EL HOMBRE Y LA VÍBORA

 
EL RELATO MÁS CORTO DEL MUNDO... | CAMBIO DE RASANTE | LA VERDADERA HISTORIA DE UN HIJOPUTA. | CARACOLERÍAS | COSAS NUESTRAS. LA WEB DE RELATOS. | Enlaces y fuentes consultadas | La plancha | Independencia... | La casa de verano | La mancha | REFLEXIONES SOBRE LA MUERTE, O MACABRA OCURRENCIA. | EL CALAMITAERÓSTATO | EL HOMBRE Y LA VÍBORA | CABEZA RAPADA | EL MISTERIO DEL PAPELITO AZUL | El mendigo, un relato religioso. | CAMINANDO DESCALZA POR LOS TRIGALES ANEGADOS. | De mujeres y meigas. | La sombra de las cosas. | El encuentro. | Jardinera. | El casarse pronto y mal. | Visiones. | El inmigrante marroquí. | El secuestro. | Calle Palestina. | Marisa y el mar. | El último lobo. | La línea que marca el final de los sueños... | El cuento de las arenas. | El enamorado de los llanos coralinos. | En el tiempo indeciso. | Esta semana sólo pinto funambulistas | La soga. | Al otro lado del límite. | Clase de Disección. | El disco rojo. | Carta a Mikel. | El niño lobo del cine Mari. | La fraga de Cecebre. | Regalo de aniversario. | ¿Por qué todas las chicas que me gustan se llaman Vete a la Mierda? | El diente roto. | El cargador. | Historieta de amor. | El Cuadro | El agujero de la tortuga | Sentencia de muerte para la grosería | Olvido | Las Miradas | El cuento de la isla desconocida | Cartas para Annie
 
EL HOMBRE Y LA VÍBORA
 
 
El hombre y la víbora

I

Es sabido de antiguo, y ningún hombre sensato e ilustrado se atreverá
a negarlo, que los ojos de la serpiente tienen poderes magnéticos.
Quienes afrontan su mirada se sienten arrastrados hacia ella, a pesar
de su voluntad, y terminan sucumbiendo miserablemente a su fatal
mordedura.
En bata y pantuflas, recostado cómodamente en un sofá, Harker Brayton
sonrió al leer la frase precitada en las viejas Maravillas de la
ciencia, de Morryster. "La única maravilla -se dijo a sí mismo- es que
los hombres sensatos e ilustrados del tiempo de Morryster hayan creído
en semejante pamplina, que hoy rechaza hasta el más ignorante."
Pensó en ello -porque Brayton era un hombre reflexivo- e
inconscientemente bajó el libro sin cambiar la dirección de su mirada.
No bien bajó el libro, que se interponía entre sus ojos y el rincón
oscuro de la habitación, algo le llamó la atención.
En la sombra, junto a la parte inferior de la cama, vio dos puntitos
luminosos a una pulgada de distancia uno de otro. Bien podían ser el
reflejo del mechero de gas, que tenía encima, en las cabezas de dos
clavos de metal. No hizo caso y prosiguió leyendo. Momentos después,
por algún impulso que no se le ocurrió analizar, bajó de nuevo el libro
en busca de lo que había visto antes. Los puntos de luz continuaban
allí, más resplandecientes, con un fulgor verdoso que no había
observado al principio. Era posible, también, que se hubieran movido,
estaban un poco más cerca... pero la sombra todavía muy espesa ocultaba
su naturaleza y origen a una atención indolente, y Brayton reanudó su
lectura.
De pronto algo en la lectura le sugirió un pensamiento que le hizo
sobresaltar. Bajó por tercera vez el libro, lo apoyó en el borde del
sofá. Entonces el libro escapó de su mano y cayó al suelo, con la
contratapa hacia arriba. Brayton, incorporado a medias, escrutaba la
sombra acumulada debajo de la cama, allí donde brillaban los puntos de
luz con redoblado fulgor. Ahora su atención se había despertado del
todo, su mirada era ansiosa, imperativa. Descubrió, casi justo a los
pies de la cama, los anillos de una gruesa serpiente: ¡aquellos puntos
de luz eran sus ojos! Por delante de los anillos recónditos, se erguía
la horrible cabeza que descansaba, horizontal y chata, en la vuelta más
alta de la espiral. Esa cabeza apuntaba hacia él. El contorno de la
mandíbula, ancha, brutal, y de la estúpida frente señalaban la
dirección de su perversa mirada. Ya los ojos no eran meros puntos de
luz. Estaban clavados en los suyos con una intención, una maligna
intención.

