De mujeres y meigas.

 
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De mujeres y meigas.
 
 
DE MUJERES Y MEIGAS
SUSANA BLANCO MIGUÉLEZ

Mi abuela fue meiga. Ni hada, ni bruja, ni curandera, ni sanadora, ni
charlatana de feria ni ermitaña religiosa. Sólo meiga, meiga a secas,
aunque pasaron años y años antes de que yo me enterara, y aunque era
algo de sobra conocido por las gentes del valle. Mi abuela fue,
también, la muchacha con las mejores piernas de la comarca según la
opinión de reconocidos expertos de la zona, y según los maliciosos
comentarios de sus respectivas comadres que, como es bien sabido,
constituyen la mejor medida conocida para determinar grados de
atractivo sensual. Pero, naturalmente, también de esto me enteré muy
tarde, porque no son asuntos que una chiquilla tenga que conocer a las
primeras de cambio.
Lo que sí supe desde siempre es que mi abuela vestía siempre de
negro, tuvo ocho hijos que le deformaron el cuerpo, y dos abortos, y
dos retoños fallecidos que le dejaron los ojos rodeados de arrugas y el
corazón con una toca de pesar que, sin embargo, no le impedía sonreír
mucho y muy grande, con una sonrisa linda y franca. Mi abuela estaba
casada desde los dieciséis años con un vejete -para mí el abuelo fue
siempre un vejete- flaco y picante como una guindilla, que bebía tinto
peleón y vida, y que fumó Celtas hasta dos días antes de su muerte. Una
muerte que fue agónica y dolorosa, traída por un cáncer de hígado que
para todos fue un traidor, pero que mi abuelo vío como un enemigo de
antiguo, de esos que sabes van a por ti, pero de frente y a la cara. Mi
abuelo también iba siempre de negro y con un sombrero de fieltro gris,
con el que se fue a la tierra por orden de mi abuela, llevándose
también consigo el rosario de azabache de mi madre porque, en un último
arrebato, mi
abuela dijo que le daría suerte en su nuevo camino.
Mi abuela fue meiga, pero no desde siempre. De hecho, antes que meiga
fue niña, y luego moza garrida y un poco atrevida, y también lavandera,
y costurera, y hasta un tiempo, aunque poco, quesera en la villa. Meiga
lo fue más por obligación que por gusto, me parece, porque nunca
alardeó de su ciencia, ni de intuición, ni de malas artes, y de hecho
parecía como si se avergonzara de ellas. Sólo se sabía que preparaba
ungüentos y cataplasmas, y que sus infusiones de eucalipto y romero
eran las mejores para las gripes de entretiempo, y que hasta los niños
más rebeldes dormían como marmotas cuando caían en sus brazos. Pero
todo eso, decía ella, no son meigallos ni similares, sino trucos de
madre de ocho criaturas que, de no tener ella maña para curarlos en sus
caídas, resfríos y desmanes varios, se irían a la tumba a acompañar a
sus hermanos en menos que canta un gallo. Las otras mujeres del pueblo,
menos hábiles en tales menesteres, se acostumbraron a ir camino abajo o
río arriba
-según de dónde vinieran- para llegar hasta la casa de piedra en la que
ella, siempre en la cocina, pelaba patatas, amamantaba críos o cortaba
nabos para el caldo. Y mi abuela les daba recetas, hierbajos o
mixturas, y sólo muy de vez en cuando, alguna cantiga para el día de
San Juan, no fuera a ser que la pobre chica quedara sin casar. Entonces
no era meiga, sino simplemente Carmen la de Eladio, o la del molino,
porque la casa estaba cerca del molino de agua al que se iba a moler el
maíz para las boronas de a diario.
Lo de meiga le vino ya de mayor, cuando con veintinueve años había
padecido cinco hijos y un aborto, y su cadera y sus carrillos se habían
hinchado un poco. Le vino un día de otoño de los que anuncian invernía,
lleno de orvallo y de viento, con el cielo color azul de plomo y el río
cargado hasta el borde de agua enfebrecida. Mi abuela segaba la hierba
para las vacas mientras mi abuelo la cargaba en las carretas. Estaban
cerca de Quirós, una aldea a dos kilómetros de su casa, y ya había
medio anochecido aunque no eran más de las seis de la tarde. De pronto,
se oyeron las campanas de la iglesia.
-¿Tocan a muerto?
-No, llaman a aviso.
