La casa de verano

 
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La casa de verano
 
 
CASA DE VERANO
Nuria Amat
Recostaré la escalera en el tejado y despistaré a la muerte,
dice
Tom.
Mientras dormimos el mundo vuelve a nacer de nuevo como la
hierba
recién cortada. Cuando despertamos el olor a musgo invade la
habitación
más fría de la casa.
La luna que atraviesa la ventana tiene la cara de mi madre, dice
Moni.
Pero las migas que caen encima de las sábanas le quitan el sueño
y
ella dice: Mejor así. El sueño siempre me habla de muertes.
En el jardín de la casa de verano había un árbol con cuatro
ramas
parejas. Le llamábamos el árbol del ahorcado. Un árbol con una leyenda
menos triste que la nuestra.
Cuando reímos buscamos las cosquillas de Tom. -Bastardo!, dice
el
abuelo. -Criminal!, sigue gritando, junto al camino de la iglesia,
cuando
el cura ya no puede oirle. Entonces el abuelo se santigua con la mano
derecha, la misma mano que peca y borra los pecados.
Mañana subiremos al árbol del ahorcado, dice Moni, a ver qué
pasa.
Ella espera que el árbol sea como un avión que nos traslade al otro
mundo.
Y yo le digo: Qué mundo si no hay otro.
Moni es una incrédula. Tiene las manos azules y las uñas rotas.
Pero en lugar de arañarnos las piernas con la corteza del árbol,
preferimos ir al cementerio y ver el mar desde la cuna de los muertos.
A
esperar la luna, dice Moni.
Una vez al mes el chófer del abuelo nos llevaba en coche a
Barcelona
a visitar a mi madre. La abuela agitaba una y otra vez la botella de
colonia sobre nuestras cabezas segadas como la hierba. Por lo menos
que
olaís bien, decía muy bajito. Luego, el coche torcía por la carretera
de
la costa y se detenía delante de un edificio gris, junto a la jefatura
de
policía.
En la puerta hay unas letras doradas que no se entienden.
Tom y yo leemos: Tribunal de Menores. Pero seguimos sin entender
qué
hacen juntas estas dos palabras tan opuestas.
La guardiana de niños viste una chaqueta azul oscuro y sus
hombros
están nevados por un polvo blanco que le cae del pelo. La nieve mata a
las
personas, dice Moni. Durante varios años la mujer casposa del Tribunal
de
Menores es la espía de nuestras visitas íntimas y secretas.
Mi madre nos está esperando sentada en una silla.
Mi madre es como Rita Hayworth, dice Tom.
No, dice Moni.
Pero, en verdad, se parece a las estrellas de las películas.
En la oficina del Tribunal de Menores besamos a mi madre y nos
sentamos en las tres sillas colocadas a una distancia relativa de sus
piernas. Ni demasiado cerca ni demasiado lejos. La guardiana-espía
nunca
permite que el abrazo de mi madre sea como la nube eterna que te cae
encima y te ciega los pecados. Esos apretones no estan contemplados en
el
documento legal, decía. Pero la sonrisa de mi madre no estaba
prohibida
por el juez del Tribunal de Menores y una hora cada mes mi madre
sonreía
como la luna blanca de la casa de verano.
Los muertos saben más que nosotros, dije.
No debes decir estas cosas o te tomarán por loca.
Tom quiere protegernos de la ira del abuelo. Porque aquí existen
dos
dictadores al mismo tiempo. El pequeño dictador familiar y el otro
gran
dictador, lejano e invisible. El invisible vive en centro del estado y
sólo se le puede ver en el cine. Antes de la película, nos enseñan las
imágenes del general dictador mientras pasea por su finca de invierno
o de
verano. Camina como el abuelo, con su escopeta al hombro y pisando los
arbustos del bosque de la casa de verano.
La casa de Moni y Tom está hecha con películas de actrices que
sufren y se inquietan intentando parecerse a mi madre.
