CAMBIO DE RASANTE

 
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CAMBIO DE RASANTE
 
 
Cambio de rasante

El coche salió de la curva chillando y levantando el polvo de
la cuneta.
Después del violento tirón que los había echado hacia la
izquierda, alzándolos casi de los asientos, volvieron a
acomodarse los cuatro en sus sitios, aunque siguió meciéndolos
un ligero y dulce vaivén. Llevaban abiertas todas las ventanillas
y el aire se cruzaba allí dentro vertiginosamente y podían
sentirlo en todo el cuerpo, pero aquellas bocanadas de aire
pesado y caliente les hacía sudar todavía más, les sofocaban,
parecían quemarles. La chapa metálica ardía allí en el borde si
uno apoyaba distraídamente un brazo o ponía la mano. El sol
inundaba todo el cielo de un color amarillo o calizo, denso e
inmóvil; amarillo y sólido como el color de la tierra que se
extendía o se apretaba en torno a la línea blanca de la
carretera, sólo azuleada, ocre o parda, en la lejanía.
Ni un árbol, ni un pájaro. La nube de polvo levantada de súbito
por las ruedas derechas del coche al salirse de la curva era
rápidamente absorbida y como disuelta por el mismo fuego
reverberante y líquido que parecía salir del asfalto. Se habían
callado todos por un momento, sólo ese momento en que el
conductor ha de darle muy rápidamente al volante todo a la
izquierda, sin dejar de acelerar, incluso apretando más a fondo,
mientras nosotros nos vemos volcados hacia el otro lado y el
mundo pasa volando a nuestro alrededor y no sentimos de él más que
ese grito enervante y gozoso de las potentes llantas luchando
sobre el suelo.
Y justo al salir de la curva fue cuando lo vieron allá arriba,
en la cima de la pequeña cuesta hacia la que ahora enfilaba
aquella breve recta.
Crecía el rugido del motor al tiempo que aumentaba la velocidad
del automóvil, y por un momento este estruendo apagó la
estridente música de la radio y enmudeció el monótono y agobiante
quejido de las cigarras entre los rastrojos. La chica que iba
delante se echaba sobre el conductor señalándole el final del
hilo de la carretera, gritando "¡Mira, ahora¡", y su risa
empezaba a ser nerviosa y falsa. "¡Ahí lo tienes, ahí lo
tienes¡", le animaba, cogiéndole los brazos. También uno de los
que iban en el asiento trasero medio se incorporaba en ese
momento y chillaba: "¡Vamos, hazlo! ¡Hazlo ahora! ¡Hazlo...¡",
con la mirada encendida y fija allá arriba. El muchacho que iba
al volante ya lo había visto, lo había visto bien. Tenía las
manos húmedas, mojadas casi, y las frotó sobre la tela del
pantalón, suave, lentamente, una, dos veces, para tomar el aro
del volante y apretarlo. Gotas frías de sudor caían de sus
axilas, las sentía correr por sus costados, surcos interminables.
Empezó a sonreír, callado. Sólo en un segundo vio todo lo que
tenía que ver: La carretera libre y vacía en aquel trecho que los
separaba del cambio de rasante, lejanos fulgores de los coches
que venían de frente allá en el punto en que la carretera volvía
a aparecer, a la derecha, y nada todavía atrás, a través del
espejo retrovisor.
Era un tramo de carretera completamente recto, de unos
trescientos o cuatrocientos metros, con la señal de
"adelantamiento prohibido" al comienzo de la suave cuesta y la
cinta amarilla que separa las dos direcciones perfectamente
dibujada en el centro.Allá arriba la carretera se estrechaba y
parecía también terminar, como cortada del paisaje y sin
continuación ni final. Sólo aquella pequeña línea horizontal
reverberante e hipnótica, abierta sobre el fondo blanco del
cielo.
Los cuatro ocupantes del coche lanzado ya a ciento treinta
kilómetros por hora tenían la mirada clavada en aquella línea,
en aquella abertura, en aquella boca de ocho metros de anchura
que iban a traspasar dentro de quince o veinte segundos.
El chico desafiante y alegre que iba sentado detrás de la
muchacha empezó a reír a carcajadas, mientras palmeaba
frenéticamente al borde del asiento delantero y le echaba a ella
los brazos al cuello o jugaba a taparle los ojos. "¡No mires, no
mires ahora¡", forcejeaba. "¡Déjame¡", se desasía la mujer,
saltando en el asiento, "¡quiero ver lo que aparece por ahí¡",
chillando, riendo y llorando: "¡ah..., ah..., venga, venga...¡"
Sólo el tipo taciturno que se sentaba justamente detrás del
conductor se hundió más en su asiento y guardó silencio, pálido,
quieto, apretando su cigarrillo entre los dientes, y acaso fue
el único que se dio cuenta de que empezó a encenderse el
intermitente de la izquierda. "¡Ahora, ahora...¡", jadeaba la
chica.
El conductor, echado hacia atrás en su asiento, le dio un
ligero tirón al volante y apretó aún más a fondo el acelerador.
