Jardinera.

 
EL RELATO MÁS CORTO DEL MUNDO... | CAMBIO DE RASANTE | LA VERDADERA HISTORIA DE UN HIJOPUTA. | CARACOLERÍAS | COSAS NUESTRAS. LA WEB DE RELATOS. | Enlaces y fuentes consultadas | La plancha | Independencia... | La casa de verano | La mancha | REFLEXIONES SOBRE LA MUERTE, O MACABRA OCURRENCIA. | EL CALAMITAERÓSTATO | EL HOMBRE Y LA VÍBORA | CABEZA RAPADA | EL MISTERIO DEL PAPELITO AZUL | El mendigo, un relato religioso. | CAMINANDO DESCALZA POR LOS TRIGALES ANEGADOS. | De mujeres y meigas. | La sombra de las cosas. | El encuentro. | Jardinera. | El casarse pronto y mal. | Visiones. | El inmigrante marroquí. | El secuestro. | Calle Palestina. | Marisa y el mar. | El último lobo. | La línea que marca el final de los sueños... | El cuento de las arenas. | El enamorado de los llanos coralinos. | En el tiempo indeciso. | Esta semana sólo pinto funambulistas | La soga. | Al otro lado del límite. | Clase de Disección. | El disco rojo. | Carta a Mikel. | El niño lobo del cine Mari. | La fraga de Cecebre. | Regalo de aniversario. | ¿Por qué todas las chicas que me gustan se llaman Vete a la Mierda? | El diente roto. | El cargador. | Historieta de amor. | El Cuadro | El agujero de la tortuga | Sentencia de muerte para la grosería | Olvido | Las Miradas | El cuento de la isla desconocida | Cartas para Annie
 
Jardinera.
 
 
Jardinera.
Antonio Dal Masetto
Esta mañana temprano, lejos de mi barrio, frente a la estación de Villa Urquiza, la veo a mi vecina Cecilia cruzar la
calle con paso rápido, entrar en la confitería donde estoy tomando un café y luego meterse en el baño de damas. La que entró
es la Cecilia que conozco, una mujer canosa, pelo corto, con el tapado azul que lleva siempre. La que sale del baño unos
minutos después luce un atuendo juvenil, larga cabellera con bucles, ropa deportiva, zapatillas. Cuando pasa cerca de mi
mesa, le hablo. -¿Es usted, señora Cecilia? Disculpe la indiscreción, ¿usted no era docente? -Maestra jardinera -me contesta
mientras se arregla la peluca-. Y lo sigo siendo. Las maestras jardineras siempre tienen 23 años. Esto es lo que quieren
los niños, los padres y las autoridades del Ministerio de Educación. Todas de 23 años. Hago lo posible para mantenerme dentro
de la exigencia. La invito con un café. Mira el reloj. Se sienta. -En realidad, vecino, estoy viviendo tiempos de gran zozobra
y confusión. No me puedo jubilar porque no sumo los años de servicio requeridos ni tampoco llegué a la edad necesaria para
retirarme. Con la falta de trabajo que hay no me animo a pedir traslado, porque tengo poco puntaje y puede suceder que me
quede pedaleando en el vacío. Necesito el sueldo, así que no me queda más remedio que defenderme como puedo y seguir disfrazándome
de jovencita. Imagínese, yo, que tengo nietos grandes. -Está perfecta -le digo para alentarla. -Mi finado esposo era el único
de la familia que conocía mi secreto y me alentaba. "Arriba, mi muchachita, vamos que usted puede", me decía. Pero ahora
estoy sola frente al mundo. Y cada día es un problema nuevo. Mantenerse en los 23 es un presupuesto, lo poco que gano se
me va en afeites. Antes me teñía y usaba mi cabello natural. Pero una vez que me quise hacer los claritos algo falló, me
arruiné el pelo y me tuve que comprar una peluca. No quiero cargosearlo con mis dramas, pero las zapatillas me matan, tengo
pies planos y várices. Con los chicos de cuatro y cinco años es un calvario, son ingobernables, tengo que andar corriendo
todo el tiempo. Los juegos en el patio, las rondas, saltar la cuerda, reconozco que hay que tener realmente el estado físico
de una de 23 para seguirles la corriente. La osamenta no me da más. Por suerte la semana pasada me pasaron a la sala de los
ambulatorios, provisoriamente, espero que me dejen ahí. Con los chiquitos que gatean me manejo mejor. Tampoco es fácil, tengo
que andar agachada todo el tiempo. La espalda se queja; las rodillas se quejan; no hay nada que no se queje. -Le puedo recomendar
una buena kinesióloga, un alma caritativa, conoce de cerca estos problemas de disfrazarse las edades para poder sobrevivir,
capaz que ni le cobra. -¿Dónde está ese ángel? Sería mi salvación. Calcule que voy a tener que seguir llevando esta doble
vida de mujer grande y de jovencita hasta que consiga jubilarme. Le juro que a veces me siento muy rara. Vengo en el tren,
con mi personalidad normal, y por ahí aparece alguien que me cede el asiento. Cuando estoy vestida de la otra, no sólo no
hay gestos caballerosos al viejo estilo, sino que es bastante común que me ligue algún piropo. De pronto me doy cuenta de
que tengo que hacer un esfuerzo para saber quién soy, como si de verdad fuera dos personas al mismo tiempo. Y para colmo,
últimamente estoy obsesionada por una idea fija: ¿y si me rayo y me quedo atrapada para siempre en el papel de la otra y
me convierto en un mamarracho? Y otra preocupación más que no me deja dormir: ¿qué pasa si un día me cruzo con mis nietos
y estoy como ahora, vestida de la otra?, ¿qué hago?, ¿disimulo, miro para otro lado, niego la sangre de mi sangre? -Dios
no lo permita. -Vecino, estoy llegando tarde, tengo que ir a cambiar a los bebés. Confío en su discreción. -Mis ojos no vieron;
mis oídos no oyeron. Vaya tranquila, señora o señorita Cecilia.