Yo nunca he visto a una mujer más guapa, dice Tom.
Moni y yo decimos que sí con la cabeza.
Hablar de mi madre está prohibido en casa del abuelo. Pero la
luna
protege el cerebro de lo prohibido. Por la noche intercambiamos
estampas
invisibles. Este es mi padre, decimos. Y nuestras manos están vacías.
Tan
solo traspasamos pensamientos.
La abuela tiene en la cara dos surcos de lágrimas secas. La
abuela
habla sola. Es una abuela muda.
El abuelo dice: si no soportas esta casa, ordena la despensa.
Y la abuela obedece y ordena una y otra vez todos los armarios
de la
casa de verano.
En invierno tampoco tenemos casa porque a Moni y a mi nos mandan
al
internado de las madres francesas y a Tom al internado de los hermanos
de
la Doctrina Cristiana.
Las vacaciones son como postres castigados. Cuando llega la hora
esperada no hay nada para ti encima de la mesa.
Moni siempre está temblando, sea invierno o verano. Al abuelo,
los
tembleques de Moni le ponen nervioso. Siempre serás una desgraciada,
me
dice a mí que en lugar de temblar, hablo desordenando las palabras,
como
si acabara de salir de un orfelinato, dice el abuelo.
Es un abuelo de misa y comunión diaria. Nosotros le acompañamos
a la
iglesia cuando nada en el mundo se detiene ni estropea para poder
evitarlo.
Un domingo al mediodía subíamos por la escalera de la pérgola.
La
abuela seguía muda pero Tom llevaba en sus brazos el tren eléctrico
que le
había regalado mi madre por su cumpleaños. El tren eléctrico era el
segundo sueño de Tom. En primer lugar, estaba el sueño de mi madre e
inmediatamente después, el tren eléctrico. Ya no quería nada más.
Mientras
subía las escaleras de la pérgola, Tom casi sonreía y la abuela casi
hablaba y Moni y yo todavía aun no habíamos empezado a temblar de
miedo.
El mar seguía viéndose desde la casa como un espejo lejano y plateado
cuando, de pronto, apareció el abuelo en la escalera de la
pérgola. -Dios
mío!, pensé. Pero ¿para qué decir Dios mío si él nunca venía a
salvarnos?
El abuelo sólo dijo: Dáme esto. Porque en manos del abuelo el
tren
eléctrico ya había dejado de tener nombre y propietario. Y Tom tuvo
que
dejar el tren en el suelo. Antes en el suelo que en las manos del
abuelo,
pensó Tom. Pero ¿para qué, Dios mío? La bota del abuelo aplastó
durante
varias veces consecutivas el tren eléctrico de mi madre. Destrozó el
regalo de Tom.
Cada patada al tren es una patada en la cara de luna de mi
madre,
pensé.
Tom dice que ese odio del abuelo hacia mi madre solo tiene una
explicación. El abuelo la desea, dice Tom hablando como debería
hacerlo un
padre de carne y hueso.
Moni no quiere creerlo. Dice: A mi no me importaría morir. Y
cuanto
le viene en gana traga su respiración y se hace la muerta. Mi técnica
para
escapar a la misas del abuelo consiste en ponerme un dedo en la
garganta y
vomitar la cena antes de acostarme.
Cuando está de buenas, el abuelo nos coloca en fila india. Una
mano
encima de la cabeza de Tom y la otra mano sobre nuestras dos cabezas.
Dice: El idiota de Tom debería tener vuestra cabeza y vosotras la
cabeza
idiota de Tom. Todo está al revés en esta casa.
Las pisadas de la abuela desaparecían en la cocina. Se daba
golpes
con las puertas mientras escapaba a la posible amenaza del abuelo. La
abuela cantaba muda.
Un gorrión ha volado esta mañana
ven a mis manos gorrión
te daré comida con mis labios
sube a mi...