II

El hallazgo de una víbora en el dormitorio de una casa de la ciudad -
una lujosa casa de una ciudad moderna- no es, por suerte, un hecho tan
común que no requiera explicación. Harker Brayton, hombre de treinta y
cinco años, soltero, estudioso, desocupado, con alguna afición a los
deportes, rico, sano, simpático, había vuelto a San Francisco después
de un extenso viaje por comarcas remotas y exóticas. Como sus gustos,
que siempre fueron un poco sibaritas, se habían exacerbado con tantos
meses de forzado ascetismo, y ni siquiera el Castle Hotel de San
Francisco pudiera satisfacerlos, aceptó de buena gana la hospitalidad
de su amigo el doctor Druring, un distinguido hombre de ciencia. La
casa del doctor Druring, grande y anticuada, en lo que había pasado a
ser un modesto suburbio de la ciudad, tenía un aspecto exterior y
visible de orgullosa reserva. No era posible asociarla con las demás
casas del barrio, ahora tan venido a menos, y daba la impresión de
haber adquirido alguna
de aquellas excentricidades que se desarrollan en el aislamiento. Entre
otras, un pabellón sin ninguna afinidad arquitectónica con el resto del
edificio; por añadidura, opuesto a él en cuanto a sus propósitos,
porque era una combinación de laboratorio, jardín zoológico y museo.
Allí el doctor daba rienda suelta a su vocación científica y estudiaba
las formas de la vida animal que despertaban su interés y satisfacían
sus gustos; interés y gustos, dicho sea de paso, inclinados a las
especies más inferiores. Para caerle en gracia, los animales debían por
lo menos conservar algunas características rudimentarias que los
vincularan a los "dragones de la Edad Primaria". Tal era el caso de los
sapos y las víboras. Indiscutiblemente, las simpatías científicas del
doctor iban dirigidas al orden de los reptiles.
Adoraba las especies groseras de la naturaleza y se definía a sí
mismo como el Zola de la Historia Natural. Su mujer y sus hijas, no
teniendo la ventaja de compartir su esclarecida curiosidad por los
trabajos y las costumbres de nuestros infortunados compañeros, eran
severa e innecesariamente excluidas del llamado serpentario y
condenadas a la compañía de sus iguales, aunque el doctor, hombre de
gran fortuna, atenuaba los rigores de su suerte permitiéndoles
sobrepasar a los reptiles en la magnificencia de su casa y brillar en
ella con mayor esplendor.
Arquitectónicamente, y respecto a "moblaje", el serpentario era de
una austera sencillez, en un todo de acuerdo con la humilde condición
de sus ocupantes, a muchos de los cuales no podía concedérseles sin
riesgo la libertad necesaria para el pleno goce del lujo, porque tenían
el rasgo peculiar y más bien incómodo de estar vivos. En su pabellón,
sin embargo, no los sometían a ninguna sujeción personal fuera de
aquella, mínima, que los protegía contra la funesta costumbre de
engullirse unos a otros. Y era tradicional -a Brayton se lo puso
debidamente en guardia-que algunos aparecieran en lugares donde hubiera
sido difícil explicar su presencia. Eso había ocurrido más de una vez.
A pesar del serpentario y de sus inquietantes asociaciones (a las
cuales, en verdad, prestó poca atención), Brayton se encontraba muy a
gusto en la mansión de Druring.

