El encuentro.

 
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El encuentro.
 
 
El encuentro

Ella siempre le quiso. Lo buscaba con la mirada, lo esperaba a la salida de clase, iba a verlo cuando tenía un rato libre. Era un amor más allá de la Vida y de la Razón. Ella no comprendía por qué él, que estaba siempre solo, la rechazaba. A veces incluso negaba su existencia o la comparaba a un sueño. Ella tuvo durante años un único pensamiento, poseerlo. Tanto lo amaba que cualquier escarceo amoroso servía para reafirmar aún más la valía de Sergio, que así se llamaba el muchacho.
Hasta cierto punto aquella obsesión era comprensible. Sergio era un muchacho fuera de lo habitual. Sus ojos reflejaban el infinito y sus sonrisas su corazón que de puro y bueno no le cabía en el pecho. Pero lo más llamativo de Sergio no era su hermosura, sino sus palabras. Sergio poseía la sabiduría de un viejo y la juventud latente de un niño. De su boca fluían enseñanzas, hipótesis e ideas acerca de la Humanidad, la sombra, la energía, la bondad humana, la poesía, la vida, la razón, la inteligencia, el hombre… Ella lo admiraba, bebía cada frase que escapaba de sus labios, aplaudía cada idea que tenía, en definitiva, lo amaba.
Sergio fue creciendo en sabiduría y también en belleza. Maduró sus ideas y encantó a otras con su locuacidad. Sergio se convirtió en amante y amado, deseó cuanto quiso y poseyó cuanto pudo. Su juventud maduraba pero no se extinguía, permitiéndole vivir con y en amor.
Pero Sergio nunca se enamoró, y no lo comprendía. Había conocido bellezas, ingenios, sabidurías deseosas de ser amadas, pero ninguna despertó en él ese sentimiento que desconocía. Ninguna muchacha vio correspondido el amor que ofrecía ni en la misma mesura en que lo entregaba, y doloridas emprendían el camino de vuelta a casa. Él no quería hacerles daño pero no sabía evitarlo, y esta impotencia le entristecía profundamente.
Entonces se quedaba solo sin que su ingenio pudiera explicárselo, pero lo agradecía porque necesitaba de su soledad para llorar. El saberse querido era una sensación placentera pero a aquellas relaciones les faltaba algo. Sabía que eran chicas increíbles y que era difícil conocer gente así, pero ninguna le llenaba por completo.
Un día la conoció. Ella supo que lo haría suyo, que tantos años de espera tendrían por fin su ansiada recompensa, y se abrazó a aquel espejismo que poco a poco se iba haciendo más y más real.
Él se preguntaba cómo había tardado tanto en conocerla y lamentaba anteriores amores que le habían tapado los ojos. Ella calló su amor secreto y se prometió vivir el presente, aunque dudaba en alimentarlo de rencores pasados. Así en un intento de recuperar el tiempo perdido quemaron la noche entre las sábanas. Sólo con el primer albor del día Sergio se dio cuenta de que yacía con La Muerte.

Irene Adler