Y aquí enmudecía la abuela. Siempre teníamos miedo. La abuela
tenía
más miedo que nosotros porque llevaba más años soportando los golpes y
las
patadas del abuelo.
¿Donde está la tijera de podar?, grita el dictador pequeño.
No sé, responde la abuela muda y preocupada.
La abuela olvida cosas. Los golpes del abuelo le han arrancado
parte
del cerebro y ahora tiene una memoria breve. Una memoria que es como
una
caja de música. Se abre y se cierra.
-Cómo qué no sabes!, grita el dictador doméstico.
La abuela ya no responde. Se ha cerrado por dentro y se le ponen
nubes en los ojos como un gorrión pequeño.
Entonces el abuelo le da una bofetada. Primero la golpea en la
cara,
luego en la espalda y en el pecho. Y, después, cuando la mano le duele
de
tanto pegar a la abuela, comienzan las patadas.
Mi padre debería venir aquí y salvar a la abuela.
Ya no vive en España, dice Tom.
El abuelo se comió a mi padre. Ahora es un bon vivant. Así es
como
lo llaman en París. Un insalvable.
Entonces llega el jardinero con la maldita tijera de podar del
abuelo en las manos.
Deberíamos ponernos todos a llorar pero por mucho que rasquemos
en
la herida ya no nos salen lágrimas. Los golpes del abuelo cada vez
duelen
menos. Son golpes benditos y santificados como las regañinas de la
iglesia.
El cura nos increpa desde el púlpito. -Necios y pecadores!,
dice.
De fuera nos llegan voces. Tu madre tiene una amante, un amante
que
es una mujer vestida de hombre, cuentan las voces que vienen de
Barcelona.
¿Qué es una amante?, pregunta Moni. Ella cree que las voces se
equivocan.
Las voces hablan como tú, me dice. Desordenando palabras.
Tengo un armario en la cabeza. Mientras la abuela trastea en la
dispensa yo cambio de lugar el cajón de la memoria.
Por culpa de las voces decidimos escaparnos. La primera vez nos
vamos Tom y yo. Es muy fácil, dice Tom. Bajamos hasta la carretera y
luego
caminamos por la playa, siguiendo la vía del tren, hasta llegar a
Barcelona.
Tenemos dos propósitos. Uno, dice Tom: entrar en un cine y
buscar a
mi madre en las películas. Dos, digo yo: buscar a la amante de mi
madre.
Ahora tenemos dos madres, le digo a Tom dándole un codazo de
amiga y
compañera.
A la altura de Mongat, cuando la luna rota empieza a asomarse
por
encima de la carretera, dos hombres dan con nosotros. Tras de ellos
viene
el chófer compungido del abuelo.
Volveremos a escaparnos, dice Tom.
La fotografía de mi madre sigue oculta entre los dobladillos de
mi
ropa. Cada día le invento un escondite nuevo. Está arrugada y rota por
los
bordes pero es el único recuerdo de ella que tenemos. Ahora ya
conocemos
el significado de la palabra republicano, mayoría de edad, dictador y
tribunal de menores.
Durante las visitas breves a mi madre procuro robarle su
perfume. Yo
su mirada, dice Tom. Yo su piel, dice Moni que tiembla como una perdíz
o
un conejo.
Cuando el abuelo cargaba los cartuchos de perdigones en los
cañones
de su escopeta de caza, nosotros nos quedábamos en nuestros puestos.
Ya no
teníamos miedo. Moní decía: Algún día le serviremos de diana, seguro.
Algún día hará puntería con nosotros, insistía Tom.
Para el punto de mira del abuelo nosotros éramos Antoni, Isabel
y
Montserrat. Por este órden. El resto de la casa nos llamaba con
nuestros
nombres verdaderos.