Aquel rugido que oía era el batir de su corazón en la garganta,
y aquel miedo, aquel terror, era también un placer.
El coche se deslizó hacia la izquierda hasta ocupar
completamente la parte de la carretera correspondiente a la
dirección contraria.
Lanzado a aquella velocidad, silbaba al rozar el asfalto y
elevarse en el aire camino de aquel cielo blanco y abierto, libre
aún por completo al final del desnivel de la carretera, un
brillo, un fulgor de sangre centelleante al sol.
Contenían casi la respiración, anhelantes, divertidos y muertos
de terror, mirando todos ellos aquella línea de cambio de
rasante, esperando, esperando, esperando pasar y pasar pronto.
El coche corría enloquecido por la mitad izquierda de la
carretera cerca ya del final. "¡Ya está, ya está! ¡Vamos, más
rápido, que lo consigues...¡", gritaba el más alegre de todos
ellos, el que se agitaba detrás de la chica, el único que también
lo había hecho una vez, y gritaba cuando todavía faltaban unos
metros, unos segundos o unas décimas de segundo para pasar y
poder ver finalmente lo que había del otro lado. Ella se había
quedado muda de pronto y sus enormes ojos se abrían empavorecidos
mirando hacia allí, al vacío, encogiéndose en su asiento y
ocultándose casi para evitar todo aquello o al menos olvidarlo.
Al conductor le oyeron decir en el último instante, murmurar o
sollozar: "Nos la pegamos, esta vez nos la pegamos...", pero ni
soltó el volante ni se echó a la derecha, ciego. El chico más
callado seguía allí hundido, mordiendo el filtro de su pitillo,
estremecido, consiguiendo únicamente no cerrar los ojos para
echar una última mirada a aquellos que eran sus amigos y al
ardiente cielo que huía tras los huecos de las ventanillas.
Allí estaba el final, abierto, abierto aún y libre, el final
por el que iba a aparecer una centella o un monstruo como el que
les llevaba a ellos y ellos mismos eran.
Hundidos o alzados en sus asientos, seguían mirando espantados
y sin aliento aquel hueco de aire que iban a atravesar, más allá
del cual nada se sabía ni podía saberse, aunque, todos
adivinaban, ahora, lo sentían ya sobre la piel quemada por el sol
y el viento y en la sangre helada, sí, ahora lo estaban sintiendo
viva, dolorosamente, que lo que allí aparecía en este instante
iba a ser el estallido del mundo, el sol y la tierra que
finalmente han de encontrarse en sus caminos y desintegrarse en
la nada. Todo aquello se veía y se oía, lo estaban escuchando y
lo estaban viendo, sí, iban a verlo ya, rotos en mil pedazos por
los aires en el encuentro de frente a ciento treinta o ciento
cuarenta por hora.
No cerraron los ojos, porque a pesar de todo querían verlo, y
para verlo lo hacían.
Así que el coche pasó el cambio de rasante por la izquierda a
una velocidad tremenda, subió y pasó como un relámpago y lo único
que sintieron luego los muchachos fue ese vacío en el estómago
semejante al que se siente en la montaña rusa al comenzar de
golpe la bajada.
Siguieron corriendo aún un buen trecho sin cruzarse con nadie
y todos iban ahora callados, sin mirarse casi, mirando aún a la
carretera ya perfectamente situados en su mano derecha. El coche
fue parando poco a poco, se detuvo al borde de la carretera, y
seguía oyéndose la música de la radio y muy cercano el canto seco
y vivo de las cigarras. El chico que iba al volante había
empezado a temblar, bañado en un sudor frío; le costó trabajo
fijar el pie en el freno.
En el primer coche que pasó en la dirección que ellos traían,
justo en el momento de detenerse en la cuneta, iba con sus padres
un niño que les saludó alegremente, pero ninguno de ellos lo vio.
Mientras el conductor quedaba agarrado al volante y sollozaba,
la chica y el otro loco se bajaron y empezaron a abrazarse y a
reír histéricamente tirándose por el suelo y arrancando pedazos
de hierba seca. Y el muchacho taciturno, que también había salido
del coche, dio por allí unos pasos cortos con las manos en los
bolsillos y los brazos muy pegados al cuerpo, temblando.
Y pensaba. Sabía que aquello habría que hacerlo todavía una vez
más, y sabía que esa vez sería la última.

Daniel Sueiro nació en La Coruña en 1932. Es periodista y autor
de novelas y cuentos. Ha publicado, entre otros, los siguientes
títulos: "La rebusca y otras desgracias" (1958), relatos; "La
criba" (1961), "Los conspiradores" (1964), Premio Nacional de
Literatura; "Corte de corteza" (1969), Premio Alfaguara);
"Servicio de navaja" (1977). Ha cultivado también el ensayo de
tipo histórico en obras como "El arte de matar" (1968), sobre la
aplicación de la pena de muerte en España; "La verdadera historia
del Valle de los Caídos" (1976 y 1983) y "La flota es roja"
(1984).