III

Como no fuera una viva sorpresa y un estremecimiento de repugnancia,
a Brayton no lo conmovió demasiado su hallazgo. Su primer impulso fue
llamar para que acudiera un sirviente: el cordón de la campanilla
estaba al alcance de su mano. Sin embargo, no hizo el menor movimiento.
Un acto semejante haría dudar de su hombría. Y no sentía miedo. Más que
afectado por los peligros de la situación, tenía plena conciencia de su
carácter absurdo. Era indignante, pero ridícula.
Brayton no estaba familiarizado con esa clase de reptiles. Sólo podía
conjeturar su longitud. El cuerpo, en la parte más visible, tenía casi
el grosor de su antebrazo. ¿De qué manera era peligrosa, en caso de
serlo? ¿Era venenosa? ¿Era constrictora? No podía decirlo. Ignoraba las
señales que indican los peligros de la naturaleza. Nunca había
descifrado ese código.
Si no peligrosa, aquella criatura era por lo menos ofensiva. Estaba
de trop, "fuera de lugar". Era una impertinencia, una gema indigna de
su engarce. Aquel pedazo de vida salvaje de la jungla desentonaba con
la casa, pese al gusto bárbaro de nuestra época y de nuestro país que
atesta las paredes de cuadros, el suelo de muebles y los muebles de
cachivaches. Además -¡oh idea insoportable!- las emanaciones de su
aliento emponzoñaban la atmósfera que él estaba respirando.
Estos pensamientos comenzaron a perfilarse con mayor o menor nitidez
en el espíritu de Brayton y lo movieron a actuar. El proceso es lo que
llamamos consideración y decisión. Por su causa, obramos juiciosamente
o tontamente. Por su causa, la hoja marchita en la brisa de otoño
demuestra mayor o menor inteligencia que sus compañeras, cayendo en el
prado o en el lago. El secreto de las acciones humanas es un secreto a
voces: algo contrae nuestros músculos. ¿Importa, entonces, que demos a
los cambios preparatorios de las moléculas el nombre de voluntad?
Brayton se levantó, dispuesto a alejarse discretamente de la víbora,
de ser posible sin molestarla, y salir por la puerta. Así se aparta la
gente en presencia de los grandes, porque la grandeza es poder, y el
poder una amenaza. Supo que podía sin equivocarse caminar hacia atrás.
En caso de que el monstruo lo siguiera, habría de utilizar el gusto que
cubrió de pinturas las paredes e incluyó también una panoplia de
sanguinarias armas orientales: de allí podía arrancar la que más
conviniera a las circunstancias. Miencras tanto, los ojos de la víbora
ardían perversos e implacables como nunca.
Alzó el pie derecho para retroceder. En ese momento tuvo vergüenza de
sí mismo.
"Me toman por valiente -pensó-. ¿Es que el valor es sólo orgullo?
¿Por que no haya nadie que me vea no tendré vergüenza de retroceder?"
Apoyando la mano derecha en el respaldo de una silla, con el pie
derecho en el aire, refrenó su impulso.
-¡Absurdo! exclamó en voz alta-. No soy tan cobarde como para tener
miedo de parecer cobarde a mis propios ojos.
Alzó un poco más el pie, doblando apenas la rodilla y lo plantó
rotundamente en el suelo, a una pulgada del otro. No supo cómo ocurrió.
Una prueba con el pie izquierdo dio el mismo resultado. Otra vez le
llevaba la delantera al derecho. Aferraba el respaldo de la silla, el
brazo tenso, como tratando de alcanzar algo que se hallara a sus
espaldas. Se hubiera dicho que se resistía a perder su apoyo. La cabeza
maligna de la serpiente continuaba en la misma posición, erguida sobre
el anillo más alto, pero sus ojos lanzaban chispas eléctricas,
infinitas agujas luminosas.
Brayton estaba de color ceniza. Avanzó en vez de retroceder, primero
un paso, después otro, casi arrastrando la silla, que por fin cayó al
suelo estrepitosamente. Brayton lanzó un quejido. No así la víbora,
inmóvil, silenciosa, pero sus ojos eran dos astros enceguecedores. El
reptilismo estaba oculto por ellos. Irradiaban ondas concéntricas de
ricos y vivos colores; al crecer, los círculos, cada vez más amplios,
se esfumaban en el aire como pompas de jabón; parecían acercarse a su
propia cara, y de pronto estaban a una distancia incalculable. En
alguna parte oía el repetido latir de un gran tambor, con súbitas
irrupciones de una música lejana, inconcebiblemente dulce, como las
notas de un arpa eólica. En aquella música reconocía el canto del sol
naciente que es la estatua de Memnón y pensó que estaba en el Nilo,
entre los juncos, escuchando con arrebato ese himno inmortal que llega
hasta nosotros desde el silencio de los siglos.
Se detuvo la música. Poco a poco, por grados apenas perceptibles, se
fue transformando en el lejano retumbar de una tormenta que ceja. Sus
ojos vieron un paisaje brillante de sol y, lluvia cuyo vívido arco
iris, en su curva gigantesca, enmarcaba un centenar de ciudades
visibles. En segundo plano, una enorme serpiente, señalada por una
corona, alzó la cabeza de sus gruesos anillos y lo miró con los ojos de
su madre muerta. De súbito este paisaje encantador se elevó
rápidamente, como el último telón de un teatro, y se esfumó en el
vacío. Algo le golpeó con violencia la cara y el pecho. Se había caído.
La sangre manaba de su nariz rota y los labios magullados. Por un
momento quedó aturdido, con los ojos cerrados, la cara contra el suelo;
después volvió en sí, y entonces comprendió que su caída, al obligarlo
a desviar los ojos, había roto el hechizo que lo subyugaba; comprendió
que ahora, manteniendo apartada la mirada, podría retroceder. Pero la
idea de la serpiente todavía
invisible, a pocos pasos de su cabeza, quizás en el preciso instante de
saltar sobre él y enroscársele al cuello, era demasiado horrible. Alzó
la cabeza, de nuevo clavó los ojos en esos ojos malignos, y cayó otra
vez bajo el hechizo.
La víbora continuaba inmóvil, y hubiérase dicho que de algún modo
había perdido el poder que ejercía sobre su imaginación. No se repetían
los espléndidos ensueños de momentos antes. Bajo aquella chata y
estúpida frente, las cuentas negras de los ojos se limitaban a
resplandecer como al principio, con una expresión indeciblemente
maligna. Era como si el animal, seguro de su triunfo, hubiera resuelto
no practicar ya sus encantamientos.
Ahora viene una escena atroz. El hombre, postrado en el suelo, muy
cerca de su enemigo, levanta la parte superior del cuerpo, apoyándose
en los codos, la cabeza echada hacia atrás, las piernas completamente
extendidas. Hay manchas de sangre en su cara pálida, los ojos
desorbitados. De sus labios salen burbujas de espuma. Fuertes
convulsiones le sacuden, dando casi a su cuerpo ondulaciones de
serpiente. Se arrastra sobre la cintura, moviendo las piernas de lado a
lado. Y cada movimiento lo aproxima un poco más a la víbora. Aunque
estira las manos hacia adelante para retroceder, avanza constantemente
sobre los codos.