¿Cuándo morirá el abuelo?, nos preguntamos cada verano. Pero los
dictadores tardan en morir o eso es lo que parece porque los días y
las
noches suelen ser más largos cuando ellos permanecen ocultos y al
acecho
con sus escopetas negras de caza. Y el frío es un frío más gélido. Te
come
los huesos y andas encogida como la abuela. En lugar de uno, la abuela
nos
pone tres sueters de lana, por si acaso. Y, además, unos peucos
tejidos
por ella para abrigarnos los pies. Siempre es mejor prevenir. Te
puedes
morir de un resfriado.
En el miedo nos sentimos como peces en el agua. A Moni y a mi el
abuelo nos ataba a la silla de la cocina como si fuéramos ladrones
sorprendidos en pleno robo. El abuelo tiraba de nuestros brazos y con
las
cuerdas del cajón de la cocina ataba nuestras muñecas a la silla. Tu
no te
metas, le decía a la abuela muda. Este castigo podía durar varias
horas
seguidas. No había permiso para ir al servicio y todo debía hacerse en
el
asiento de la silla. Como animales. Eso dice el abuelo, como cerdos en
las
porquerizas.
Desde la ventana Tom nos mandaba estampas invisibles. Pronto
podremos escaparnos. Pronto morirá el abuelo. Os lo prometo.
Las promesas de Tom eran postales que llegaban de un país dulce
y
delicado.
En la casa de verano no teníamos amigos. Un abuelo dictador
convierte la familia en una isla. Con un abuelo semejante no queda más
remedio que esconderse de los amigos. Cada posible amigo nuestro
hubiera
podido convertirse en una pieza de caza en la diana del punto de mira
del
abuelo. Como teníamos miedo nos apartábamos de los posibles amigos del
vecindario. Ellos nos miraban con caras encogidas y recelosas. El más
valiente, el chico del molino del agua, se atrevió a subir al árbol
del
ahorcado y desde allí nos tiraba piedras como si fuéramos gansos o
ratas
de cloaca.
Tom dejó el libro que estaba leyendo y salió disparado hacia el
árbol. Una piedra le dió en la sien, la otra en la costura más antigua
de
sus pantalones viejos. Aún así, Tom alcanzó el pie del posible amigo
de la
casa de verano y lo hizo caer al suelo. Allí se enzarzaron en una
pelea
digna de las mejores peleas del abuelo. El chico del molino del agua
escapó llorando, saltó la alambrada de espinos y siguió corriendo por
el
camino del barranco viejo. Sabíamos que pasarían cosas. Cuando
empezaba
una le seguía otra peor. Asi es la vida, dice la abuela.
Después de la guerra todo ha sido en vano, dice también la
abuela
muda.
Al rato, el padre del posible amigo vino a quejarse al abuelo.
Su
nieto ha pegado a mi hijo, le cantó susurrando en su oreja buena.
Entonces
sabíamos que algo terrible iba a suceder una vez hubiéramos terminado
el
almuerzo y el vecino del molino del agua tuviera puesto su oído en la
bajada del barranco viejo. El abuelo abandonó el tenedor con el último
trozo de carne clavado aun en los dientes de la horquilla. Se levantó
de
la mesa y, con la servilleta colgándole de los botones de la camisa,
se
quitó el cinturón de cuero. Ven aquí, dijo. Y Tom fue adonde le
llamaba el
abuelo. Lo va a matar, dijo la abuela muda. Moni temblaba y yo me
comía
todas las palabras del almuerzo. Voy a vomitar, dije. Pero resistí la
escena del casi asesinato. El abuelo incrustaba su cinturón de cuero
contra Tom. Le asestó una infinidad de latigazos. Pero Tom no soltaba
una
lágrima. La resistencia de Tom enfurecía aún más al abuelo que tenía
la
cara colorada como dos diablos juntos.
El dictador se muere, decía yo en vano para que se cumplieran
mis
palabras.
Las almas reposaban en los cementerios y ninguna era capaz de
moverse un poco y venir hasta aquí para salvarnos. Mis frases se
mecían en
el tic tac del reloj del comedor. Lentas y asustadas.
