo empezó hace un par de meses. Estaba en la cocina,
preparándome la cena, cuando lo supe, supe que iba a morir y cuando. En el
primer momento fue un golpe, lo reconozco, creí volverme loca intentando
encontrar una manera de escapar a mi destino, pero tras meditarlo toda la
noche llegué a la conclusión de que era inevitable. Mis visiones de futuro
siempre se cumplen, ¿sabe?. Así que lo dispuse todo de la manera más
conveniente. Fui al médico, le hablé de unos extraños mareos, de dolores en
el pecho, todo imaginario, claro, y me hizo un chequeo. Mi médico me
aseguró, sonriendo, que mi salud era perfecta, la de una jovencita, si
olvidamos esta artrosis que tortura mis rodillas. Descartada la enfermedad,
sólo me quedaba una muerte violenta o un accidente. Lo primero resultaría
difícil. No conozco nadie que me quiera mal, y soy una mujer modesta, a la
que sería una tontería intentar robar. No, mi intuición me lo decía, sería
un accidente. Entonces fue cuando se me
ocurrió. Yo nunca he cobrado por mis visiones, ¿sabe usted?, lo considero un
don que Dios me ha dado y que yo debo de compartir con los demás. Pero esto
es distinto, al fin y al cabo se trataba de mi muerte. Así que fui a ver a
un amigo de mi difunto marido, un corredor de seguros muy conocido en La
Coruña, quizás usted haya oído hablar de él, se llama Ramilo, Arturo Ramilo.
¿no? Pues... Perdóneme, ¿por dónde iba? ¡Ah, sí! Le comenté mi intención
de hacerme un seguro de vida, pero él me dijo que no era posible. Demasiado
vieja. ¡Oh, fue muy delicado, utilizó otras palabras, imagínese, no quería
herirme! Verá, todos los años por estas fechas paso un par de semanas en
Madrid en casa de una vieja amiga, viuda y rica. Es ella quien me ha pagado
el billete de avión, ¿sabe usted?, hace veinte años tuve una visión que la
salvó de... bueno, eso no importa. Volviendo a lo del seguro, yo insistí, le
hablé de mi viaje a Madrid, de mis temores. ¿Quizás un seguro de accidentes?
Arturo, riéndose de mis miedos, admitió esa posibilidad. ¡Imagínese, el buen
hombre no quería que yo gastara mi dinero, que él sabe que no me sobra, en
esas boberías! Esa misma mañana suscribí el seguro, nombrando como
beneficiario a mi nieto. No es mucho dinero, sólo unos pocos millones, lo
suficiente, espero, para que mi nieto pueda instalarse por su cuenta y
disfrutar un poco de la vida, ahora que todavía es joven.
- Mi querida señora, no quiero parecer desconfiado, pero tengo la
impresión de que detrás de toda esta historia hay algo más. ¿Qué piensa
usted hacer cuando llegue a Madrid? ¿Tirarse bajo las ruedas de un autobús?
¿Simular una caída desde el Viaducto? Necesitará algo mejor que eso para
engañar a la compañía de seguros.- fingió reprenderla el viajero, burlón.
La anciana abrió los ojos como platos, ciertamente sorprendida.
- ¡Señor, me ofende! ¡Claro que no! Yo soy una vidente, no una suicida.
Mi intención no es engañar a nadie. Además, sólo estaré un par de semanas en
Madrid. Recuerde que no se como sucederá, pero sí cuando. Y todavía faltan
tres meses. Será en Octubre, en las fiestas del Pilar.
- Parece muy segura de la fecha. ¿Quizás en alguna de sus visiones un
angelito se la ha soplado al oído?
- Hace mal en burlarse, joven, de cosas que usted no comprende. No, no fue
un ángel, aunque no sería la primera vez que el Señor utiliza uno para
hacerme llegar sus mensajes. Esta vez fue la virgen.
- ¿La virgen? ¡Señora, me descubro ante usted! Realmente es usted una
persona bien relacionada en el Reino de los Cielos!
- Pues sí, ríase si quiere. Hace treinta años, estando mi madre muy
enferma, tuve una visión. Un fraile barbudo, viva imagen de la figura de San
Francisco que está expuesta en la Iglesia de Santa María sostenía entre sus
brazos el cuerpecillo, tan frágil, tan débil ya, de mi madre. Tres días
después, el 4 de Octubre, día de San Francisco, murió. Por eso, cuando hace
unos meses tuve una visión parecida, en la que me vi dormida en brazos de la
Virgen, la misma Virgen del Pilar, morena y bonita, que tengo en mi salón,
no tuve ninguna duda. Moriré el día del Pilar.
El viajero observó a la mujer, impresionado por la seguridad con la que
hablaba. No, no debía burlarse de ella. Loca o cuerda, era sincera en sus
creencias. ¡Qué demonios!, por lo menos creía en algo, algo admirable,
envidiable para un hombre que llevaba su escepticismo más como cruz que como
bandera.
- Perdóneme, señora. No pretendía burlarme. -se disculpó.
- No se preocupe, joven, ya estoy acostumbrada. También mi nieto se lo
toma a broma, ya ve usted. Y ahora, si no le importa, voy a echarme una
cabezadita. Todavía faltan veinte minutos para que lleguemos a Madrid -dijo
la anciana, consultando su anticuado relojito de pulsera.- Estoy tan
cansada...
La mujer cerró los ojos, y el viajero volvió a sus pensamientos. Si,
faltaba menos de media hora para llegar a Madrid, y había conseguido vencer
sus miedos. Se sentía tranquilo, relajado, dueño de sí mismo. Y todo se lo
debía a Laura, a sus...
- Perdone, ¿le apetece leer algo? -una sonriente azafata le ofreció una
revista. -Es la revista de la Compañía. Le gustará.
El viajero cogió la revista que se le ofrecía y la ojeó, aburrido. Cambios
en los puestos directivos de la Compañía, ascensos, entrega de un reloj de
oro al Jubilado del Año, bautizo de un nuevo avión... Una sensación de
pánico asaltó su garganta, ahogándole. Horrorizado, se puso en pie, llamando
a gritos a la azafata, quien, asustada, corrió hacia él.
- ¿Le pasa algo? ¿Se encuentra mal? Creo que hay un médico...
- ¡Cállese! ¡Estoy perfectamente! Dígame, necesito que me diga como se
llama este avión. ¡Dígamelo!
- Cómo no, señor. -la azafata no pareció extrañarse ante la petición de
tan desquiciado pasajero; en casi todos los vuelos pasaba lo mismo, una
persona aparentemente normal que de repente, sin causa aparente, se ponía
histérica. Sabía que había que seguirles la corriente, intentar calmarlos y,
si era necesario, ofrecerles un tranquilizante. - Entre la tripulación le
llamamos "la Pilara", ¿Sabe? Es una broma, claro. Su nombre es "Virgen del
Pilar".
® gata 1998