Mi abuelo quería terminar la tarea: al fin y al cabo aquella no era
su aldea ni aquellos sus asuntos. Pero mi abuela se empeñó en que era
bastante con la carreta que habían casi cargado, y subieron la
corredoira que llevaba a la parroquia. Cuando llegaron, encontraron a
media aldea, no más de treinta personas, con cara de consternación y
miedo, y a Laura de Laureano con la cara abotagada de llanto y ojos de
desesperación. Su marido, un hombre grande y taimado, de poco hablar,
pedía hombres para hacer una batida porque su chaval, de cinco años,
llevaba desaparecido desde la mañana. Se juntaron un total de veinte
varones que cogieron cada uno lo que encontró a mano: lo mismo el
cuchillo de monte que la hoz, o el fusil, los más afortunados. Mi
abuelo se unió a ellos, a pesar de no pertenecer a la parroquia porque,
aunque nadie osaba decirlo en voz alta, el otoño en el monte siempre
lleva a cuestas la sombra del lobo.
Mi abuela se volvió a casa toda desazón. El orvallo se fue
convirtiendo en una lluvia obstinada, y los goterones le corrían por
los ojos mientras los pies se le hundían en el barrizal del camino.
Cuando llegó estaba empapada y cansada, y empezó a preparar la cena
para los niños mirando por la ventana y repitiéndose que siempre que
llovió paró, que no había por qué preocuparse más, que el niño
aparecería (o no), que mañana sería otro día. Y así fue. Al día
siguiente amaneció un sol tímido de invierno, y el aire era despejado y
claro, pero el abuelo volvió a casa rendido y triste, con sueño y
hambre y frío y pesadez en las pupilas y los pies. No lo encontramos,
dijo, y se fue a acostar sin mediar más palabra. Y tres horas más tarde
volvió a irse carretera arriba, con su navaja mejor y con Leandro, el
vecino de la casa del pinar que, sabedor de la noticia, quiso unirse a
la cuadrilla.
Esa tarde tampoco se encontró al chico, ni a la siguiente, ni a la
otra. Cuando ya habían pasado cuatro días, los rosarios en casa de la
madre se cambiaron por misas mitad de ruego, mitad velorio. Todas las
mujeres y niños del pueblo iban allí, de luto riguroso, y pasaban el
tiempo entre avemarías y velones mientras la madre exprimía las pocas
lágrimas y esperanza que le quedaban. Ellos seguían rastreando el
monte, y ellas seguían rogando a san Roque por el niño, pero a la
salida de la misa y en la taberna, tras la batida diaria, cada vez se
hablaba más de muerte y de frío y de hambre: y, sobre todo, de lobos.
Fue a Marina de Gómez a quien se le ocurrió la idea:
-Vamos donde Carmen de Eladio, que esa es medio meiga, que casó a la
hija de Nicanor, que era fea y tonta, con un embrujo y unas flores
secas.
Esa fue la primera vez que llamaron meiga a mi abuela.
Llegaron cinco mujeres a la casa y entraron en la cocina solemnes,
negras, reclamadoras. Eran Laura, la madre de la criatura, su suegra
Enedina, Marina de Gómez y dos más. Empezó Marina, y la cortó Laura.
Estaba despeinada, loca de rabia y con una remota chispa de esperanza
brillando en los ojos. Me han dicho que tú sabes, empezó, que tú sabes
de cosas, que curas enfermos y casas solteronas. Dime dónde está mi
hijo.
Mi abuela se la quedó mirando asustada, porque lo que tenía delante
ya no era un ser humano, sino un ser de ultratumba que venía exigiendo,
un ser más allá del dolor al que ya no le importaba comer ni dormir, ni
el calor ni el frío, ni su marido ni su otra hija pequeña, de apenas un
año. Laura ya no tenía lágrimas, ni sangre, ni angustia. Sólo tenía un
dolor persistente, lacerante y mórbido, como un moratón en carne de
muerto. Laura ya no quería luchar, como el primer día, ni morir, como
el tercero. Sólo quería encontrar a su hijo, y luego todo daba igual.