El abuelo golpeaba a Tom hasta que su brazo dolorido de dar
tantos
latigazos terminó por agarrotar la mano del pecado.
Al poco rato, el abuelo rezaba el rosario contando ave marias
sonoras en la capilla de la casa de verano. La abuela, Moni y yo
hacíamos
la segunda voz y respondíamos resignadas al latigazo religioso del
abuelo.
La abuela muda imitaba nuestras voces. Quería salvarnos del abuelo,
pobrecita, pero por entonces su memoria ya era una laguna verde sin
luz ni
profundidades.
Nuestra mejor casa eran tres sillas colocadas en la oficina del
Tribunal de Menores. Hasta que un buen día pudimos conocer a la amante
de
mi madre.
Nuestra segunda madre nos daba los besos olvidados de la abuela.
Era
una mujer con vestido de hombre. O un hombre con cuerpo de mujer. Una
mujer maravillosa, decía Tom.
Ahora tenemos padre y madre, dice Moni. Mi segunda madre lleva
corbata y el cabello engominado como un cantante de tango. Es muy
guapa y
generosa.
En este punto todos nos poníamos de acuerdo. Cuando discutíamos
sólo
era cuestión de comas. En realidad, estabamos unidos como puntos o
ceros
pequeños.
En la casa de verano los pinos han crecido y han desaparecido
las
luciérnagas. El fijador del cabello se ha quedado sobre la repisa del
baño
como un triste recuerdo de nuestros pequeños suicidios cotidianos.
Yo conseguí salvarme en el último momento. Fue cuando Tom se me
acercó de improviso por la espalda y desató la cuerda que llevaba
colgando
de mi cuello. La misma cuerda con la que el abuelo nos ata a la silla
de
la cocina durante una inmensidad de tiempo. Una cuerda que es como un
vómito indefinido y largo.
Le digo a Moni que morir o vivir son la misma cosa. Lo mejor es
ir
esperando la muerte del abuelo. Y luego ya veremos.
Saldremos del país, dice Tom. Los dictadores están enfermos.
Antes de que terminara el verano, el abuelo recibía la visita
del
abad del Monasterio. Venía a la casa acompañado por un secretario que
le
seguía los pasos y un anillo de oro que le colgaba en la otra mano.
Besad
el anillo, ordenaba el abuelo. Y el abad alargaba el brazo.
Después de la comida, el abuelo encerraba al abad en su
despacho. El
secretario se quedaba en la pérgola del jardín con la abuela muda.
El abad y el abuelo extendían papeles encima de la mesa y
contaban
números. Bebían una copita de Cointreau y fumaban puros habanos. Todo
sea
por este país pequeño, decía el abuelo. Así sea, apostillaba el abad.
Los
dictadores llevaban negocios por separado. Las iglesias, en cierta
manera,
también estaban separadas. Mis padres estaban separados. El rosario
del
abuelo era un rosario de cuentas catalanas y letanías latinas.
El abad se despedía de la abuela y decía: Hasta el año que
viene. Y
así era. Siempre cumplía su palabra.
Antes de despedirlo, el abuelo nos mandaba cantar una canción a
la
virgen negra. Era una canción muy conocida en todo el país de aquí.
Tom
dejaba que la canción se le quedara en la garganta como un jarabe
impúdico
y acibarado. Luego la regurgitaba en el árbol del ahorcado, junto a la
abuela muda.
A propósito del monasterio, el abuelo ya nos había prevenido. Su
testamento era más claro que el cielo azul de la casa de verano. No
penséis en heredar una sola peseta mía. Lo dejaré todo al monasterio,
decía. Y hasta Moni, la incrédula, creía al abuelo.
Antes de la guerra, decía la abuela, el limonero daba más
limones.
