El mendigo, un relato religioso.

 
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El mendigo, un relato religioso.
 
 
EL MENDIGO
Eramos la única familia en el restaurante con un niño. Yo senté a Leonel en una silla para chicos y me dí cuenta que todos
estaban tranquilos comiendo y
charlando.
De repente, Leonel pegó un grito con ansia y dijo: "Hola amigo!"
Golpeando la mesa con sus gorditas manos. Sus ojos estaban bien abiertos
por la admiración y su boca mostraba la falta de dientes en su encía. Con mucho regocijo él se reía y se retorcía. Yo miré
alrededor y vi la razón de su
regocijo. Era un hombre andrajoso con un abrigo en su hombro; sucio, grasoso y roto.
Sus pantalones eran anchos y con el cierre abierto hasta la mitad y sus dedos se asomaban a traves de lo que fueron unos zapatos.
Su camisa estaba sucia
y su cabello no había recibido una peinada por largo tiempo. Sus patillas eran cortas y muy poquitas y su nariz tenía tantas
venitas que parecía un mapa.
Estábamos un poco lejos de él para saber si olía, pero seguro que olía mal.
Sus manos comenzaron a menearse para saludar. "Hola bebito, ¿cómo estás, muchachón?" le dijo el hombre a Leonel.
Mi esposa y yo nos miramos, "¿Qué hacemos?". Leonel continuó riéndose y contestó: "Hola, hola amigo."
Todos en el restaurante nos miraron y luego miraron al pordiosero.
El viejo sucio estaba incomodando a nuestro hermoso hijo. Nos trajeron nuestra comida y el hombre comenzó a hablarle a nuestro
hijo como un bebé.
Nadie creía que era simpático lo que el hombre estaba haciendo. Obviamente él estaba borracho. Mi esposa y yo estábamos avergonzados.
Comimos en silencio; menos Leonel que estaba súper inquieto y mostrando todo su repertorio al pordiosero, quien le contestaba
con sus niñadas.
Finalmente terminamos de comer y nos dirigimos hacia la puerta.
Mi esposa fue a pagar la cuenta y le dije que nos encontraríamos en el estacionamiento.
El viejo se encontraba muy cerca de la puerta de salida.
"Dios mío, ayúdame a salir de aquí antes de que este loco le hable a Leonel", Dije rezando, mientras caminaba cercano al hombre.
Le di un poco la espalda tratando de salir sin respirar ni un poquito del aire que él pudiera estar respirando.
Mientras yo hacía esto, Leonel se volvió rápidamente en dirección hacia donde estaba el viejo y puso sus brazos posición de
"cárgame".
Antes de que yo se lo impidiera, Leonel se avalanzó desde mis brazos hacia los brazos del hombre.
Rápidamente el muy oloroso viejo y el joven niño consumaron su relación amorosa.
Leonel en un acto de total confianza, amor y sumisión recargó su cabeza sobre el hombro del pordiosero. El hombre cerró sus
ojos y pude ver lágrimas corriendo
por sus mejillas.
Sus viejas y maltratadas manos llenas de cicatrices, dolor y duro trabajo,
suave, muy suavemente, acariciaban la espalda de Leonel. Nunca dos seres se habían amado tan profundamente en tan poco tiempo.
Yo me detuve aterrado. El hombre viejo se meció con Leonel en sus brazos por un momento, luego abrió sus ojos y me miró directamente
a los míos.
Me dijo en voz fuerte y segura: "Usted cuide a este niño."
De alguna manera le contesté: "Así lo haré" con un inmenso nudo en mi garganta.
El separó a Leonel de su pecho, lentamente, como si tuviera un dolor.
Recibí a mi niño, y el hombre viejo me dijo:
"Dios le bendiga, señor. Usted me ha dado un hermoso regalo."
No pude decir más que un entrecortado "gracias".
Con Leonel en mis brazos, caminé rápidamente hacia el coche.
Mi esposa me preguntaba por qué estaba llorando y sosteniendo a Leonel tan apretadamente, y por qué yo estaba diciendo:
"Dios mío, Dios mío, perdóname."
Yo acababa de presenciar el amor de Cristo a través de la inocencia de un pequeño niño que no vió pecado, que no hizo ningún
juicio; un niño que vió un
alma y unos padres que vieron un montón de ropa sucia.
Yo fui un cristiano ciego, cargando un niño que no lo era.
Yo sentí que Dios me estuvo preguntando:
"¿Estás dispuesto a compartir tu hijo por un momento?"
Cuando El dió a su hijo por toda la eternidad.
El viejo andrajoso, inconcientemente, me recordó:
"Les aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él." (Lucas 18:17)
"La sonrisa de un niño lleva impresa la firma de Dios".