Encontrar a mi hijo, vivo o muerto. Dime dónde está. No lo sé, le dijo
mi abuela, no lo sé, ni lo puedo saber, ni creo que lo quiera saber, ni
creo que te convenga saberlo, le dijo, y tenía ganas de llorar mientras
le hablaba. Tienes que ayudarle, dijo Marina de Gómez, está
desesperada, va a hacer cualquier tontería y no puede, porque tiene
otra hija. Tienes que ayudarla para que olvide y siga por su hija. No
puedo, no
puedo hacer nada, no está de Dios que aparezca, respondió mi abuela, y
las lágrimas se agolpaban tras los párpados porque Laura ya estaba
muerta también, nunca volvería a cuidar de su niña, ya era huérfana, y
nadie lo veía. Me da igual que esté de Dios o del demonio, siguió
Laura. A Dios le he rogado día y noche, horas y horas, y no me ha hecho
caso; si tengo que pedírselo al demonio, lo haré, dijo, y las otras se
santiguaron: y mi abuela insistió, Laura, yo no sé esas cosas, pero
Laura le dijo: Tú verás lo que haces, y tomando las tijeras de mi
abuela aseguró: si no me ayudas pronto, me mataré con tus tijeras, para
que nunca olvides que impediste a una madre ver a su hijo enterrado en
cristiano, y con flores en su tumba.
Mi abuela las vio irse con lástima y odio, con temor y ansiedad,
porque ella sí sabía dónde estaba el crío, lo había sabido desde la
primera noche, y sabía que había muerto y cómo había muerto, y del
miedo que había pasado, y del dolor y la locura de verse atrapado y
solo y malherido y sangrante. Mi abuela lamentó la tozudez de los
hombres, su apego a la muerte, que es algo que llega y punto, en lo que
no hay que regocijarse ni congratularse, sino sólo vivirlo y asumirlo
igual que el amor o la suerte, buena o mala. Y lloró porque Laura tenía
una niñita rubia y de ojos verdes, preciosa, que nunca tendría madre,
porque prefirió el dolor a seguir adelante. Y luego de haber llorado, y
dejado a sus hijos al cuidado de Manuel, el mayor, salió al monte.
Caminó y caminó hasta llegar a la iglesia de Quirós, y luego siguió
hasta la casa de Laura, y atravesó por un naval de atrás, tapizado de
una hierba tan verde, jugosa y crujiente que daba gloria verla. Y cruzó
prados y prados hasta llegar a la suave ladera del monte Camoeiro, y
fue ascendiendo entre helechos y zarzas, y toxos y pinos, hasta llegar
a la zona donde estaban las viejas minas de wolframio abandonadas.
Situó los túneles cerrados por maleza, los pasadizos ocultos por hojas
secas, y por fin se asomó a un pozo largo y oscuro, de apenas un metro
de diámetro. Desenroscó la cuerda que llevaba, la amarró al pino más
cercano, y con cuidado, fue entrando en el hueco. Cuando tocó fondo,
rozó el cuerpecito del crío, ya frío y húmedo por las heladas, manchado
de sangre el rostro por una herida en la cabeza, y una piernita rota.
Lo cargó a la espalda, y subió de nuevo por la cuerda, con la sensación
de que ascendía al infierno.
Llegó a la casa de Laura con el niño en brazos, cantando una nana. La
madre esperaba en la puerta, con las tijeras en una mano y la otra en
el bolsillo del delantal gris. Aquí tienes a tu hijo, dijo mi abuela.
Entiérralo, cántale responsos y ponle azucenas en la tumba, y luego
vuelve a casa, a encender el fuego, preparar el caldo, calentar tu cama
y cantar nanas a tu niña. Has hecho lo que te pedí, meiga, contestó,
fría y sorda. Pero demasiado tarde, dijo la suegra. Sí, añadió Marina
de Gómez; si sabías dónde estaba por qué no lo dijiste antes, por qué
no lo salvaste, meiga. Mi nieto, mi nieto, por qué lo quisiste muerto y
no vivo, chillaba la suegra, por qué, nada te hicimos. Tú sirves al
diablo, meiga del demonio, meiga de los muertos, no de los vivos. Ella
me ha traído lo que le pedí, respondió Laura, callaos, es mi hijo, no
el vuestro. Tengo su cuerpo, para enterrarlo en lugar santo. La meiga
hizo lo que le mandé.
Mi abuela volvió sola a casa. Besó a sus hijos, besó a su marido y se
acostó, pero no durmió. Cuando despertó, todo era normal menos por un
detalle: Luis, el mediano, el de seis años, había desaparecído. Cuando
lo encontraron, ya era tarde. Apareció en la cama del hijo de Laura,
con las tijeras de mi abuela clavadas en el corazón, y Laura abrazada a
él, también desangrada. Meiga, parecía decir, aquí lo tienes. Cántale
responsos, plántale azucenas y canta nanas a los otros cuatro. Cúbrelo
de tierra, ponle una cruz, y vete a hacer la cena y a calentar tu cama.
Entierra y olvída, si puedes, decían sus ojos fijos, aún abiertos.
Entierra y olvida, meiga. Entierra y olvida.