De hacerle caso a la abuela parecía que antes de la guerra el mundo
había
sido distinto. Según Tom, que veía demasiadas películas de la guerra,
entonces la gente caminaba más deprisa y los tranvías corrían como
trenes
y los trenes volaban como aviones. La guerra había puesto perdigones
de
plomo en la cintura del abuelo.
La abuela estuvo esperando nuestro regreso al colegio para morir
en
paz. Cuando murió la abuela, nadie vino a recogernos. No fuimos al
entierro. Mandaron una nota al internado y las monjas francesas nos
dieron
doble ración de postre aquel día. Dos manzanas en lugar de una.
La abuela no murió de muerte natural. Su manera de morir fue el
secreto peor guardado de la familia. Tom lo descubrió a comienzos del
siguiente verano.
La abuela se ha matado, dijo. Las palizas del abuelo han
terminado
con ella. A la abuela nadie le preguntó nunca en qué casa quería
vivir.
Nadie le hacía preguntas. Hasta el año que viene, decía el abad. Y
ella
obedecía. Pero esta vez dijo: Los niños han crecido como la hierba
seca.
Ahora puedo irme.
Una noche, mientras el abuelo dormía, la abuela cerró por dentro
la
puerta de la cocina, puso trapos en aberturas de puertas y ventanas y
abrió la espita de gas. Sentada en una de las sillas, con la cabeza
apoyada en la mesa, junto al frutero. Así murió la abuela. Con su
cabeza
sacrificada sobre la mesa de la cocina, junto a la tijera de podar
pecados.
Así crecíamos, bendiciendo la fuga de la abuela y caminando
contra
la muerte. Cada vez faltaba menos tiempo para que llegase el momento
de
dejar para siempre la casa de verano del abuelo. Moni seguía con la
cara
azul pero a espaldas del abuelo hizo suyo el huerto de la abuela. Sus
mermeladas de berenjena y tomate la acercaban a un próximo matrimonio.
Mientras tanto, yo prefería la idea de casarme con mis propios
pensamientos. En la casa de verano había cuatro libros. Yo leía una y
otra
vez el mismo libro y luego lo repetía de memoria al árbol del ahorcado
o a
las berenjenas de Moni. Nuestros sueños eran de fuga y matrimonio
porque
entonces, en aquel país cerrado, una cosa tenía que ir sumada a la
otra.
Teníamos la cara blanca y la piel transparente. Habíamos crecido
como hojas secas y con el alma muerta de antemano. Era el color del
internado y de la soga del abuelo. Parecía extraño que ni el verano
con su
mar azul fijo y quieto enfrente de la casa lograra regalarnos un color
de
vida personal a la mirada.
Isabel es la peor, dice el abuelo. Siempre será una desgraciada.
Nadie me llama así. He prohibido ese nombre en el mapa sonoro de
mi
vida. Hasta mis documentos dicen Bel. Vomité mi nombre como si fuera
una
palabra sucia y desgastada.
Si llegábamos tarde a casa, el abuelo arrojaba nuestra ropa por
la
ventana y rompía nuestras cosas personales. Las pocas cosas personales
que
podíamos transportar nosotros que no éramos de nadie y mucho menos del
abuelo. Aun así consiguió romper el retrato de mi madre y tres de los
cuatro libros que había en la casa de verano. Nuestra ropa amontonada
sobre la hierba seca del jardín nos daba risa. Parecen nuestros
cuerpos
decapitados, decía Tom.
Nuestras intimidades se mostraban desnudas sobre la hierba. Era
una
guerra con fantasmas y espantapájaros. Una orgía de calzoncillos y
enaguas.
Cuando pasaban cinco minutos de la hora prevista y nosotras
insistíamos en encontrar un amigo con quien poder escapar al fin de
casa,
el abuelo avisaba a dos guardías civiles que tenía contratados para
solucionar estos desvaríos nocturnos. A las once de la noche tocadas
se
presentaba el abuelo en el bar del pueblo con un guardia civil a la
derecha y otro a la izquierda. El pueblo se quedaba mudo como la
abuela
muerta. Los menos valientes se apartaban para dejarles libre el
camino. Un
guardia civil esposaba a Moni y el otro me esposaba a mi. Nos llevaban
presas al calabozo del abuelo. Cumplían órdenes. ¿De quien?, nos
preguntábamos. No importa, decían ellos, el que manda es siempre
nuestro
jefe.