IV

El doctor Druring y su mujer estaban sentados en la biblioteca. El
hombre de ciencia parecía de muy buen humor.
-Por intercambio con otro coleccionista -dijo- acabo de obtener un
espléndido ejemplar de la ophidiophagus.
-¿Qué es eso? -preguntó su mujer con desgano.
-¡Dios mío, qué ignorancia tan profunda! Querida, si un hombre
después del matrimonio comprueba que su mujer no sabe griego, tiene
derecho a pedir el divorcio. La ophidiophagus es una víbora que se come
a otras víboras.
-Espero que se coma a todas las tuyas -dijo ella distraídamente,
mientras ajustaba la pantalla de una lámpara-. Pero ¿cómo hace para
comérselas? Encantándolas, supongo.
-Eso es muy tuyo, querida -dijo el doctor con afectada impaciencia-.
Sabes hasta qué punto me irrita cualquier alusión a la creencia que
tiene el vulgo en el poder fascinador de las serpientes.
Los interrumpió un grito poderoso que recorrió el silencio de la casa
como el aullido de un demonio en una tumba. Volvió a oírse una y otra
vez, con nitidez horrible. Saltaron de sus asientos, el hombre turbado,
la mujer enmudecida de espanto.
Poco antes de que se hubieran apagado los ecos del último grito, el
doctor ya estaba fuera de la habitación y subía las escaleras de dos en
dos. Frente al dormitorio de Brayton, encontró en el corredor algunos
sirvientes que habían acudido del último piso.
Todos juntos se abalanzaron sobre la puerta, que estaba cerrada sin
pestillo. Brayton yacía de bruces en el suelo, muerto, con la cabeza y
los brazos debajo de la cama. Arrastraron el cuerpo y lo volvieron de
espaldas. Tenía el rostro lleno de sangre y de espumarajos, y los ojos,
fuera de las órbitas, miraban fijamente.
-Murió de un síncope -dijo el doctor, doblando una rodilla y posando
la mano sobre el corazón del muerto. Mientras estaba en esa actitud,
miró sin querer debajo de la cama-. ¡Dios santo! -agregó- ¿Cómo pudo
llegar esto hasta aquí?
Estiró el brazo debajo de la cama, sacó la víbora y la arrojó,
todavía enroscada, al centro del cuarto. Con un sonido áspero,
susurrante, el animal resbaló por el suelo encerado hasta chocar con la
pared, donde quedó inmóvil. Era una víbora embalsamada. Sus ojos dos
botones de zapato.