Los dictadores tienen enfermedades secretas. Y así empezaba a
suceder con el abuelo.
Mientras tanto, Tom se fue. A escondidas del abuelo construyó
una
balsa con troncos, cuerdas y madera y se metió en el mar. Navegaba
hacia
la línea morada del horizonte. No quería ir al norte, donde decían que
vivía mi padre ni tampoco al sur, donde estaban ellas, mi madre y mi
segunda madre.
Voy al Oceano Indico, dijo Tom.
Este viaje sonaba bien. Venía envuelto en un paquete más hermoso
que
las fugas planeadas por nosotras, jóvenes realistas y alocadas. Para
huir
del abuelo Tom necesitó una barca y Moni y yo tuvimos que buscarnos
una
especie de puente, un trampolín de matrimonio.
Me casaré contigo para escapar de la casa de verano del abuelo,
dije.
A veces las palabras saltan de mi boca como peces hambrientos.
Saltan, sin más. Palabras como abanicos, nada mas.
Mis palabras salen a pasear sin herir a nadie. No pretenden
llegar a
parte alguna. Moni las entierra en potes de mermelada de alcachofa y
bellota. Pero al fin, nosotras también pudimos escapar del abuelo y lo
conseguimos gracias a un marido trampolín que fue a la vez nuestro
primer
amigo y enemigo.
La muerte va creciendo dentro de mí, dice Moni, pero yo apenas
consigo notarla. Vivo la vida al revés. De atrás hacia delante, como
un
libro imperfecto.
La felicidad es un diccionario de palabras. O una biblioteca
interna
e insensata.
Cuando las moscas del dolor vienen a perturbar la nostalgia, lo
más
conveniente es ponerse un libro delante de los ojos. Uno se siente
gratificado, colmado de dones impredecibles. Al leer un libro, uno se
siente lleno de cosas que no se pueden explicar.
El misal era el único libro del abuelo. Una mala persona.
Cuando nos llamaron para que fuéramos por última vez a la casa
de
verano, el abuelo yacía postrado en su cama, más solitario y gris que
el
árbol del ahorcado.
Quieres verlo, dice Tom.
No, dice Moni.
Pero yo consigo empujar a mi hermana azul junto a la cama del
abuelo
muerto. Moni vuelve a temblar como una mariposa blanca.
Creo que aun vive, dice Moni, incrédula como siempre.
Ya vereis, se va a levantar de un momento a otro.
Entonces las palabras despiertan de mi boca y caen violentas y
desorbitadas sobre los oídos del abuelo. Es lo mismo que gritar al
árbol
seco de las cuatro ramas
Lo ves. Está muerto, digo.
No, dice Tom.
Entonces Tom coge el cinturón de cuero del abuelo y comienza a
dar
latigazos sobre el cuerpo postrado del muerto.
-Para! -No pares!, dice Moni. Mirando de través la escena.
Creyendo
y sin querer creerlo.
El abuelo no se mueve. Sus huesos crujen, sin embargo. Es como
azotar a una piedra.
Ahora sí está muerto, dice Tom.
En el jardín de la casa de verano los rosales están secos. Los
arboles frutales de la abuela han ido desapareciendo con el dolor del
tiempo.
Moni y yo contamos la ausencia de los árboles como si fueran
fantasmas y aparecidos. Aquí estaba el limonero, dice Moni.
Cuando callamos, la vida camina más despacio. Cuando dormimos,
el
mundo se pone a soñar con raras historias de muertos.
Por fin, he matado a la muerte, dice Tom.